El oficio y la intemperie

Feb 1, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Crónica argentina sobre periodistas del régimen y periodistas de la resistencia

El domingo no empieza con el sol.

Empieza con el ruido leve del papel al desplegarse, con el café que tarda, con una frase que no busca informar sino acompañar. El domingo es el único día en que el periodismo puede permitirse algo que el resto de la semana le niega: pensar.

En la Argentina, pensar siempre fue una actividad riesgosa.

Y escribir, una forma elegante —a veces desesperada— de resistencia.

Este país no se explica sin sus periodistas. No por su neutralidad —esa ficción moderna— sino por sus alineamientos. Porque el periodismo argentino, desde sus orígenes, se movió entre dos fuerzas que no se tocan pero se miran con recelo: el régimen y la intemperie.

No son categorías morales.

Son posiciones históricas.

Cuando la patria se imprimía con plomo

En el siglo XIX, los diarios se hacían con plomo y con sangre. La prensa no describía la política: la hacía. Sarmiento escribía como quien funda una ciudad y Mitre como quien organiza un ejército. El periodista era, antes que nada, un actor del poder.

Desde entonces, la prensa argentina entendió que escribir no era un acto inocente. Cada línea se publicaba sabiendo que alguien la leería con interés y otro con furia. El diario no era espejo: era arma.

Con el tiempo, el arma se sofisticó. Ya no disparó ideas, sino climas. Ya no buscó convencer, sino estabilizar. El régimen descubrió algo fundamental: no necesita periodistas obedientes, sino periodistas previsibles.

El régimen no se anuncia, se normaliza

El régimen no siempre llega con tanques. A veces llega con PowerPoint. Otras, con palabras amables: “prudencia”, “responsabilidad”, “gobernabilidad”. El periodismo del régimen no miente: traduce. Hace comprensible lo injustificable, razonable lo intolerable.

Durante décadas, buena parte del periodismo argentino se dedicó a esa tarea: ordenar el relato para que nada se desordene.

El periodista del régimen no se percibe a sí mismo como operador. Se ve profesional, informado, serio. Cree que el conflicto es una falla del sistema y no su motor. Cree que preguntar demasiado es una forma de militancia.

Y en ese gesto —aparentemente técnico— se juega su rol histórico.

Bernardo Neustadt: el poder explicado al oído

Bernardo Neustadt entendió antes que muchos que el periodismo moderno no se impone: se susurra. No gritó consignas ni defendió dictaduras en voz alta. Hizo algo más eficaz: enseñó a pensar como el poder.

Desde Tiempo Nuevo convirtió la política en una clase de economía básica. El Estado era ineficiente, el mercado inevitable, el conflicto un malentendido. Neustadt no pedía obediencia: pedía comprensión.

Ese periodismo —didáctico, calmo, aparentemente racional— fue el gran aliado del régimen democrático-neoliberal. No necesitó censura. Le bastó con construir sentido común.

Hoy ese modelo sigue vivo. Cambiaron los rostros, los formatos, las plataformas. Pero la lógica persiste: periodistas que no incomodan, que no desarman, que acompañan.

El régimen no persigue a estos periodistas.

Los premia.

La otra tradición: escribir cuando no conviene

La resistencia periodística argentina no nació del heroísmo, sino del detalle. Del dato que no cierra. Del testimonio que contradice. De la obstinación de no aceptar la versión oficial como destino.

Es un periodismo sin garantías. Sin red. Sin promesa de continuidad.

En esta tradición, escribir nunca fue una carrera. Fue una decisión.

Rodolfo Walsh: el método como insurrección

Rodolfo Walsh no inventó el periodismo de investigación, pero lo volvió irreversible. Con Operación Masacre demostró que el Estado podía mentir y que un periodista podía probarlo. No con adjetivos, sino con hechos.

Walsh entendió algo que todavía incomoda: el lenguaje no describe la realidad, la organiza. Por eso su escritura era seca, precisa, casi judicial. Cada palabra tenía peso. Cada silencio, intención.

Cuando escribió la Carta Abierta a la Junta Militar, no buscó conmover. Buscó dejar constancia. Sabía que quizá nadie la publicaría, pero alguien la leería. Y eso bastaba.

Lo mataron por escribir así.

No por lo que pensaba, sino por cómo trabajaba.

El periodista que vuelve del exilio

Si Walsh encarna la resistencia absoluta, Jacobo Timerman representa otra forma de intemperie: la del periodista que conoce el poder desde adentro y aun así decide romper.

La Opinión fue un diario extraño en una época brutal. Intelectual, incómodo, imposible de domesticar. Timerman creyó que la palabra podía mediar con el horror. Se equivocó. Y pagó el precio.

Secuestrado, torturado, exiliado, Timerman escribió después Preso sin nombre, celda sin número. No como denuncia tardía, sino como memoria activa. Recordó cuando el régimen quería olvidar.

Su figura encarna una lección amarga: el poder tolera al periodismo crítico solo hasta que deja de ser decorativo.

Realismo mágico argentino: el poder habla solo

Hay días —sobre todo domingos— en que el periodismo argentino parece un cuento de realismo mágico. El funcionario anuncia una obra que nadie vio, el periodista la celebra, la foto circula, el aplauso se publica. La obra, en cambio, no aparece.

En algunas provincias, los diarios anuncian inauguraciones que se repiten cada año. Hospitales que siempre están por abrir. Escuelas que existen solo en gacetillas. El régimen no necesita mentir: repite.

Y el periodista del régimen acompaña el rito. Sabe que no hay obra, pero hay anuncio. Sabe que no hay datos, pero hay relato. Y el relato paga.

En ese paisaje, el periodista de la resistencia es una figura casi anacrónica. Camina solo. Escribe largo. Duda. No tiene primicia, tiene proceso.

El presente: resistir sin épica

Hoy nadie prohíbe escribir.

Solo lo vuelve inviable.

El castigo no es la cárcel: es el silencio. El periodista incómodo no desaparece: desaparece de la agenda. No lo citan, no lo enlazan, no lo reproducen.

Resistir hoy no es denunciar dictaduras. Es negarse a simplificar. Es escribir cuando el algoritmo pide brevedad. Es explicar cuando el poder quiere consigna.

Es, en definitiva, sostener el oficio.

No hay neutralidad, hay biografía

Cada periodista es la suma de sus silencios.

De las preguntas que no hizo.

De los temas que evitó.

La neutralidad es una coartada elegante.

La equidistancia, una forma de comodidad.

El periodismo del régimen se integra.

El de la resistencia se expone.

Uno envejece con el poder.

El otro queda en los archivos, en las bibliotecas, en los textos que se releen cuando el relato oficial ya no alcanza.

Un domingo largo

Este no es un elogio de mártires ni una condena moral. Es una constatación histórica. En la Argentina, el periodismo siempre estuvo obligado a elegir entre dos lugares: el refugio o la intemperie.

El régimen necesita periodistas para legitimarse.

La verdad, apenas, necesita a alguien que escriba cuando no conviene.

Y mientras existan periodistas dispuestos a pagar el costo de sostener una pregunta, este país —con todos sus ciclos, regresos y simulacros— no estará del todo cerrado.

Porque hay textos que informan.

Y hay textos que quedan.

Este, como todo buen editorial de domingo, aspira apenas a lo segundo.

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