La franquicia del poder: Venezuela como decorado permanente

Ene 9, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Crónica política de una ocupación sin banderas visibles, donde el poder se administra con voz prestada, la soberanía se convierte en licencia comercial y el continente entero asiste —como público cautivo— a un espectáculo que continúa mientras las regalías nunca se quedan en casa.

Venezuela no se derrumbó después del estruendo. Se reorganizó como representación.

No hubo un día después, sino una continuidad extraña, como si el tiempo hubiese decidido seguir andando con un leve rengueo.

El amanecer encontró a Nicolás Maduro todavía en escena, aunque ya no del todo presente. Persistía como figura administrativa, como una silueta que firmaba papeles sin sombra propia. Tenía gestos prestados, tono impostado, una corporalidad transfigurada que ya no era Maduro ni Delcy: era el poder hablando con voz prestada. Cuando hablaba, las palabras parecían llegarle con retraso, como dictadas desde una sala sin ventanas. No gobernaba: sostenía la ficción de que alguien gobernaba a través de él. El cargo seguía en pie; la soberanía, en cambio, se había extraviado.

Nada se clausuró por completo. Tampoco fue necesario que Diosdado Cabello se ocultara. En los regímenes que aprenden a convivir con el vencedor, la clandestinidad es un gesto innecesario. Continuaba visible, emitiendo órdenes con una épica ensayada, denunciando una intervención que —con la naturalidad de lo absurdo— lo había ratificado en su puesto. Protestaba mientras ejecutaba. Se declaraba adversario mientras garantizaba el orden. Se revestía de general resistente y cumplía tareas de administrador armado del nuevo dominio, convencido de que custodiar aún equivalía a mandar.

El acuerdo nunca se firmó, pero se oía de noche, flotando sobre Caracas como un murmullo persistente: hablen, griten, simulen; pero obedezcan.

Estados Unidos no desmontó el escenario: abrió una franquicia de Hollywood en Caracas. No necesitó ocupar el edificio; le bastó alquilar el relato. Llegaron los libretos estandarizados, las cámaras invisibles, el manual de marca. Los actores locales conservaron nombres y trajes, pero ahora actuaban bajo licencia. El director hablaba en inglés y jamás aparecía en los créditos. El petróleo, que alguna vez creyó ser protagonista, fue reducido a ingreso de taquilla. Las cuentas ya no se llevaban en Caracas. Las actas no se firmaban en Miraflores. Todo se filmaba de noche, cuando la ciudad bajaba la voz y los barcos partían solos, cargados de crudo y de silencio.

Venezuela fue tomada, pero conservó la ficción de autonomía. El país seguía respirando, aunque con un ritmo impuesto, como esos cuerpos conectados a máquinas que nadie ve pero todos escuchan.

El madurismo terminó revelándose como lo que siempre fue: no una doctrina, sino un dispositivo. Un pragmatismo armado. Una estructura de supervivencia. De Hugo Chávez quedó apenas una imagen funcional, una efigie útil para justificar lo que ya no podía explicarse. Del socialismo del siglo XXI quedó un inventario escrito por una contabilidad fantasma: deudas que se reproducían solas, escuadrones que aparecían y desaparecían, miseria administrada con método, privilegios blindados para una élite militar que aprendió a flotar sin hundirse.

Hasta ese punto, todo pertenecía a los venezolanos.

Era su tragedia.

Su responsabilidad histórica.

Su derecho —y su condena— resolverla.

Otros pueblos atravesaron escenas parecidas. Algunos pusieron contra la pared a sus tiranos. Otros los vieron huir perseguidos por la vergüenza. El costo fue interno, doloroso, pero propio. La historia se escribía con manos locales, aunque temblaran.

Aquí no hubo ese tránsito.

Aquí decidió una potencia.

Estados Unidos actuó con una convicción antigua: América Latina no era una comunidad política, sino un conjunto de territorios administrables. Liderazgos intercambiables. Estados que funcionaban mejor cuando alguien más llevaba el reloj. No invocó doctrinas ni relatos civilizatorios. Actuó como actúa el poder cuando deja de maquillarse: por interés y por fuerza. Las discusiones no se dieron a la luz del día. Se resolvieron de noche, cuando las ciudades duermen y las armas hablan bajo.

Después de Venezuela, el continente perdió densidad simbólica. Se volvió translúcido. Pasó de ser sujeto a convertirse en función, en recurso, en advertencia.

No hubo solo muertos. Hubo cuerpos que no terminaron de caer.

Los cubanos del primer anillo de seguridad se disolvieron en la noche como sombras mal pagadas. Algunos venezolanos quedaron suspendidos en el aire unos segundos antes de desaparecer, como si el país dudara todavía si aceptarlos como sacrificio o como error de cálculo. Nadie los contó del todo. Nadie los lloró en voz alta.

La burocracia militar —esa que se decía revolucionaria— escuchó entonces un sonido que no venía del cielo ni de la tierra: un ruido seco, administrativo, parecido al cierre de un expediente. Sin órdenes visibles, los uniformes se enderezaron solos. Las botas marcaron el compás sin música. No fue miedo: fue memoria. El nuevo orden no se aprendió; se recordó.

Hoy se cargan barcos.

Hoy se esperan instrucciones.

Hoy se vende lo que dejó de pertenecer.

Lo que regrese a Venezuela será una fracción vigilada, nunca mayor a la mitad, destinada exclusivamente a comprar mercancías del nuevo amo. Bolívar convertido en cliente. La soberanía traducida en cupo comercial.

América Latina vuelve a parecerse a sus peores precedentes. Cambian los nombres, pero los mapas siguen marcados con la misma tinta vieja. Y la prensa acompaña, con una cortesía espectral, maquillando la ocupación, romantizando la fuerza, confundiendo estabilidad con obediencia.

El bombardeo no fue solo militar.

Fue cultural.

Fue pedagógico.

Después de Venezuela, ya no se discute quién manda.

Se observa quién actúa mejor su papel.

Y mientras el continente entero aplaude por inercia desde la platea, la franquicia sigue abierta. Cambia el elenco, renueva el cartel, ajusta precios internacionales. El espectáculo continúa.

Las regalías, como siempre, no se quedan en casa.

Artículos relacionados

El streaming de la estupidez

El streaming de la estupidez

Hubo un tiempo en que la ignorancia necesitaba esconderse. Se pronunciaba en voz baja, se disimulaba con silencios o, al menos, conservaba cierto pudor antes de convertirse en espectáculo. Ese tiempo terminó. Las redes sociales democratizaron la palabra, lo cual fue...

Los apodos que terminaron gobernando

Los apodos que terminaron gobernando

Hay pueblos que eligen presidentes.                  Nosotros elegimos personajes. Ninguna civilización bautizó con tanta precisión a sus gobernantes como América Latina. Aquí un...

Cuando la historia pierde el contexto

Cuando la historia pierde el contexto

Hay frases que no solo simplifican la historia: la deforman. Decir que “Paraguay decidió invadir Brasil”, como afirmó Luiz Inácio Lula da Silva para justificar un mayor gasto militar, es describir apenas el último movimiento de una partida sin mencionar las jugadas...

Antes que las fronteras, las puertas

Antes que las fronteras, las puertas

Hay objetos que enseñan más sobre la política que muchas bibliotecas. Las puertas son uno de ellos. No preguntan quién gobierna, qué bandera flamea ni qué ideología proclama quien las atraviesa. Solo obedecen una regla tan antigua como la convivencia: quien adquiere...

La hija del dictador llegó a la Casa de Pizarro

La hija del dictador llegó a la Casa de Pizarro

Las dictaduras ya no siempre anuncian su llegada con el estruendo de los fusiles ni con el rugido de los tanques. Las más astutas aprenden a caminar en silencio. Entran por la puerta principal con el respaldo de las urnas, la solemnidad de un juramento constitucional...

La sala donde el Perú volvió a mirarme

La sala donde el Perú volvió a mirarme

No recuerdo el primer coche bomba. Recuerdo el silencio. Porque los años ochenta en el Perú no comenzaron con una explosión. Comenzaron cuando el silencio empezó a pesar más que las palabras. En Ayacucho las noches dejaron de pertenecer a la oscuridad. Eran de las...

Ismael, el hijo del desierto

Ismael, el hijo del desierto

Antes de los misiles, del programa nuclear iraní, de las alianzas militares y de las fronteras modernas, hubo una familia dividida. No un ejército. Una familia. En el origen de una de las historias más influyentes de la civilización aparece Abraham, un hombre...

Judas Iscariote y la primera criptomoneda

Judas Iscariote y la primera criptomoneda

Antes del Bitcoin fueron treinta monedas. Una metáfora sobre la confianza, el dinero y el nacimiento del valor. Hay ideas que sobreviven porque son verdaderas. Y hay historias que sobreviven porque, aunque nunca hayan pretendido explicar la economía, terminan...

Cholo soy y no me compadezcas

Cholo soy y no me compadezcas

Cada vez que termina una elección en el Perú ocurre el mismo ritual. Lima observa el mapa electoral y descubre, una vez más, que existe otro país. Entonces aparecen las explicaciones rápidas. Que las provincias votan mal. Que Lima vive desconectada de la realidad. Que...