El tribunal de las burbujas: el cronista que dudó del término “espumante”

Nov 2, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

En la última Cata Nacional de San Juan, un vino con alma de verano y apellido entrerriano se llevó la gloria. Pero el verdadero debate no fue enológico, sino lingüístico: ¿debe decirse “espumante” o “espumoso”? Un cronista presenció el milagro —y la herejía— entre copas y diccionarios.

Donde las copas se vuelven oráculos

Nadie supo si el misterio comenzó con la espuma o con la palabra.

En la Cata Nacional de San Juan, el espumante ganador fue recibido con vítores, selfies y lágrimas discretas. Las burbujas parecían encender las lámparas del salón, y cada corcho que estallaba sonaba como un trueno celebratorio.

El público aplaudía el vino; los enólogos, su técnica; pero entre los murmullos de los periodistas se deslizó una duda que empañó el cristal:

— ¿Por qué espumante?

No era una pregunta cualquiera. Era una disputa entre la fe popular y la Real Academia Española, entre la lengua que se bebe y la que se dicta desde Madrid.

Un profesor de letras, copa en mano y gesto de exégeta, murmuró con solemnidad de archivo:

“En buen español se dice espumoso. Espumante es un italianismo, una impostura moderna. Pero claro… aquí las palabras también fermentan.”

El cronista y el diccionario

La observación cayó como una gota de ácido tánico sobre la mesa.

Los presentes fingieron no oír, y el animador —entusiasmado por la pompa del momento— repitió con voz de pregonero:

—Brindemos por el mejor espumante del país.

La palabra resonó como un eco teológico.

Y el cronista —que no era precisamente un purista, pero sí un curioso— decidió investigar si el término había nacido del viñedo o del error.

Revisó mentalmente el Diccionario de la Lengua Española, donde espumar significa “quitar la espuma de un líquido” y espumear, “hacer espuma, como la olla o el vino”. Allí no figuraba espumante… o, mejor dicho, figuraba con la advertencia de no figurar.

Sin embargo, el cronista sabía que las lenguas cambian cuando el pueblo las pronuncia con convicción.

Y esa noche, en San Juan, nadie bebía un espumoso.

Todos brindaban con un espumante: palabra nacida de la boca del pueblo y legitimada por la burbuja.

El milagro de la palabra

Mientras los catadores levantaban las copas con la seriedad de jueces, el cronista comprendió que la discusión era inútil.

El vino, blanco y vibrante, hablaba por sí solo.

Su espuma ascendía lenta, precisa, como si buscara un punto de fuga en el cielo del salón.

Alguien juró ver reflejado en las burbujas el rostro de San Martín alzando su copa desde la cordillera; otro dijo que el vino respiraba.

Nadie lo negó.

En ese instante, el cronista escribió en su libreta:

“La lengua puede discutir, pero el vino no. Si hace espuma, que se llame como quiera.”

El vino espumoso por antonomasia —el champán— proviene de tierras donde las nubes obedecen al calendario.

En cambio, este vino entrerriano había nacido en una provincia más habituada al río que al viñedo, donde la uva es más leyenda que paisaje.

Quizá por eso su triunfo en San Juan sonó a herejía y a revelación: un vino de la llanura venciendo a los del desierto.

El silencio de las burbujas

Esa noche, al salir del salón, el cronista miró la luna reflejada en su copa vacía.

Las últimas burbujas subían despacio, como si no quisieran morir.

Y entonces comprendió que, en el fondo, las palabras son como los vinos: algunas envejecen bien, otras fermentan por error, pero todas —si se beben con fe— terminan diciendo la verdad.

Desde entonces, en San Juan, nadie discute más.

Los puristas defienden su espumoso; los devotos brindan con su espumante; y el cronista conserva su duda, brillante y persistente, como la última burbuja que se niega a desaparecer.

Crónica del hombre que fue a una cata buscando una medalla y encontró una palabra.

Y descubrió que, a veces, los diccionarios también necesitan una copa para entendernos.

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