El que vuelve en una taza de café

Mar 20, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

No me mires así.

​No con esa paciencia que no es ternura, ni con esa claridad que no consuela. Hay miradas que no buscan ver, sino ordenar. Y la tuya, esta mañana, insiste en acomodarme en un lugar que ya no reconozco.

​Estoy distinto, sí. Pero no soy una desviación: soy un trayecto.

​Hay vidas que se explican en línea recta. La mía aprendió a doblar. A detenerse donde no debía, a avanzar sin prudencia, a quedarse —sobre todo a quedarse— donde no había garantías. Y sin embargo, en esa deriva, hubo una forma de coherencia: la de no traicionarme del todo.

​No me mires así. Conozco tu forma de existir sin la intemperie del corazón. Esa versión intacta, sin grietas, sin la incomodidad de lo vivido. Tú no te equivocaste. No llegaste tarde. No dijiste de más ni callaste cuando era necesario hablar.

​Tú no fuiste. Y, sin embargo, estás.

​Como una posibilidad que no se resigna. Una forma pura que no conoce el tiempo porque nunca se atrevió a atravesarlo. Ahí nace la distancia, yo tengo historia; tú, solo forma. Yo tengo marcas; tú, silencio.

​Persistes en mirarme como si lo real fuera apenas una versión fallida de lo posible. Como si en cada gesto mío hubiera un resto de lo que —según tú— todavía podría haber sido.

​Pero no todo lo no vivido es una deuda.

​Hay caminos que se pierden y, en ese extravío, aparece una dirección. Hay palabras que no se dicen para sostener algo que, de otro modo, se habría roto. Yo soy eso: una continuidad hecha de interrupciones. Una forma incompleta que, contra todo pronóstico, existe.

​Existir no es alcanzar la mejor versión, sino sostener una versión posible. No es cumplir una idea, sino atravesar el tiempo sin desaparecer en él.

​Tú no sabes lo que pesa una noche larga cuando termina en silencio. No sabes lo que cuesta una despedida que no se pronuncia, ni lo que implica seguir cuando la épica se ha terminado. Yo sí. Por eso estoy así. Ni más, ni menos.

​No me mires como si te debiera una forma más clara de mí mismo. No la tengo. Tengo este desorden que aprendió a narrarse, este pulso irregular que no responde a la lógica, pero insiste. Tengo un romanticismo que no promete, pero permanece. El de los gestos que llegan tarde… pero llegan.

​El tiempo no corrige: selecciona. Deja lo que resiste, lo que se niega a desaparecer. Eso soy. No la forma que imaginaste, sino lo que quedó después de haber sido.

​Levanté la taza. El café ya no humeaba; había perdido su urgencia, pero no su esencia. Bebí. En ese reflejo oscuro y quieto, comprendí que tú eras todo lo que yo no fui… y yo, exactamente, lo único que pudo ser.

​Abrí la mano. El estallido contra el suelo fue lo único que terminó de despertarme.

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