Times Square y el arte de Marcelo: gobernar para otros

Mar 16, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Mientras San Juan ajusta el cinturón hasta los últimos agujeros, el gobierno viaja a Nueva York a ofrecer montañas, sonrisas institucionales y confianza premium para inversores. La provincia real queda, una vez más, fuera del encuadre.

El gobernador en la vidriera, la provincia en depósito

Hay gestos que explican un gobierno entero. No hacen falta cien discursos ni veinte conferencias de prensa: alcanza una foto, un viaje, un escenario bien elegido. Marcelo Orrego en Manhattan, entre empresarios e inversores, hablando de confianza, previsibilidad y reglas claras, terminó ofreciendo sin querer la radiografía más precisa de su administración: un gobierno que aprendió muy rápido a hablarle al capital y demasiado lento a escuchar a su propia provincia. El cierre de Argentina Week 2026, realizado en las oficinas de Microsoft en Times Square, fue exactamente eso: una postal prolija del poder cuando decide seducir hacia afuera mientras hacia adentro administra el desgaste.

Y hay que reconocerle un mérito al orreguismo: entendió el espíritu de época. Ya no se gobierna, al parecer; se presenta. Ya no se conduce una provincia; se la empaqueta. San Juan deja de ser una comunidad con conflictos, salarios rotos, escuelas tensas y hospitales cansados, para convertirse en una carpeta de inversión con cordillera de fondo. La política, en ese formato, no resuelve: expone. No cuida: promociona. No representa: intermedia.

Confianza para Wall Street, paciencia para Rawson

Mientras tanto, en la provincia real, la que no entra en los salones vidriados de Times Square, el clima venía bastante menos glamoroso. La tensión con los docentes siguió ocupando la calle y la discusión salarial volvió a mostrar una verdad bastante terrenal: cuando el gobierno habla de confianza, casi siempre se refiere a la del inversor; rara vez a la del trabajador que no llega a fin de mes. En San Juan hubo vulneración de derechos, marchas de antorchas, reclamos en la capital y protestas también en zonas mineras como Iglesia y Jáchal. El contraste no es literario: es político.

Porque el maestro que marcha no cotiza en bolsa. La enfermera exhausta no participa de rondas de negocios. El empleado público que mira su recibo de sueldo con la tristeza de quien abre una esquela de pésame no integra ningún panel sobre competitividad. Para todos ellos no hay cóctel, ni traducción simultánea, ni una presentación con tipografía amable. Hay, en cambio, el viejo idioma del ajuste: espere, comprenda, acompañe, resista.

Uno empieza a sospechar que, en esta pedagogía del poder, el jamón también tiene destinatarios selectos: marketing para tribuna, negocios para invitados, y para el resto la cortesía áspera del ajuste.

Maquiavelo viaja en turista y toma nota

Ahí es donde conviene invitar a Maquiavelo a esta sobremesa. No al Maquiavelo caricaturesco de los vivos de ocasión, sino al verdadero: el que entendía que el poder puede sostenerse en la apariencia, sí, pero jamás sobrevive mucho tiempo cuando se vuelve indiferente al humor de su pueblo. El príncipe podía parecer, simular, negociar, medir, prometer; pero no podía permitirse el lujo de ser percibido como ajeno. Y eso es justamente lo que empieza a desprender este gobierno: una ajenidad elegante. Una distancia perfumada de management. Una forma de poder que sonríe en inglés mientras acá la gente putea en castellano.

Maquiavelo, que sabía bastante más de cortes que muchos consultores contemporáneos, habría reconocido la maniobra: mostrarse razonable ante los poderosos y sacrificar el murmullo de abajo, confiando en que el cansancio social siempre tarda más en organizarse que un panel de inversiones. Pero hay un detalle que ningún manual de realismo político debería omitir: un gobierno puede tolerar la crítica; lo que no siempre resiste es el ridículo. Y empieza a haber algo ridículo en esta obsesión por vender prosperidad hacia afuera mientras adentro se coleccionan reclamos como si fueran estampillas del fracaso.

Dos PBI enterrados y un presente bajo tierra

Más reveladora todavía fue esa otra frase, casi poética si uno tuviera malicia geológica: San Juan tiene “dos PBI enterrados” en sus montañas. Magnífico. Una provincia que ya no se piensa por lo que vive sino por lo que extrae. No por la dignidad de su presente, sino por el precio de su subsuelo. No por el estado de sus escuelas, sino por el brillo potencial de sus minerales. El hallazgo verbal es formidable: primero se entierra la riqueza en la montaña y después se entierra la realidad bajo el discurso.

Y sin embargo, arriba del suelo sigue viviendo gente. Gente que no paga el alquiler con cobre, ni compra remedios con litio, ni cocina con onzas de oro. Gente a la que el gobierno parece mirar cada vez más como una molestia presupuestaria y cada vez menos como la razón misma de la política. Porque ese es el verdadero núcleo del problema: no la inversión, no la minería, no el viaje. Lo intolerable es la obscena inversión de prioridades.

Manual práctico para gobernar sin mirar a nadie a los ojos

El problema es el gobernador que aparece diligente para el inversor y remoto para el ciudadano. El problema es el gobierno que habla de futuro en Nueva York mientras en San Juan administra un presente cada vez más flaco. El problema es la pedagogía del desamparo: primero tranquilizar al mercado, después ver qué hacer con la gente.

San Juan votó por un cambio. Y terminó contemplando una de esas viejas estafas del poder: cambian los modales, cambian los trajes, cambian los escenarios, pero la distancia entre el gobierno y la gente sigue intacta. Por eso la desilusión no es menor: es, quizá, la más grande de todas.

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