El vino y la escena del mundo: Shakespeare en los valles de San Juan

Oct 5, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Para Shakespeare, el vino no es sólo bebida: es cura y condena, fiesta y traición, símbolo de identidad y frontera social. En San Juan, esa misma dualidad atraviesa la historia de la vid: entre la promesa de grandeza y el riesgo de caer en manos de nuestros propios Falstaff.

El escenario del vino

William Shakespeare, ese dramaturgo que parecía escribir con tinta hecha de pasiones humanas, entendió que el vino no era un simple accesorio en la mesa de sus personajes. Cada copa, cada brindis, cada embriaguez formaba parte de la trama, un subtexto que iluminaba la condición humana. Allí, en medio de reyes, soldados, bufones y amantes, aparecía siempre el vino: bálsamo y veneno, fiesta y traición, cura y condena.

En tragedias y comedias, el vino se vuelve un personaje invisible pero omnipresente. No habla, pero dice. No actúa, pero empuja la acción hacia adelante. Desde The Tempest, donde una botella salva del naufragio, hasta Henry IV, donde Falstaff se pierde en su apetito de sack español, el vino es esa sombra líquida que acompaña al hombre en sus excesos y en sus redenciones.

Si Shakespeare hubiera escrito desde los valles de Calingasta, quizá no habría hablado de Jerez o de Canarias, sino de un Malbec de altura, de un Syrah nacido entre montañas, o de un Bonarda convertido en metáfora de poder y deseo. Porque el vino, en definitiva, no pertenece a Inglaterra ni a España: pertenece a todo pueblo que encontró en la vid su manera de narrarse.

El vino como cura y condena

En el Renacimiento se creía que el vino curaba la melancolía, limpiaba heridas y daba fuerzas al moribundo. Marco Antonio, en Anthony and Cleopatra, pide una copa para reunir aliento en su agonía. En The Tempest, un tonel se convierte en salvavidas. El vino es bálsamo y también es fe.

Pero al mismo tiempo es condena. Falstaff, ese gordo entrañable y ruin, se hunde en la caricatura de sí mismo por culpa del sack. Para el joven príncipe Enrique, su figura es espejo de lo que no debe ser: un hombre entregado a la jarra, incapaz de sostener el peso de su destino. El futuro rey madura cuando rechaza la botella, cuando arroja lejos el vino y con él la tentación de convertirse en bufón.

En San Juan, ese mismo dilema se repite con otro ropaje. El vino es esperanza de exportación, promesa de empleo, identidad cultural. Pero también es dependencia: un recurso sometido a las leyes del mercado, reducido demasiadas veces al mosto que se vende como excedente, despojado de su grandeza en damajuanas anónimas. Cura y condena, exactamente como en las palabras de Shakespeare.

El vino como fiesta y memoria

El teatro shakesperiano muestra que no hay fiesta sin vino. Macbeth, aun con las manos manchadas de sangre, pide una copa “hasta los bordes” para brindar por la alegría de la mesa. En Romeo y Julieta, un criado invita a los Capuleto a “aplastar una copa de vino” como símbolo de paz. En Hamlet, el rey bebe a la salud del príncipe en medio de la tensión que anuncia la tragedia.

El vino es siempre memoria compartida. Es el modo en que los pueblos recuerdan que no todo es guerra ni pena, que también existen la música y la danza. San Juan conoce de sobra ese ritual: la Fiesta Nacional del Sol y las vendimias son un eco de aquellas escenas shakesperianas. Allí también se alza la copa para celebrar la cosecha, mientras por debajo laten los problemas económicos, la corrupción, las deudas y los desencuentros políticos.

La paradoja es la misma: se brinda en público mientras se llora en privado. El vino, entonces, funciona como máscara; como escena donde la comunidad decide olvidar por un instante la pesadez de sus días.

El vino y la diferencia social

Shakespeare fue implacable al retratar desigualdades. En sus obras, los nobles beben vino en copas de cristal, mientras los plebeyos se conforman con cerveza en jarros toscos. El vino distingue, jerarquiza, eleva. La cerveza rebaja, confina en la taberna.

En San Juan, esa frontera sigue viva, aunque maquillada. El vino boutique se ofrece como emblema de sofisticación, con etiquetas que hablan de terroir y crianza. En cambio, el vino de mesa popular sobrevive en damajuanas que no necesitan marketing: su destino es acompañar el guiso en silencio. Lo curioso es que ambos, el caro y el barato, nacen de la misma tierra. La diferencia no está en la vid, sino en el relato que se construye alrededor de la botella.

Así como Falstaff se enorgullecía de beber sack español porque lo acercaba a la nobleza, muchos consumidores en el mundo buscan en una etiqueta sanjuanina la ilusión de pertenecer a un linaje, aunque sea por unos sorbos.

Falstaff en la política argentina

Hay algo perturbador en Falstaff: su glotonería, su cobardía, su amor por el vino y, al mismo tiempo, su astucia para sobrevivir. ¿No recuerda a cierta casta política argentina? Esa que se disfraza de amiga del pueblo, pero vive a expensas de él; que promete dejar el vino, adelgazar, purificarse, pero nunca lo hace.

Falstaff es el arquetipo del dirigente que se jacta de saberlo todo y termina siendo estorbo. Así como el príncipe Enrique debió apartarlo para convertirse en rey, la sociedad argentina carga con sus propios Falstaff: líderes que se embriagan de poder, que confunden la política con la taberna, que hablan con la lengua suelta del vino pero carecen de la sobriedad necesaria para gobernar.

En ese espejo, el vino deja de ser metáfora de celebración y se convierte en símbolo de degradación. Y la pregunta es inevitable: ¿será capaz nuestra sociedad de rechazar la botella en el momento justo, como lo hizo Enrique, o seguirá brindando con sus Falstaff locales hasta hundirse en la embriaguez colectiva?

El vino como identidad de un pueblo

Más allá de fiestas y jerarquías, el vino es palabra que funda identidad. Shakespeare lo asoció con España: sherris, canaries. Inglaterra bebía y nombraba con acento extranjero, reconociendo que el prestigio estaba en otro suelo.

San Juan debe entender lo mismo: el prestigio no se compra con marketing importado, sino con relato propio. Nombres como Alta Bonanza de los Andes, Amo del Valle, Café, Vino y Tú, Luces en Ayari no son meras marcas comerciales: son declaraciones de pertenencia, intentos de narrar la vid desde el paisaje de Calingasta y no desde las oficinas porteñas.

El vino, como la literatura, exige contar historias. Si no lo hacemos nosotros, lo harán otros, y el riesgo es quedar reducidos a estadísticas de exportación.

El vino, metáfora de la Argentina

El vino para Shakespeare era salvación, perdición, fiesta, distinción. Todo a la vez. Y acaso lo mismo ocurre con la Argentina. Un país que levanta la copa con orgullo en las ferias internacionales, pero que muchas veces no puede costear el vino en la mesa de sus propios trabajadores. Un país que se embriaga de promesas y despierta con resaca de inflación.

El vino, como símbolo, desnuda una verdad incómoda: somos un pueblo que sabe brindar, pero que aún no ha aprendido a medir el precio de la botella.

Brindar con Shakespeare

En una de las escenas más memorables, el príncipe Enrique rechaza el vino de Falstaff y con él rechaza el destino del bufón. Madura, se prepara para gobernar, se vuelve rey.

La pregunta que queda flotando, con aroma a roble y a ciruela, es si la Argentina sabrá hacer lo mismo. ¿Tendremos la fuerza de apartar nuestras botellas de demagogia y convertir el vino en símbolo de grandeza? ¿O seguiremos riéndonos con nuestros Falstaff mientras el futuro se evapora como un mal granel?

Brindar, al fin y al cabo, no es un acto inocente. Cada copa dice algo. Cada copa decide algo. En Shakespeare y en San Juan, el vino siempre fue escenario de la verdad.

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