Rodolfo Walsh entendió antes que muchos que el poder no necesita exagerar la violencia: le alcanza con administrarla. Cuando el Estado decide quién merece vivir y quién puede morir sin consecuencias, la bala deja de ser un exceso y se convierte en lenguaje. Estados Unidos, en estos días, volvió a hablar con ese idioma antiguo, brutal, perfectamente actualizado.
ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) ya no es una agencia migratoria. Es un clima. Una presencia armada que se filtra en la vida cotidiana como una humedad persistente. Donde antes había trámites, hoy hay patrullas. Donde había fronteras administrativas, ahora hay zonas de caza. No se persiguen delitos: se patrullan identidades. El enemigo no es el crimen, sino el cuerpo equivocado circulando en el lugar incorrecto.
Las escuelas, los hospitales, las iglesias —territorios históricamente vedados incluso en los momentos más duros— dejaron de ser refugios. Son escenarios. El mensaje es simple y feroz: nadie está a salvo. El fascismo del siglo XXI no necesita botas ni discursos inflamados; se financia con impuestos, se ordena por protocolo y se ejecuta con acrónimos respetables. Walsh lo habría dicho sin rodeos: el Estado aprendió a comportarse como fuerza paramilitar sin dejar de llamarse democrático.
En Minneapolis, una mañana cualquiera de enero, Renee Nicole Good dejó a su hijo de seis años en la escuela primaria. Ese gesto mínimo —el más humano de todos— quedó atrapado en una secuencia que ya pertenece al archivo de la violencia institucional. A pocas cuadras, una redada masiva de ICE desplegaba cerca de dos mil agentes en el barrio, como si se tratara de una operación antiterrorista. No buscaban armas. Buscaban personas. Vecinos. Migrantes. Presencias incómodas.
Renee y su esposa, Becca, se detuvieron cerca de su casa para observar y registrar lo que ocurría. No portaban armas ni consignas. Portaban un celular. En el nuevo orden, eso ya alcanza para ser considerado una amenaza. Un agente, Jonathan Ross, quedó frente a cámara. Hubo un intercambio verbal tenso. Todo quedó grabado. Renee, aún dentro del vehículo, dijo una frase que hoy resuena con una crudeza insoportable:
—Está bien, amigo. No estoy enojada contigo.
El Estado respondió con su habitual coreografía del caos: órdenes contradictorias, voces superpuestas, una puerta que intentan abrir por la fuerza. El protocolo de la confusión siempre favorece al gatillo. Renee puso el vehículo en reversa y luego avanzó lentamente, girando el volante hacia la derecha. No hubo embestida. No hubo ataque. Hubo movimiento.
Tres disparos atravesaron el parabrisas y la ventana lateral. Milésimas de segundo. El auto avanzó unos metros y chocó contra otro vehículo estacionado. Dentro, el cuerpo de Renee quedó aplastado contra la bolsa de aire, cubierto de sangre. No hubo asistencia inmediata. No hubo duda institucional. Renee Nicole Good había sido asesinada por el Estado.
Walsh habría sido preciso: no fue un accidente, no fue un exceso, no fue un error operativo. Fue una decisión ejecutada bajo uniforme y blindada después por el lenguaje.
Porque la violencia estatal nunca se completa sin su segundo acto: la justificación. Donald Trump habló de agitadores profesionales. La administración etiquetó oficialmente a Renee como “terrorista doméstica”. El poder necesita criminalizar al muerto para tranquilizar a los vivos. Necesita convertir a la víctima en amenaza retroactiva. Es una técnica vieja, ensayada, eficaz: primero se dispara, después se redacta el relato.
El agente que apretó el gatillo salió ileso. Caminó entre cámaras con su chaleco táctico, su rifle de asalto y su pasamontañas. La imagen no deja lugar a dudas: el Estado no se esconde, se exhibe. No se disculpa, se reafirma. Los escuadrones de ICE funcionan como un ejército personal, con licencia para actuar y garantía de impunidad.
Puede parecer un detalle menor —y el poder se alimenta de esos “detalles”—, pero Renee Nicole Good era poeta. En 2020, el año suspendido de la pandemia, ganó el premio de la Academia de Poetas Americanos por un poema donde entrelaza ciencia, fe y cuerpo. En uno de sus versos habla de un riachuelo mínimo, casi insignificante, escondido entre los órganos del cuerpo. Esa imagen —una vida secreta, frágil, interior— es exactamente lo que el autoritarismo no tolera.
El fascismo puede convivir con la fuerza, pero no con la sensibilidad. Tolera la obediencia, pero no la poesía. Por eso matar a una poeta no es un error del sistema: es un mensaje del sistema. Una advertencia dirigida no solo a migrantes o latinos, sino a cualquiera que mire, registre, escriba. A cualquiera que se niegue a bajar la cabeza.
Walsh lo supo cuando decidió escribir su Carta Abierta a la Junta Militar, aun sabiendo que no habría retorno. Sabía que la verdad no se perdona. En Estados Unidos, hoy, tampoco. Cambiaron los contextos, los nombres, las banderas. La lógica permanece intacta.
ICE no es una anomalía dentro del sistema estadounidense. Es su versión sincera. Es el Estado cuando deja de fingir pedagogía y abraza el castigo. Cuando convierte la ley en arma y el miedo en política pública. Cuando entiende que gobernar también puede ser patrullar.
Nombrar a Renee Nicole Good no la devuelve. Pero interrumpe, aunque sea por un instante, la continuidad del archivo. Escribir su nombre es disputar el sentido. Es negarse a aceptar que disparar también sea una forma legítima de administrar el orden.
Renee ya no está. Las armas siguen en la línea de fuego.














