El uniforme como negocio: cómo el poder militar aprendió a gobernar sin ganar guerras

Mar 24, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

No es un fenómeno nuevo. Es una costumbre perfeccionada; del fragor de la guerra al silencio del hemiciclo, el poder militar en el Perú ha aprendido a cambiar de forma sin perder sustancia.

La patria en borrador

Hay historias que no se repiten; se perfeccionan. El Perú no inventó la corrupción militar, la aprendió temprano, la toleró y luego la administró con una disciplina que —paradójicamente— sí logró consolidar. Antes de la guerra ya existía una zona gris, un país donde el poder se ejercía con más intuición que control, donde la autoridad no siempre se traducía en responsabilidad y donde incluso figuras como Miguel Grau pertenecían a un tiempo de fronteras morales difusas. No para cuestionarlo, sino para entender el clima; la ambigüedad como origen, la tolerancia como método inicial.

Cómo perder una guerra sin darse cuenta

Cuando estalla la Guerra del Pacífico, bajo Nicolás de Piérola, esa ambigüedad se transforma en estructura. La derrota no fue solo militar; fue administrativa, logística, institucional. No hubo una sola batalla perdida; hubo un sistema incapaz de sostenerse a sí mismo. Como advierte Historia de la corrupción en el Perú, la debilidad del Estado permitió que lo público se utilizara como si fuera propiedad privada. Y en ese gesto, pequeño en apariencia, se incubó algo mayor; la imposibilidad de diferenciar entre lo que pertenece a todos y lo que alguien decide apropiarse. Piérola no solo dejó una guerra perdida; dejó una forma de ejercer el poder sin control. Pero con pasaporte chileno.

La corrupción se profesionaliza

El siglo XX no corrigió esa grieta; la comprendió y la organizó. Las Fuerzas Armadas dejaron de ser un actor circunstancial para convertirse en estructura de poder. Y cuando el poder encuentra comodidad en la falta de control, no se repliega, se perfecciona. El punto de inflexión llega con el tándem Alberto Fujimori – Vladimiro Montesinos, donde la corrupción deja de ser desviación y pasa a ser diseño. El acta de sujeción no fue un documento administrativo; fue una declaración práctica. El uniforme dejó de responder al Estado para responder al poder.

La guerra como negocio rentable

Pero el sistema no vivió solo de control político; también encontró en la defensa un mercado. Compras millonarias de aviones, armamento y pertrechos militares comenzaron a operar bajo lógicas ajenas a la seguridad nacional y cercanas a la rentabilidad. Sobreprecios, intermediarios, comisiones; la guerra dejó de ser hipótesis para convertirse en argumento económico. Y cuando ese modelo agotó sus límites internos, los cruzó. La red de Vladimiro Montesinos no solo manipuló instituciones; también facilitó la venta ilegal de armas a circuitos vinculados al narcotráfico y conflictos regionales. Allí el problema dejó de ser doméstico; el Estado ya no solo fallaba en controlarse, también participaba en dinámicas que lo desbordaban.

El robo que no hace ruido

Mientras arriba se negociaban millones, abajo se perfeccionaba la rutina. Vales de gasolina, desvíos logísticos, pequeñas prácticas que no escandalizan porque no son espectaculares. Pero ahí está el corazón del sistema. Como señala Quiroz, lo pequeño sostiene lo grande. El caso de Edwin Donayre no es una anomalía; es la evidencia tardía de una normalidad prolongada. La corrupción no aparece de golpe; se construye por acumulación.

La emergencia eterna

Hoy, el VRAEM funciona como síntesis contemporánea de esa lógica. Presupuesto elevado, control difuso, emergencia permanente. La excepción se institucionaliza y, con el tiempo, deja de ser cuestionada. Allí el Estado parece aceptar una ecuación peligrosa; la urgencia justifica la opacidad. Y cuando la opacidad se normaliza, el control deja de ser exigencia para convertirse en opción.

Del fusil a la banca

Pero el cambio más sofisticado no está en el gasto ni en la logística; está en el método. El poder militar ya no necesita irrumpir en el sistema político; ahora lo habita. El Congreso se convierte en el nuevo escenario. No de confrontación, sino de influencia. Figuras como Daniel Urresti, Jorge Montoya, José Cueto, Roberto Chiabra, José Williams y Alfredo Azurín no son excepciones; son continuidad. El uniforme cambia de espacio, pero no de lógica.

Cobrar del Estado dos veces

Y en ese traslado aparece un dato tan legal como incómodo; varios de estos exmilitares no solo legislan, también perciben simultáneamente su pensión como retirados y su sueldo como congresistas. Doble ingreso estatal, doble pertenencia al presupuesto que dicen controlar. No es ilegal, pero sí revelador; el Estado como empleador y como financiador de una misma trayectoria que nunca termina de salir de sí misma.

La justicia que duerme en archivos

En paralelo, otra capa —más silenciosa, más incómoda— permanece. Las violaciones a los derechos humanos. Expedientes que se dilatan, archivos que se acumulan, burocracias que administran el tiempo hasta vaciarlo de sentido. Allí también hubo aprendizaje; la impunidad no siempre se declara, muchas veces se gestiona, se posterga hasta que deja de doler.

El presupuesto como botín

El territorio ya no es geográfico; es presupuestario. Quien controla el presupuesto, controla el poder. Y quien legisla sobre él, decide algo más que cifras; define la arquitectura del Estado. En ese escenario, la política deja de ser representación para convertirse en herramienta.

Se habla de amnistías. Se relativizan responsabilidades. Se negocia la memoria. Y mientras tanto, el dato se impone; cada vez más exmilitares no solo aspiran a la presidencia, sino también al Congreso. No como excepción; como estrategia.

La guerra que sí ganaron

Y aquí ya no alcanza con describir. Hay que señalar.

Porque no se trata de episodios aislados. Se trata de una estructura que aprendió a sobrevivir cambiando de forma; de la ambigüedad a la guerra, de la guerra al sistema, del sistema al presupuesto y del presupuesto a la política.

  • Se sobrevalúan compras en nombre de la defensa.
  • Se desvían recursos en nombre de la logística.
  • Se negocian armas en nombre del poder.
  • Se legisla en nombre propio.

No es error. Es método.

Porque entendieron algo esencial; el poder no se pierde, se transforma. Y entonces la paradoja —cruel, precisa— queda expuesta:

No ganaron las guerras que debían defender… pero en el Congreso, al parecer, esta vez sí la están ganando. Y el botín, una vez más, lo pagamos todos los peruanos.

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