USD 18.000 millones: la ficción más cara del optimismo político

Feb 17, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

En la provincia donde cada anuncio se proclama histórico y cada cifra promete redenciones, el número descomunal vuelve a cumplir su función más eficiente: suspender el pensamiento crítico. No se discute, no se desagrega, no se audita. Se celebra. Mientras tanto, la única variable verdaderamente comprobable —el impacto real— queda, como siempre, diferida hacia ese territorio indulgente donde descansan las promesas incumplidas: el futuro.

En San Juan, la historia sucede con una puntualidad admirable. No depende de los hechos sino de los comunicados. No requiere transformaciones sino declaraciones. Cada temporada política trae su propio acontecimiento fundacional, su cifra deslumbrante, su promesa irreversible. La provincia, generosa en liturgias, asiste disciplinadamente al ritual del entusiasmo.

Esta vez, el altar lo ocupa un número de proporciones mitológicas: USD 18.000 millones en diez años. La cifra no pretende ser comprendida. Pretende ser admirada. Tiene la arquitectura psicológica de lo indiscutible: demasiado grande para el análisis doméstico, demasiado extensa en el tiempo para la verificación inmediata. Frente a semejante magnitud, la duda parece mezquina, casi antiprovincial.

Y allí radica la genialidad del mecanismo.

Porque el número colosal cumple una función política impecable: desplaza la discusión desde la evidencia hacia la emoción. La aritmética reemplaza al diagnóstico. El asombro sustituye a la evaluación. El ciudadano, enfrentado a la vastedad de la cifra, experimenta un alivio automático: algo gigantesco está ocurriendo, luego algo virtuoso debe estar ocurriendo.

La economía real, menos impresionable, formula preguntas menos fotogénicas.

La tiranía del número bruto

Todo número agregado encierra una trampa elegante: su opacidad. USD 18.000 millones sugiere riqueza masiva, dinamismo estructural, transformación inevitable. Pero la cifra, en estado puro, no informa nada decisivo. No distingue flujos anuales, no separa componentes locales de erogaciones externas, no mide retornos efectivos sobre la economía provincial.

¿Cuánto de esa inversión circulará verdaderamente en San Juan?

¿Cuánto financiará tecnología importada, ingeniería extranjera, estructuras financieras remotas?

¿Cuánto se convertirá en salarios sostenidos y cuánto en contratos transitorios?

El titular, sabiamente, evita descender a esa prosa incómoda. El número brilla mejor sin anatomía.

La política moderna ha perfeccionado esta estética: cuanto más grande la cifra, menor la necesidad de explicación. La magnitud anestesia. El volumen persuade. La escala intimida cualquier tentativa de escepticismo.

El empleo, esa promesa inmune

Ningún anuncio de inversión estaría completo sin su palabra talismán: trabajo. El término posee una inmunidad moral absoluta. Nadie discute contra él sin incurrir en sospecha de cinismo o insensibilidad social. Trabajo es bienestar, dignidad, horizonte.

Pero la minería contemporánea —detalle técnico que raramente interrumpe celebraciones— es intensiva en capital. Maquinaria monumental, procesos automatizados, alta especialización. Genera empleo, sí. No en la magnitud imaginada por la psicología colectiva cuando escucha cifras astronómicas.

Aquí emerge la paradoja recurrente: la expectativa crece en proporción directa al monto anunciado, no a la estructura productiva real. Dieciocho mil millones evocan, en la imaginación pública, una expansión laboral casi cinematográfica.

La estadística suele ser menos épica.

Una mina puede alterar exportaciones sin alterar sustancialmente la matriz laboral. Puede incrementar indicadores macroeconómicos mientras la percepción cotidiana permanece obstinadamente intacta. No hay contradicción en ello. Solo una distancia persistente entre discurso económico y experiencia social.

La riqueza que no obedece consignas

Otra pieza esencial del repertorio retórico aparece sin falta: que el crecimiento quede en San Juan. La frase tiene una elegancia casi literaria. Sugiere arraigo, circulación virtuosa, prosperidad territorial. El dinero, en esta narrativa, parece dotado de patriotismo geográfico.

La economía, criatura menos sentimental, opera bajo reglas distintas.

El dinero no “permanece” por voluntad declamatoria. Fluye según incentivos, capacidades productivas, competitividad sistémica, estructuras empresariales, marcos regulatorios. Se radica donde encuentra condiciones eficientes de captura. Se desplaza donde halla ventajas comparativas.

Pero la metáfora persiste porque tranquiliza. Resulta incómodo admitir que la riqueza extractiva puede atravesar un territorio con la misma facilidad con la que se la celebra en conferencias de prensa.

La historia latinoamericana, pródiga en ejemplos, ilustra con crudeza que abundancia de recursos no equivale automáticamente a desarrollo endógeno.

Instituciones, esa variable incómoda

El anuncio incorpora, como corresponde, el trípode tranquilizador: reglas claras, controles ambientales, fortalecimiento local. Nadie podría objetar semejante arquitectura de virtudes. El problema, naturalmente, nunca reside en la formulación sino en la credibilidad.

Las instituciones no se evalúan por intenciones sino por antecedentes.

La estabilidad normativa exige continuidad real, no voluntad declarativa. El control ambiental requiere capacidades técnicas, autonomía política, consistencia administrativa. La confianza pública se construye con trayectorias verificables, no con adjetivos tranquilizadores.

En la Argentina, la confianza es un activo erosionado. No por fatalismo, sino por experiencia acumulada. La ciudadanía ha aprendido —a fuerza de ciclos, crisis y reinicios retóricos— que la distancia entre promesa institucional y funcionamiento efectivo puede ser considerable.

Pero esa reflexión raramente encuentra espacio en la noticia celebratoria. Interrumpe el clima festivo.

La inflación del adjetivo histórico

Quizás el rasgo más fascinante del paisaje discursivo sanjuanino sea la abundancia de acontecimientos históricos. Todo inaugura épocas. Todo marca quiebres. Todo promete redefinir el destino provincial.

La repetición produce un efecto inevitable: la devaluación semántica.

Cuando todo es histórico, la historia pierde densidad. El adjetivo se convierte en ruido ambiental. La excepcionalidad se normaliza. El ciudadano escucha, asiente, comparte… pero archiva. Ha desarrollado una forma silenciosa de prudencia: esperar evidencia.

Porque la historia real —esa versión menos declamativa y más obstinadamente empírica— no se anuncia. Se verifica. Se mide. Se constata en indicadores tangibles: empleo sostenido, diversificación productiva, infraestructura durable, estabilidad fiscal, expansión empresarial local.

Nada de ello cabe cómodamente en la solemnidad instantánea de un titular.

El futuro como refugio político

Diez años. El plazo perfecto. Lo suficientemente extenso para impedir auditorías inmediatas, lo suficientemente remoto para diluir responsabilidades presentes. En política, una década es una categoría metafísica. Nadie rinde cuentas en esa escala emocional.

El futuro funciona como una garantía implícita de indulgencia.

Todo resultado adverso podrá explicarse más adelante. Toda expectativa incumplida encontrará justificaciones coyunturales. Toda brecha entre promesa y realidad quedará absorbida por la elasticidad infinita del tiempo proyectado.

Mientras tanto, el anuncio cumple su función inmediata: administrar esperanza.

La pregunta que el entusiasmo evita

Nada de lo anterior implica negar la relevancia potencial de una inversión minera. Implica, más bien, recordar una verdad menos confortable: la magnitud del desembolso no garantiza la magnitud del cambio estructural.

Y entonces surge la única pregunta que realmente importa, la que ningún número gigantesco puede responder por sí solo:

¿Bajo qué condiciones concretas una cifra extraordinaria deja de ser retórica y se convierte en transformación verificable?

Porque en San Juan, como en toda geografía habituada a la grandilocuencia periódica, los anuncios siempre llegan primero. La realidad —esa obstinada, ingrata, incorruptible realidad— suele tomarse su tiempo. Y cuando finalmente dicta sentencia, rara vez adopta la forma de un adjetivo.

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