Un país que envejece sin aprender a gobernarse.
Entre golpes, juramentos rotos y congresos de moral distraída, el presidencialismo peruano sobrevive como un fantasma institucional: cada cinco años lo enterramos con pompa, pero nadie se atreve a apagar las luces del velorio.
“El Perú no entierra a sus gobiernos, los recalienta.”
República en busca de autor
“¿En qué momento se jodió el Perú?”
La pregunta de Conversación en La Catedral se repite desde hace más de medio siglo como un diagnóstico que nunca llega al tratamiento.
Y, sin embargo, ahí seguimos: girando en torno a ella como un péndulo moral que oscila entre la esperanza y el cinismo.
Si uno repasa la historia del presidencialismo peruano, advertirá que no es tanto una forma de gobierno como una forma de reincidencia.
Desde Bolívar hasta el impresentable José Jerí —pasando por el dictador Fujimori, Paniagua, Humala, Castillo y Boluarte—, el Perú ha probado todos los sabores del poder, menos el de la estabilidad.
No hay presidente que no haya prometido refundar la República, ni Congreso que no haya jurado “protegerla de la dictadura del Ejecutivo”.
Y, al final, ambos terminan protagonizando el mismo espectáculo: un choque de trenes donde los pasajeros somos siempre los mismos contribuyentes.
Ese es el verdadero guion del presidencialismo peruano: una obra sin desenlace y con demasiados prólogos.
Los padres fundadores del caos
La historia republicana del Perú podría narrarse como una sucesión de experimentos constitucionales mal cocidos.
De la Constitución de 1823 a la de 1993, hemos probado de todo: monarquías frustradas, repúblicas moralistas, dictaduras corruptas, democracias vigiladas y gobiernos de unidad que no unieron a nadie.
Basadre lo llamó “el país de las oportunidades perdidas”, y tenía razón.
Porque cada Constitución nació como promesa de orden y terminó como epitafio político.
El presidencialismo peruano fue concebido como símbolo de estabilidad: un poder fuerte, autónomo, capaz de encarnar la voluntad nacional.
Pero en un país donde la voluntad se fragmenta con cada campaña electoral, el presidente termina siendo apenas un árbitro entre facciones que ya no creen en el árbitro.
Y si Linz veía en el parlamentarismo una salida flexible a las crisis, nosotros preferimos la rigidez teatral del caudillo constitucional.
Aquí el presidente es simultáneamente padre, mártir y sospechoso; el Congreso, tribunal, verdugo y coro griego del desastre.
Ribeyro lo había dicho con su ironía impecable:
“El Perú no es un país subdesarrollado. Es un país injustamente desarrollado por los mismos de siempre.”
Palacio de Gobierno: farsa nacional
La historia reciente podría titularse Crónica de una vacancia anunciada.
Desde 2016 vivimos en un bucle kafkiano: presidentes que juran por la democracia al mediodía y están en crisis institucional al anochecer.
Kuczynski renunció antes de ser vacado; Vizcarra fue vacado antes de renunciar;
Castillo fue preso después de intentar un golpe fallido; Boluarte gobernó como títere del Congreso, hasta que el propio Congreso la vacó por “incapacidad moral”; y, finalmente, el mismo Parlamento —en su versión más grotesca— entronizó a José Jerí, un esperpento político con acusaciones de violación.
No es que el sistema no funcione: es que está diseñado para no hacerlo demasiado bien.
Un presidencialismo con Congreso hostil es como un matrimonio sin confianza: uno acusa de infidelidad, el otro exige respeto, y ambos terminan durmiendo en camas separadas con la Constitución en medio.
Vargas Llosa lo anticipó con amarga claridad:
“Aquí la política se ha vuelto un espectáculo donde los farsantes tienen más éxito que los santos.”
Cada elección repite la misma escena: el pueblo elige un salvador, el Congreso lo convierte en enemigo, los medios lo caricaturizan y el extranjero ofrece asilo.
Y así, la democracia se vuelve turismo político con hospedaje incluido.
El espejismo moral y la pobreza intelectual
Cuando los alemanes inventaron el voto de censura constructivo, buscaban impedir el vacío de poder.
Nosotros, en cambio, inventamos la vacancia exprés: ese mecanismo parlamentario que permite destituir al presidente sin pruebas contundentes, solo con la convicción de que “ya no nos gusta”.
El presidencialismo peruano no sufre solo de corrupción o desconfianza: su mal es intelectual.
El nivel educativo y cultural de la clase política roza lo trágico.
No se trata únicamente de títulos falsos o de congresistas que confunden a Hobbes con Hobbits; se trata de una incapacidad estructural para comprender el Estado.
El Parlamento ha convertido la ignorancia en bandera de autenticidad.
Los discursos se redactan como tuits, los proyectos de ley como cadenas de WhatsApp y los debates como sesiones de terapia colectiva.
El país se hunde entre aplausos de oratoria vacía y analfabetismo conceptual.
El problema del presidencialismo no es solo su rigidez institucional, sino su pobreza de espíritu: no hay pensamiento político donde la política se reduce a sobrevivir.
Conversación en el Congreso
Si Zavalita trabajara hoy en el Congreso, no preguntaría “¿En qué momento se jodió el Perú?”, sino “¿En qué momento dejamos de fingir que no lo estaba?”.
La atmósfera de Conversación en La Catedral —ese bar donde todo huele a derrota y a historia inconclusa— se ha trasladado al hemiciclo: los congresistas conversan como Zavalita y Ambrosio, entre cinismo, culpa y desconfianza.
“El Perú es una inmensa catedral donde todos conversan y nadie escucha.”
El presidencialismo, entonces, no es solo una crisis de poder: es una crisis de conversación.
No sabemos dialogar sin calcular, ni legislar sin vengar.
El voto de confianza se ha convertido en voto de sospecha, y el juramento republicano, en acto de supervivencia mediática.
Y mientras tanto, los analfabetos del poder discuten sobre moral pública sin saber definir la palabra ética.
República en coma político
El presidencialismo peruano no agoniza: persiste por costumbre.
Es el enfermo que se niega a morir porque teme no saber qué vendrá después.
Cada reforma constitucional es una transfusión temporal; cada disolución, un tratamiento paliativo.
Quizá lo más honesto sería admitir lo que nadie se atreve a decir: que el Perú no necesita otro presidente, sino otra generación que haya leído un libro entero sin subrayarlo por obligación.
Porque el problema no es la forma de gobierno, sino la forma de ser gobernados.
Un pueblo educado elige instituciones; un pueblo desinformado elige ídolos.
Y mientras discutimos si la cura está en el parlamentarismo, el semipresidencialismo o el milagro, la respuesta —como siempre— nos la devuelve Vargas Llosa, con la voz exhausta de Zavalita:
“La historia del Perú es la historia de una conversación interrumpida.”
El presidencialismo sigue ahí, como un eco que se niega a extinguirse.
Y nosotros, fieles a nuestro drama recurrente, seguimos asistiendo a su funeral interminable: con discursos nuevos, flores viejas y los mismos sepultureros que aún no saben leer la lápida.
Escena final
El cronista entra en la sala del velatorio. El aire huele a café recalentado y a burocracia en descomposición.
En una esquina, un televisor transmite la sesión del Congreso: los dolientes discuten, los deudos bostezan y un periodista anota, como quien cuenta los minutos de una derrota anunciada.
Tomo un café amargo, espeso, como la realidad.
Las tazas son de loza barata, pero la solemnidad es de museo. Nadie sabe si el muerto es la República o la paciencia nacional.
En el fondo, un violinista desafina el himno mientras un ujier acomoda la bandera sobre un féretro vacío.
Entonces comprendo: el Perú no entierra a sus gobiernos, los recalienta.
Mientras el aroma del café se desvanece, las luces del salón parpadean.
El cronista deja la taza sobre la mesa, se pone el abrigo y sale despacio, sin mirar atrás.
Detrás de la puerta, el murmullo de los políticos continúa como un zumbido interminable.
Afuera, Lima respira una neblina espesa, indiferente, y el amanecer —ese mismo de siempre— parece la luz que queda encendida sobre un país que aún no aprende a apagarse.
Escribo este ensayo desde la sala de un país que aún vela su futuro.
No hay incienso ni rezos, solo café tibio y discursos gastados.
El Perú, como su presidencialismo, no muere ni renace: se repite.
Y uno, desde el rincón del velorio, solo puede observar, escribir y esperar a que, por fin, alguien apague la luz.














