El ruido y la farsa: en una república narrada por conciencias rotas

Nov 8, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Entre Faulkner y la política argentina, una misma decadencia.

Inspirado en El sonido y la furia, este ensayo retrata un país donde Milei grita, Cristina recuerda, el peronismo factura y el pueblo sobrevive: una novela contada por varias voces rotas que juran amar a la patria mientras la empeñan al mejor postor.

“Entre el sonido y la furia, solo queda el eco. Y en ese eco seguimos viviendo, creyendo que es música.”

Un país contado en desorden

Si William Faulkner hubiera nacido en La Matanza, probablemente El sonido y la furia sería una crónica sobre la decadencia del peronismo.

Los Compson serían una familia de funcionarios aferrados a una herencia que ya nadie respeta; la mansión sureña, una Casa Rosada con goteras ideológicas; y el narrador, un argentino confundido que intenta entender cómo un país tan rico puede vivir eternamente al borde de la bancarrota moral.

Argentina es una novela escrita en desorden: cada capítulo tiene un narrador distinto, cada gobierno una gramática propia y cada crisis un prólogo que se repite como si fuera nuevo.

Faulkner decía que el tiempo no avanza, solo se repite con otra voz. En este sur del sur, la política parece haberlo tomado al pie de la letra.

Somos un país que cambió Yoknapatawpha por la pampa húmeda, pero conserva la misma tragedia: la nostalgia por una grandeza que nunca existió del todo.

Benjy Milei: el ruido antes del sentido

El primer narrador de nuestra tragedia nacional es Javier Milei, el Benjy argentino.

Como el personaje de Faulkner, no comprende el mundo: lo siente.

Todo lo interpreta a través de los gritos del mercado, de las luces de la televisión y de los aplausos de sus seguidores digitales.

Benjy lloraba cuando cambiaban de lugar a su hermana Caddy; Milei grita cuando le mueven un punto del déficit.

Su discurso no es economía: es onomatopeya.

“¡Viva la libertad, carajo!” es su manera de decir amo a mi madre y no sé por qué el país no me devuelve ese amor.

Habla con la intensidad de quien ha confundido el trauma con la doctrina y la catarsis con la gestión.

Mientras Benjy olía las flores para recordar la infancia, Milei recita a Mises para olvidar la realidad.

Entre decretos y furias, intenta gobernar un país que se le escapa como el tiempo de Faulkner: un reloj roto que sigue sonando.

Y así, entre las sombras de sus ministros y la nostalgia de su perro Conan, el libertario más ruidoso de la historia argentina parece confirmar lo que Faulkner ya sabía: el caos también puede ser una forma de gobierno.

Cristina Quentin: la nostalgia que se ahoga en el espejo

Luego aparece Cristina Fernández de Kirchner, versión criolla de Quentin Compson.

Vive atrapada en el recuerdo de un linaje político que ya no existe.

Para ella, el tiempo se detuvo en 2007, cuando las multitudes todavía creían en la épica y los micrófonos no eran tribunales.

Como Quentin, Cristina confunde el pasado con el presente y el deber con la culpa.

No soporta la idea de que la historia pueda continuar sin ella, como si el país debiera pedirle permiso para seguir existiendo.

Su discurso es un monólogo interior: frases que se doblan sobre sí mismas, citas de Néstor como plegarias, números judiciales que repite como si fueran versículos del Evangelio según Lázaro Báez.

Mientras Milei grita hacia el futuro, Cristina murmura hacia el pasado.

Ambos, sin saberlo, están de acuerdo en una sola cosa: que la culpa siempre es del otro.

Quentin se arrojó al río para detener el tiempo; Cristina se arrojó a la historia para intentar editarla.

En ambos casos, el resultado fue el mismo: el agua sigue corriendo, pero ya nadie se baña dos veces en el mismo relato.

Jason Perón: la furia como método

El tercer narrador es el peronismo, encarnado en su versión más grotesca: Jason Compson, el hermano que odia todo lo que no puede controlar.

Jason vive contando los centavos que cree que el mundo le debe; el peronismo hace lo mismo, pero con la patria.

Cada subsidio es un reclamo, cada estatua una factura moral.

Su divinidad es el presupuesto, su catecismo el clientelismo, su misa el acto partidario con choripán consagrado.

Faulkner lo hizo miserable; nosotros lo hicimos movimiento nacional.

El justicialismo moderno ha perfeccionado el arte de transformar la furia en política pública.

Gobierna desde el enojo, administra desde el rencor y se multiplica desde la memoria selectiva.

Dice defender a los pobres, pero los necesita siempre un poco más pobres para justificar su existencia.

Y mientras predica la igualdad, sus dirigentes cambian de camioneta cada cuatro años, como quien cambia de rosario en Semana Santa.

Jason robaba la correspondencia de su sobrina; el peronismo roba el futuro con la misma devoción.

Pero lo hace con un lema que ni Faulkner hubiera imaginado: La patria es el otro, pero la cuenta la paga el mismo.

Caddy Argentina: la que todos nombran y nadie escucha

Y entonces aparece Caddy, la verdadera protagonista de El sonido y la furia: la que nunca habla, pero a la que todos usan para explicar sus tragedias.

En nuestra versión, Caddy es la Argentina.

Caddy es esa nación siempre mencionada en discursos, estadísticas y campañas electorales, pero jamás escuchada.

Es la tierra que todos juran amar y que todos hipotecan en nombre de ese amor.

Es la mujer que se emancipa cada cuatro años para casarse con el mismo tipo.

A veces liberal, a veces populista, a veces resignada, siempre endeudada.

Milei la ve como un cuerpo a liberar del Estado; Cristina, como una hija a la que hay que cuidar de sí misma; el peronismo, como una madre a la que se le roba el monedero mientras duerme.

Ninguno la entiende. Todos la necesitan.

Caddy envejece con inflación, se maquilla con dólar blue y sueña con emigrar a Italia, donde quizá alguien le diga que alguna vez fue rica.

Es la misma Argentina que se mira al espejo y se pregunta, como Faulkner: ¿Qué hicimos con el tiempo?

La respuesta es simple y cruel: lo convertimos en campaña.

Y así, mientras el país se derrumba, la nación mítica de Yoknapatawpha tiene su réplica porteña: la Republica del relato, un territorio donde el pasado nunca muere, solo se reescribe.

Dilsey pueblo: el país que sigue sirviendo el desayuno

Faulkner salvó la dignidad del relato con Dilsey, la criada que todo lo ha visto y aun así sigue rezando.

Aquí, Dilsey es el pueblo argentino, esa multitud silenciosa que sobrevive a todos los gobiernos como si fueran estaciones del año.

Dilsey se levanta temprano, abre el negocio, paga los impuestos y escucha promesas recicladas.

Ha visto la dictadura, la democracia, la convertibilidad, el corralito, el relato, la dolarización, el default, la épica y el ajuste.

Y aun así, sigue sirviendo el mate como si el país estuviera a punto de mejorar.

En el fondo sabe que nada cambiará.

Su resignación no es cobardía: es supervivencia.

Dilsey ha visto el principio y el fin de la novela y ya no se asombra de nada.

Ha visto a Milei invocar a Mises, a Cristina invocar a Perón y a los gobernadores invocar al Tesoro.

Y mientras los intelectuales discuten la moral de los Compson, ella cuenta las monedas para comprar harina.

El pueblo argentino no se suicida ni se fuga: resiste.

Y esa resistencia, tan digna como cansada, es lo único que todavía mantiene de pie a la mansión en ruinas que llamamos nación.

Entre el ruido y la farsa

En El sonido y la furia, Faulkner no escribe sobre la locura, sino sobre la imposibilidad de narrar sin mentirse.

Eso mismo nos pasa: no sabemos contarnos sin distorsionar.

Cada argentino vive en su propio monólogo interior, convencido de que el otro es el culpable de su desgracia.

Milei habla de “casta”, Cristina de “lawfare”, los gobernadores de “federalismo” y el pueblo de “sálvese quien pueda”.

El país no se hunde, se interpreta. No quiebra, se reinventa como metáfora. No cambia, se actualiza en versión beta.

Y mientras el dólar, la justicia y la moral hacen equilibrio sobre un hilo de memes, el cronista observa la escena final: Milei hablando con los perros, Cristina consultando al oráculo judicial, un sindicalista midiendo encuestas y el pueblo apagando la televisión porque ya vio esa serie.

El narrador —ese argentino cansado que aún escribe— toma un sorbo de café frío y sentencia, con el cinismo de quien ya no espera milagros:

“Entre el sonido y la furia, solo queda el eco.

Y en ese eco seguimos viviendo, creyendo que es música.”

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