El poder de lo que no se dice: la urgencia de someter la pauta a la ley

Feb 27, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

La publicidad oficial no es un problema contable sino institucional. Allí donde el Estado administra visibilidad, amplifica relatos y modula silencios, la cuestión deja de ser presupuestaria y se vuelve estructural.

La arquitectura del silencio

Todo poder habla. Es su naturaleza. Gobernar implica anunciar, explicar, persuadir. Pero la dimensión más sofisticada del poder contemporáneo no reside en lo que dice, sino en lo que logra desplazar. En política, el silencio no siempre es ausencia: con frecuencia es una arquitectura. No se impone. Se induce.

La comunicación estatal moderna ya no se limita a informar. Gestiona percepciones. Distribuye atención. Jerarquiza hechos. Nombrar no es describir: es otorgar relevancia pública. Repetir no es insistir: es normalizar. Amplificar no es difundir: es reorganizar el campo de lo visible.

En ese escenario, la realidad comienza a competir con su representación. Y la representación —dotada de recursos técnicos y financieros— suele imponerse con mayor persistencia que los hechos desnudos.

Cuando la pauta deja de ser técnica

Aquí es donde la publicidad oficial deja de ser una herramienta administrativa y se convierte en un fenómeno de poder.

En mercados mediáticos estrechos, donde la sustentabilidad privada es frágil, el Estado deviene anunciante central. La estabilidad económica de los medios comienza entonces a depender, en proporciones variables pero significativas, de decisiones presupuestarias gubernamentales. No hace falta presión explícita. No se requieren llamadas telefónicas ni advertencias formales.

La dependencia estructural opera por anticipación. No es censura. Es atmósfera.

El problema no radica en la existencia de comunicación pública. Nadie discute la necesidad de campañas sanitarias, educativas o preventivas. El dilema aparece en la zona gris donde la información institucional se mezcla con la construcción de imagen. Allí, la frontera entre interés público y conveniencia política se vuelve elástica. Y la elasticidad, en materia de poder, rara vez es neutra.

Distorsiones sin estrépito

Lo más inquietante del fenómeno es su normalidad. Todo puede desenvolverse dentro de marcos legales formales. Contratos válidos. Órdenes administrativas impecables. Campañas justificables. Nada necesariamente ilícito. Y, sin embargo, la estructura de incentivos puede erosionar la autonomía informativa sin producir escándalo.

Las distorsiones más eficaces son silenciosas. Operan gradualmente. Modulan intensidades críticas. No eliminan el disenso. Lo administran.

Que el mecanismo sea legal no lo vuelve institucionalmente sano. Allí donde debería regir la regla, persiste la decisión. Allí donde debería operar un sistema automático, sobrevive la voluntad. Y la voluntad, cuando administra recursos públicos y visibilidad mediática, nunca es irrelevante.

La urgencia de una regla impersonal

La salida no consiste en silenciar al Estado, sino en someterlo a una disciplina impersonal. Sustraer la publicidad oficial de la órbita política directa. Convertir su asignación en un proceso reglado, automático, trazable y auditable. Definir con precisión qué constituye comunicación de interés público. Establecer criterios objetivos de distribución. Imponer topes verificables. Garantizar publicación periódica de montos y contratos. Asegurar control independiente.

No eliminar la palabra estatal. Sino neutralizar su potencial distorsivo. Porque el problema nunca fue cuánto se comunica. Sino quién controla las condiciones de esa comunicación. Allí donde el Estado amplifica, inevitablemente también desplaza. Y lo desplazado no siempre es falso; a veces simplemente deja de ser visible.

La serenidad de los límites

Una pauta sometida a la ley no debilita la democracia. La fortalece. No asfixia la comunicación pública. La legitima. No presume desconfianza hacia un gobierno particular. Desconfía —como toda arquitectura republicana debería hacerlo— de la lógica permanente del poder.

Las instituciones no se diseñan para contener virtudes, sino para limitar excesos. No para celebrar intenciones, sino para prevenir abusos posibles.

En una república, la visibilidad del poder no debería depender de la voluntad del poder. Sino de la serenidad inexorable de la ley.

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