Charleta (manual de uso para la palabra hablada y escrita)

Feb 28, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

La palabra —hablada o escrita— es la célula madre de la vida pública. Puede pronunciarse en un atril o deslizarse en un comunicado oficial; puede vibrar en un acto partidario o reposar en una columna dominical. Cambia el soporte, no la responsabilidad. Porque tanto la voz como la tinta —hoy pixel— comprometen la realidad. En una república, la palabra no es ornamento: es estructura.

Cada término posee un significado. O varios. “Ajuste” puede ser orden fiscal o recorte doloroso. “Reforma” puede sugerir modernización o pérdida de derechos. “Provincia devastada” puede describir un cuadro financiero crítico… o funcionar como coartada narrativa. “Corrupto” puede ser el resultado de una sentencia firme… o el producto de una acusación lanzada con apuro. El contexto ordena el sentido; la intención lo inclina. Y allí comienza la primera tentación: utilizar la ambigüedad como herramienta de conveniencia.

La metáfora es legítima cuando sabemos que es metáfora. Decir que “la economía está en terapia intensiva” no implica ambulancias; afirmar que “la provincia despega” no supone pistas de aterrizaje. Pero llamar “corrupto” a un imputado sin condena no es metáfora: es veredicto anticipado. Y cuando el titular reemplaza al expediente, el lenguaje deja de describir y comienza a ejecutar. Ahí aparece la charleta.

No es sólo hablar mucho; es escribir mucho sin decir nada. Es el comunicado lleno de adjetivos y vacío de cifras. Es el parte oficial que insiste en que “se recibió una provincia en crisis” como explicación universal, sin publicar auditorías comparativas ni estados contables verificables. Es el editorial que sentencia “corrupción estructural” sin número de causa. Es el discurso que promete “terminar con la inflación” sin explicar cómo se ordenará el gasto, la emisión o el tipo de cambio. La frase cumple una función política: simplifica lo complejo, traslada culpas, construye clima.

Permítaseme un episodio —en clave casi documental— que ilumina esta mecánica.

Una mañana gris, en una redacción donde el café siempre se enfría antes de tiempo, un cronista recibe un sobre anónimo. Fotocopias incompletas. Una planilla subrayada en rojo. Un apellido conocido. Y una palabra escrita a mano: “corrupción”. La tentación es inmediata. El título se escribe solo. El clic parece garantizado. El clima está servido.

Pero algo falta.

El cronista llama al juzgado. La causa está en etapa preliminar. No hay procesamiento. No hay pericia concluida. Hay denuncia. Y una denuncia no es una condena. Hay sospecha. Y la sospecha no es sentencia.

Esa tarde el diario sale. Pero el título no ejecuta. Dice: “Investigan transferencias bajo análisis”. Puede parecer una diferencia menor. No lo es. Entre una fórmula y otra se juega la reputación de un hombre y la credibilidad de un medio. Esa distancia —la que separa investigar de acusar— es la frontera entre periodismo y charleta.

La charleta oral seduce por el tono; la escrita, por la apariencia de formalidad. Una necesita aplauso; la otra, viralización. Ambas comparten el mismo desinterés por la precisión. El mentiroso todavía reconoce la existencia de un hecho que debe torcer; el cultor de la charleta considera que los hechos son secundarios frente al efecto buscado.

En San Juan conocemos bien ese repertorio. Gobiernos que apelan indefinidamente a la “herencia recibida” como si el diagnóstico inicial fuese un salvoconducto perpetuo. Dirigentes que convierten imputaciones en condenas mediáticas. Informes técnicos redactados en jerga que oscurece más de lo que explica. El eslogan sustituye al análisis; la consigna reemplaza al proceso.

Escribir no exime de rigor; lo intensifica. La palabra escrita tiene vocación de permanencia. Puede releerse, contrastarse, archivarse. Por eso mismo, la charleta impresa o digital es doblemente riesgosa: pretende institucionalidad sin asumir responsabilidad. Un discurso puede diluirse en el aire; un texto queda.

El problema no es estilístico; es institucional. Cuando normalizamos expresiones como “provincia en ruinas” o “corrupto” sin respaldo empírico o sentencia firme, debilitamos el pacto básico de confianza. Si las palabras dejan de describir hechos y pasan a fabricar climas, el debate público se convierte en escenografía y la justicia en espectáculo.

El antídoto no es el silencio. Es la precisión. Si se afirma que se recibió una provincia en crisis, que se publiquen indicadores comparados y auditorías independientes. Si se acusa de corrupción, que se exhiban pruebas y se respete el proceso. Si se promete transformación, que se detallen metas, plazos, mecanismos de evaluación.

Porque una república no se sostiene sólo con votos; se sostiene con palabras responsables. Y cuando hablar o escribir se convierte en ejercicio de charleta, el deterioro no es retórico: es estructural.

La cuestión no es quién administra mejor el relato. La cuestión es quién está dispuesto —todavía— a someter su palabra al peso incómodo de la verdad.

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