La Argentina subrayada: memorias de un lector que terminó siendo periodista

Nov 16, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y esnsayista.

 

Un país que se escribe solo, un lector que intenta corregirlo y una biblioteca que respira cuando la realidad se deshace. Crónica en primera persona sobre cómo la literatura se convierte en salvación, condena y venganza en la Argentina eterna del borrador perpetuo.

“Entre mis mil libros y mi país desordenado, encontré mi destino: corregir un manuscrito que todavía respira.”

Siempre me gustó leer. No como gesto intelectual, sino como salvoconducto. De chico descubrí que los libros eran un hogar portátil, una patria sin aduanas. Con el tiempo, junté más de mil: mil mundos vigilándome desde los estantes, mil voces susurrando cuando la noche crecía, mil territorios donde las palabras abrían caminos que la realidad argentina se obstinaba en cerrar.

Nunca imaginé que la lectura terminaría siendo mi manera involuntaria de interpretar el país. Yo solo buscaba historias; encontré, sin querer, advertencias. O presagios. O pequeñas profecías que, con el tiempo, empezaron a cumplirse con la precisión desganada de nuestras tragedias nacionales.

Mi verdadera vocación la descubrí el día que me gradué de periodista. Ese día comprendí que toda esa lectura —la historia, la política, la novela, el ensayo, la miseria humana escrita con tinta o con desesperación— no había sido un pasatiempo, sino un entrenamiento silencioso. Una preparación secreta para una misión involuntaria: leer la Argentina. Leerla como se lee un libro mal encuadernado: buscando coherencia donde reina el desorden y sentido donde solo quedan tachaduras.

Una biblioteca contra el país que insiste en no leerse

En mis libros, incluso el caos tenía elegancia.

Los personajes sufrían, sí, pero su desgracia obedecía a una lógica narrativa.

Los gobiernos caían, pero por motivos comprensibles: traición, ambición, deseo, guerra.

Cuando abría la puerta de mi casa, en cambio, la Argentina era una novela al borde del colapso editorial. Páginas arrancadas por el viento, capítulos escritos con apuro, prólogos que no anunciaban nada y epílogos que jamás cerraban.

Un país que todavía no sabe en qué capítulo está.

Una historia escrita entre todos, pero leída por pocos.

Un manuscrito que se corrige solo, como si tuviera voluntad propia.

La literatura me enseñó que toda gran narración tiene un hilo conductor.

La Argentina me enseñó que no siempre es así: a veces el hilo se corta, se quema o se usa para atar un expediente.

Todas las semanas, las marquesinas del teatro político anuncian a los mismos personajes: los Milei iluminados por la furia, las Cristinas iluminadas por la corrupción, los gobernadores iluminados por la caja, los ministros iluminados por un Excel que nunca coincide con la realidad.

Y uno ahí, testigo y cronista, obligado a comentar esta novela que nadie terminó de escribir y que todos pretenden corregir desde afuera: desde la CGT, desde Comodoro Py, desde algún set de TV donde los panelistas se insultan con erudición prestada.

Los libros me ordenaron; el periodismo me desordenó

Periodista recién recibido, con los bolsillos flacos y la cabeza llena de fechas, empecé a ver la historia argentina como un enorme manuscrito abandonado en una mesa de edición. Páginas mezcladas, prólogos que contradicen epílogos, personajes que reaparecen como fantasmas testarudos, diciendo lo mismo desde hace veinte años.

Mis mil libros tenían lógica; mi país, solo reincidencia.

Lo supe la primera vez que abrí un expediente en un ministerio: Kafka, comparado con la burocracia criolla, era un optimista.

En mi biblioteca, Aureliano Buendía combatía con dignidad los treinta y dos levantamientos.

En la calle, el rebelde más recordado era un colectivero que había frenado el tránsito porque a un pasajero se le había quedado la SUBE sin saldo.

El verdadero absurdo no estaba en Sartre, sino en la mesa de entradas de cualquier oficina pública, donde los papeles envejecen más rápido que los empleados.

Y, sin embargo, seguí leyendo.

Porque el país era tan ilegible que solo los libros me ofrecían la ilusión de un sentido posible.

El país como mal borrador, y el periodista como lector resignado

A veces pienso que la Argentina funciona como esos cuadernos escolares que empiezan con letra pulcra y terminan en manchas, tachaduras y dibujos improvisados. Provincias que parecen capítulos inconclusos, ministerios convertidos en notas al margen, partidos políticos que funcionan como personajes secundarios que exigen protagonismo.

Y uno ahí, periodista por vocación tardía, tratando de convertir ese borrador colectivo en una crónica que se entienda.

En un país que no quiere ordenarse, uno aprende a escribir en zigzag.

La lectura me dio estructura; la Argentina me la rompió.

El periodismo me obligó a reconstruirla.

Entre la biblioteca y la calle

Mis más de mil libros me prometían mundos donde la inteligencia servía para algo más que sobrevivir. Donde los debates tenían argumento, donde la política tenía estrategia, donde la historia avanzaba en lugar de girar en círculos como un tero enceguecido.

Pero bastaba salir a la calle para que todo ese orden se derrumbara.

Los kioscos de diarios parecían altares improvisados de tragedias antiguas; las declaraciones políticas, borradores mal escritos; las instituciones, bibliotecas sin catálogo donde nadie sabe qué tomo falta ni quién se lo llevó.

Fue ahí —entre bibliotecas y calles— donde descubrí que mi oficio era escribir sobre el país que no sabe leerse a sí mismo.

La lectura como venganza

Cada semana, la tortura es la misma: encontrar palabras nuevas para un país que repite las mismas escenas.

El dólar que sube, el dólar que baja, el dólar que se hace el muerto.

La inflación que se justifica, la oposición que se ofende, la Justicia que bosteza.

Siempre lo mismo, siempre distinto, siempre igual.

Mi venganza, entonces, será leer.

Sumergirme otra vez en las furias manuscritas de Roberto Arlt, en los cuadernos luminosos de Leopoldo Marechal, en las cartas juguetonas de Julio Cortázar, en las intuiciones infinitas de Macedonio Fernández.

Pastorear en esas páginas donde la inteligencia tenía buen humor y el país no era una parodia, sino apenas un escenario para la amistad, la imaginación y la conversación.

La lectura como salvación, el análisis como condena

Mi profesión me obliga a mirar lo que preferiría ignorar: las mismas promesas, las mismas crisis, las mismas caras disfrazadas de novedades.

Es como reseñar siempre el mismo libro ambicioso, pero mal escrito.

A veces siento que la Argentina entera es un párrafo que busca su verbo.

O un país que perdió el sujeto en una discusión de pasillo.

Una historia que quiere avanzar, pero no encuentra la página siguiente.

Por eso leo.

Por eso sigo leyendo.

Porque la lectura es lo único que me mantiene cuerdo para analizar la historia sin perder la fe en que algún día el país encontrará su puntuación correcta.

Si no fuera lector, la Argentina me habría derrotado hace mucho tiempo.

Si no fuera periodista, no sabría qué hacer con tanta lectura.

Entre mis mil libros y mi país desordenado, encontré mi destino: contar este territorio como quien intenta corregir un manuscrito que todavía respira.

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