Dostoievski, café y ese polvo antiguo del alma

Mar 16, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Leer al ruso en San Juan no como ejercicio de erudición, sino como una forma prudente de empezar la semana: con menos apuro, menos máscara y un poco más de verdad.

El lunes no llega: reaparece

Los lunes, en San Juan, no irrumpen: regresan. Vuelven con su protocolo de siempre: la vereda ya tibia antes de las nueve, una moto que atraviesa la calle con urgencia de trámite, el colectivo llevando rostros que todavía no terminan de despertarse, y ese café primero que no se toma por elegancia ni por vicio, sino por una forma bastante humilde de ordenar el alma antes de salir al mundo. Hay días que piden entusiasmo. El lunes, en cambio, pide compostura. Y, a veces, pensamiento.

Quizá por eso Dostoievski venga bien en una mañana así. No como adorno de biblioteca ni como contraseña de gente culta, sino como una compañía severa para esa hora en que uno todavía no decidió del todo quién va a ser durante el día.

Un escritor que no consuela: examina

Hay autores que entretienen, otros que instruyen, y unos pocos que se parecen más a una incomodidad necesaria. Fiódor Dostoievski pertenece a esa pequeña y peligrosa familia. No escribió para embellecer la vida ni para organizarla en moralejas cómodas, sino para recordarnos que debajo de los modales, de las convicciones prolijas y de las rutinas respetables, el ser humano sigue siendo una criatura partida. Una mezcla de piedad y rencor, de inteligencia y fiebre, de orgullo y humillación.

Nietzsche dijo que era el único psicólogo del que había aprendido algo. Freud entendió que en sus novelas ya estaba, latiendo, buena parte del subsuelo que después intentaría nombrar la teoría. Borges lo comparó con descubrir el amor o el mar por primera vez. Einstein confesó haber aprendido más de él que de muchos científicos. Y Cioran, que a la desesperación la trataba con precisión de joyero, lo colocó por encima de todos los filósofos.

No estaban exagerando. Estaban admitiendo que Dostoievski había visto antes que muchos una verdad incómoda: que el hombre no es una idea limpia, sino un conflicto en movimiento.

La intemperie del alma también existe en provincias

Eso, dicho así, puede sonar europeo, lejano, incluso un poco solemne. Pero no lo es tanto si uno vive en una provincia como la nuestra, donde la vida también enseña a leer los pliegues de la conducta. En San Juan se aprende pronto que la dignidad muchas veces habla bajo, que la resignación suele servirse con azúcar, que el esfuerzo casi nunca hace ruido y que ciertas humillaciones llegan con sello, expediente y tono amable.

También aquí conocemos algo de la intemperie interior. El calor que resquebraja la tierra a veces se parece bastante al que va cuarteando el ánimo. El polvo que entra por debajo de la puerta recuerda que nada está del todo cerrado. Y hay una forma muy cuyana de soportar el día que no consiste en negar el cansancio, sino en administrarlo con prudencia.

Dostoievski habría entendido eso. No porque conociera esta geografía, sino porque conocía otra más difícil: la de las personas cuando dejan de fingir para sí mismas.

Personajes que se parecen demasiado a nosotros

Sus criaturas no viven: se debaten. No aman: se precipitan. No deciden: se desgarran. En cada una de ellas hay una discusión moral que no termina nunca. Raskólnikov, Iván Karamázov, el hombre del subsuelo: todos parecen versiones extremas de algo que, en menor escala, también nos ocurre. Esa conversación interior entre lo que creemos justo y lo que nos conviene. Entre la verdad y la comodidad. Entre el impulso de decirlo todo y la vieja sabiduría de callar a tiempo.

Por eso leer a Dostoievski un lunes, con café de por medio, no es un gesto literario. Es casi una forma de higiene moral. Sirve para desconfiar de las versiones demasiado pulidas de uno mismo. Para recordar que nadie es enteramente razonable, que la bondad suele convivir con la mezquindad y que la inteligencia, cuando pierde compasión, se convierte con facilidad en una crueldad elegante.

El café como pequeña filosofía doméstica

El café, mientras tanto, hace su tarea silenciosa. No salva, pero acompaña. Ordena un poco el temblor. Hay en esa taza una metafísica modesta: la de concederse unos minutos de verdad antes de entrar al engranaje de los horarios, los mensajes, las explicaciones, las noticias, las obligaciones y esa gimnasia diaria de parecer enteros cuando en realidad apenas vamos juntando nuestras partes.

Tal vez por eso algunos autores convienen más al lunes que al domingo. El domingo tolera la ilusión. El lunes exige lucidez.

Una claridad que no grita

Dostoievski sigue siendo actual no porque figure en las listas de grandes nombres, sino porque nos recuerda algo que el presente intenta olvidar a fuerza de velocidad: el ser humano sigue siendo un problema sin resolver. Cambian las tecnologías, los discursos, los gobiernos, las modas del lenguaje; pero en el fondo persisten el miedo, la vanidad, la culpa, la necesidad de ser perdonados y la oscura tentación de juzgar a los demás con más dureza de la que usamos para medirnos.

En San Juan, donde la luz suele ser implacable con lo que toca, acaso convenga aprender también otra forma de claridad: la interior. La que no encandila, pero muestra. La que no pontifica, pero deja pensando. La que llega, a veces, un lunes cualquiera, con el libro abierto, el café humeando y el día esperando que uno salga a cumplir su papel.

Antes de salir al mundo

Hay mañanas en que no hacen falta certezas. Alcanza con una pregunta bien hecha, un poco de silencio y esa sospecha antigua de que el alma, como ciertas acequias, sólo revela su profundidad cuando el agua baja despacio.

Tal vez esa sea la mejor manera de empezar la semana: no creyéndonos del todo las máscaras que usamos para sobrevivir, pero tampoco renunciando a la posibilidad de comprender algo más de nosotros mismos antes de que el ruido nos vuelva, otra vez, administrativamente correctos.

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