El crucigrama del poder: la educación como tablero político

Mar 13, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

En la educación de San Juan las palabras empiezan a ordenarse como en un viejo crucigrama. Paro, derecho, huelga, gobierno, gremios. Cada término ocupa su casillero y parece responder a una lógica institucional. Pero cuando uno mira el tablero con paciencia descubre algo inquietante: las letras siempre terminan formando la misma palabra.

Los crucigramas tienen una virtud pedagógica que la política rara vez admite: obligan a pensar en silencio.

No basta con leer la definición. Hay que mirar el tablero, observar los cruces, aceptar que cada letra condiciona a la otra. Una palabra mal puesta desordena todo el sistema. Una letra equivocada obliga a empezar de nuevo.

La educación en San Juan se parece cada vez más a uno de esos tableros.

Primero apareció la palabra paro.

Después apareció derecho.

Luego se instaló huelga.

Más tarde llegó gobierno. Y enseguida comenzaron a cruzarse otras palabras que cualquier docente reconoce demasiado bien: gremios, subsecretaría, descuento, paritarias, negociación, prudencia, ministra, silencio.

A simple vista parece el vocabulario habitual de un conflicto laboral. La política tiene un manual bastante previsible para administrar estas situaciones: comunicados oficiales, conferencias de prensa, frases que suenan razonables.

La más elegante de todas fue esta:

“Día trabajado, día pagado.”

Una frase perfecta. Tan perfecta que, como todas las frases demasiado pulidas del poder, invita a sospechar que algo quedó afuera del tablero.

Porque los crucigramas enseñan algo elemental: cuando una palabra encaja demasiado bien, conviene mirar qué letras está ocultando. Y aquí empiezan a aparecer las ausencias.

Porque en el crucigrama institucional de la educación sanjuanina faltan algunas palabras decisivas.

Falta amparo.

Falta cautelar.

Falta justicia.

Palabras que deberían aparecer cuando un derecho constitucional entra en conflicto con una decisión administrativa. Palabras que no se pronuncian en las conferencias de prensa, pero que existen para algo más que adornar los manuales de derecho.

Sin embargo, esas palabras todavía no ocupan su casillero. Y cuando una palabra falta, el crucigrama empieza a revelar algo que la política preferiría mantener en silencio.

Que el tablero quizá ya estaba armado.

Que las letras quizá ya estaban colocadas desde el principio.

Que el entramado de palabras no conduce al azar, sino a una conclusión cuidadosamente diseñada.

Porque cuando uno completa las líneas horizontales y verticales de este tablero político, el resultado comienza a insinuarse.

La palabra conflicto se cruza con prudencia.

La palabra derecho se cruza con silencio.

La palabra docentes se cruza con descuento. Y entonces aparece la palabra que ordena todo el crucigrama.

No es consenso.

No es diálogo.

No es representación.

La palabra que explica el tablero es otra. Una palabra que casi nunca aparece en los discursos oficiales, pero que circula con naturalidad en los pasillos de la política argentina. Acuerdos bajo la mesa.

Acuerdos que funcionan como esas letras invisibles que sostienen el crucigrama sin que el lector lo advierta.

Acuerdos que aseguran algo muy concreto: tiempo de trabajo sindical, estabilidad institucional y, probablemente, otros beneficios que nunca figuran en los comunicados ni en las actas públicas.

En ese tablero el conflicto se administra. La protesta se regula. El ruido se tolera mientras no altere el resultado.

Porque cuando las palabras se acomodan de esa manera, el crucigrama deja de ser un desafío intelectual y se convierte en un mecanismo. Un mecanismo que produce siempre el mismo desenlace.

El gobierno conserva el control del tablero. Los gremios administran la tensión. Y los docentes quedan atrapados en el centro del crucigrama, esperando que alguien coloque la palabra que todavía falta. Aumento.

Tal vez por eso la política se parece tanto a estos juegos de letras. No porque sea compleja. Sino porque muchas veces la solución ya estaba escrita desde el principio. Y el verdadero problema nunca fue resolver el crucigrama.

El verdadero problema fue descubrir quién escribió las definiciones.

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