El murmullo que precede al estallido: Perú ante su propia advertencia literaria

Mar 1, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Un recorrido por el Perú contemporáneo a través de la mirada de quienes lo narraron antes que los noticieros: Mariátegui, Ciro Alegría, Arguedas, Ribeyro y Vallejo. La literatura como diagnóstico moral de un país que murmura mientras la corrupción insiste en escribir su propio desenlace.

Hay países que se explican con estadísticas y otros que se comprenden mejor leyendo a sus escritores. El Perú pertenece a esta segunda estirpe. Para entender lo que hoy ocurre —crisis políticas sucesivas, desconfianza institucional, regiones que se sienten relegadas, una corrupción que parece estructural— conviene recorrerlo no solo con el mapa, sino con la biblioteca.

El primer faro es José Carlos Mariátegui. Él no veía coyunturas: veía estructuras. Comprendió que la desigualdad no era accidente, sino herencia; que el centralismo no era simple desorden administrativo, sino arquitectura histórica del poder. Si mirara el presente, advertiría que cambiar presidentes sin alterar cimientos equivale a mover nombres sin tocar el sistema que los produce. Cuando las raíces permanecen intactas, los frutos no cambian.

Luego aparece Ciro Alegría. En su narrativa, el conflicto no es episódico; es sistemático. Comunidades enfrentadas a autoridades que no comprenden ni representan. Allí se dibuja una tensión persistente: el pueblo como víctima, el Estado como verdugo. No como consigna incendiaria, sino como experiencia reiterada en la memoria rural. Cuando hoy amplios sectores perciben que el aparato estatal no los protege sino que los sanciona o los ignora, esa escena literaria adquiere una vigencia inquietante.

Más íntima es la herida de José María Arguedas. Él escribió desde la fractura cultural: un Perú dividido entre lenguas, entre mundos que coexisten sin reconocerse. En su obra, el conflicto no es solo económico; es existencial. Cuando las protestas emergen desde regiones andinas o amazónicas y la capital responde con distancia, la tensión arguediana reaparece: no es solo disputa política, es identidad reclamando lugar.

Después está Julio Ramón Ribeyro, el cronista del desgaste. En Los gallinazos sin plumas, la degradación ocurre sin estruendo. La miseria se instala, se normaliza, se respira. Algo similar sucede cuando la corrupción deja de ser escándalo y se convierte en paisaje. No hay catástrofe inmediata; hay erosión. Y la erosión es peligrosa porque acostumbra, anestesia, domestica la indignación.

En La palabra del mudo, la voz pertenece a quienes no tienen tribuna. El Perú actual parece lleno de palabras mudas: ciudadanos que observan, que murmuran, que acumulan decepciones. El murmullo no es inofensivo; es presión contenida.

Y finalmente, la conciencia doliente de César Vallejo. En él, el conflicto no es solo histórico ni social: es formal. Vallejo no se limita a hablar del dolor; quiebra el lenguaje para que el dolor se vuelva estructura. En Trilce, la sintaxis se fragmenta, el ritmo se desordena, la palabra parece resistirse a sí misma. No es simple vanguardia: es la intuición de que cuando el mundo pierde coherencia, también la pierde el idioma que intenta narrarlo.

Esa ruptura formal puede leerse como anticipación del quiebre social. Cuando el discurso oficial ya no coincide con la experiencia real del ciudadano, las palabras comienzan a sonar huecas. Vallejo no anuncia una revuelta concreta; anuncia la fractura del sentido. Y cuando el sentido se fractura, la estabilidad deja de ser convicción y se convierte en apariencia.

Aquí se concentra la tensión de todo este recorrido. El estallido no es una fatalidad inevitable; es una posibilidad incubada en la repetición histórica. Pero cuando durante un siglo la literatura ha señalado las mismas grietas —estructura injusta, identidad fragmentada, poder distante, dolor acumulado— la advertencia deja de ser metáfora.

No se trata de desear el ruido. Se trata de reconocer que el murmullo no es infinito.

Cuando la corrupción se naturaliza, cuando la justicia se percibe selectiva, cuando amplios sectores sienten que el Estado no representa sino que administra, la metáfora se vuelve materia. El pueblo deja de sentirse ciudadano y comienza a sentirse objeto. Y en esa percepción se concentra el riesgo.

Vallejo escribió: “Hay, hermanos, muchísimo que hacer”.

La pregunta es si se hará. Porque si no, el murmullo —ese que la literatura escuchó primero— terminará convirtiéndose en algo que ya no necesitará metáforas, ni senderos. Y entonces no hablaremos de advertencias.

Hablaremos de consecuencia.

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