El laberinto y la sombra del General: crónica de una eternidad Argentina

Oct 10, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Entre la liturgia y la herejía, la política Argentina sigue orbitando la sombra de Perón. En cada generación, un rostro distinto —vieja escuela, conversos, kirchneristas, negadores o progres— mantiene vivo un mito que nunca concluye: el peronismo como eternidad Argentina.

Preludio en un café de San Juan

La tarde caía sobre San Juan como un telón de teatro gastado. El calor pegaba en las veredas y, adentro, en un café de la calle 25 de Mayo, las persianas filtraban la luz en franjas oblicuas. Había terminado de leer Quinientos años entre el cielo y el infierno, de Jorge Lanata. Cerré el libro con la mueca incrédula de quien sabe que las eternidades nunca caben en un tomo, ni en diez. Había sido el tercero de su serie que me devoraba en poco tiempo —Óxido y La década robada lo habían precedido—, pero siempre quedaba ese retrogusto a algo incompleto.

Me quedé mirando mi reflejo en la taza oscura. Afuera, un taxista maldecía el ingreso de Uber, una pareja discutía la lista del súper y, en la mesa de al lado, tres jóvenes agitaban encuestas como si fueran cartas del tarot político. Yo pensaba en otro mito, más persistente que cualquiera de los que Lanata había diseccionado: el peronismo.

Si él hablaba de mitos, condenas y resurrecciones, yo tenía frente a mí el verdadero purgatorio argentino: un movimiento que muere y resucita en cada década, que muda de piel sin dejar de ser la misma criatura.

La fundación y la vieja escuela

En 1945, la Plaza de Mayo fue santuario. El 17 de octubre no fue un día: fue un bautismo colectivo. Desde entonces, los peronistas de vieja escuela quedaron marcados por esa liturgia. Evita como santa laica, Perón como profeta, los descamisados como pueblo elegido.

Ese peronismo era de familia, transmitido como herencia obrera. Conservador en sus costumbres, radical en su lealtad. Guardaban bustos del General en sótanos durante la proscripción como si fueran hostias clandestinas. La palabra de Perón era catecismo portátil.

José Ignacio Rucci, Lorenzo Miguel y toda una generación de sindicalistas vivieron como sacerdotes de esa religión. El peronismo de entonces no se discutía: se obedecía.

Radicalización y fractura

Los años 70 trajeron el regreso de Perón y, con él, un movimiento convertido en campo de batalla. Viejos guardianes de la ortodoxia frente a jóvenes que soñaban con una patria socialista. Allí nacieron los conversos más trágicos: militantes de izquierda que creyeron que el peronismo sería la revolución en marcha.

El espejismo duró poco. La Plaza del 1º de mayo de 1974 fue su epitafio, cuando el viejo líder los expulsó al grito de “¡Esos imberbes, estúpidos!”. Fue un quiebre que todavía reverbera.

Al mismo tiempo, el peronismo abrazaba a la Triple A mientras proclamaba justicia social. Y allí apareció el negador: el militante que bancaba todo en nombre de la unidad, incluso cuando la sangre corría y la palabra se vaciaba.

El menemismo y los conversos neoliberales

Los noventa fueron la década de la herejía. Menem transformó al peronismo en nave insignia del neoliberalismo: privatizaciones, convertibilidad, relaciones carnales con Washington.

¿Cómo se justificaba semejante salto al vacío? Con pragmatismo. Gobernadores aplaudiendo la venta de YPF como si fuese justicia social aplicada; sindicalistas firmando flexibilizaciones laborales bajo la bandera justicialista; intendentes cambiando la arenga popular por la fiesta en Anillaco.

Fue la época dorada de los conversos triunfales: radicales arrepentidos que hallaron ministerios, empresarios que se disfrazaron de militantes, viejos caudillos reciclados en neoliberales con vincha justicialista.

Y también la época de los negadores: quienes juraban que la desocupación era apenas “el costo de la modernidad”, que las colas del trueque eran exageraciones periodísticas, que los pobres eran “los mismos de siempre”.

La pasión kirchnerista

El 2001 había pulverizado certezas. Dos años después, un gobernador patagónico casi desconocido llegó a la Casa Rosada con apenas el 22% de los votos. Se llamaba Néstor Kirchner. Con él nació el kirchnerismo, la versión más intensa y emocional del peronismo.

El kirchnerista se define por la pasión, no por la doctrina. Cree en la AUH, en los juicios por lesa humanidad, en la Ley de Medios como si fueran sacramentos. Vive la militancia como un fervor religioso: banderas, cánticos, plazas llenas. Cristina Fernández se volvió madre política para algunos, diosa maldita para otros.

Ejemplos abundan: Axel Kicillof en Economía, La Cámpora como guardia juvenil, las plazas con la cara de Néstor como icono inmortal.

Y también hubo conversos: Massa, que pasó de opositor a aliado y de aliado a candidato de unidad.

Los negadores tampoco faltaron: los que decían que la inflación era invento de las consultoras, que la pobreza se había evaporado, que todo era conspiración mediática.

El “progre”

En esta deriva también surgió una criatura singular: el progre. Ese fracasado que gusta de culpar de sus miserias al sistema y procura que los demás reconozcan sus méritos como luchador social. Predica en nombre de la justicia social, aunque en el fondo su programa consista en que unos vivan a expensas de los demás, utilizando al Estado como cómplice y al discurso como salvoconducto moral.

El progre habla con tono doctoral en la sobremesa, se declara víctima y héroe al mismo tiempo, exige gratitud por su militancia como si la sociedad le debiera una condecoración. Y en su fervor encuentra siempre refugio en el peronismo, que lo recibe como a otro converso, porque en definitiva todo progre es un converso tardío: descubre en la liturgia justicialista un altar donde sus derrotas personales se confunden con épicas colectivas.

El peronismo líquido

Hoy, el peronismo es agua. Toma la forma del recipiente que lo contiene. Es kirchnerista y massista, opositor y socio de Milei, ortodoxo y hereje al mismo tiempo.

Los viejos peronistas sobreviven en actos con bustos amarillentos.

Los kirchneristas resisten como iglesia de Cristina.

Los conversos proliferan: Sergio Massa es su emblema, capaz de mutar según el viento.

Los negadores son multitud: intendentes que sostienen cualquier gobierno a cambio de fondos, gobernadores que repiten “no es momento de dividir” mientras reparten ministerios.

Y los progres flotan en ese líquido como profetas menores, convencidos de que su prédica moral basta para redimir un país entero.

El peronismo actual ya no necesita definirse: su fuerza está en la mutación.

El café, el laberinto, la sombra

Terminé el café ya frío. Afuera, el cielo sanjuanino se teñía de rojo violáceo, como si las montañas hubieran sangrado sobre el cielo. Pensé que Lanata se había quedado corto: el cielo y el infierno son estaciones menores; el verdadero destino argentino es el purgatorio peronista, donde siempre se espera la próxima resurrección.

El peronismo es mito porque nunca busca fijarse en una sola forma. Vive de sus contradicciones. Cada década, un rostro distinto: vieja escuela, conversos, kirchneristas, negadores, progres.

Y entonces recordé una frase de Borges que nunca citó Perón, pero que podría ser su epitafio: “Nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la maestría de Dios, que con magnífica ironía me dio a la vez los libros y la noche.”

Así el peronismo: luz y sombra, promesa y traición, libro abierto y noche interminable. Un laberinto del que nadie escapa, ni siquiera quienes lo niegan.

Pagué la cuenta y salí a la calle. Sabía que la crónica estaba terminada, pero también que no había escrito una conclusión: porque el peronismo nunca concluye.

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