El otoño del General: Perón como patriarca rioplatense

Ago 24, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Un cadáver que nunca terminó de morir

“Era el olor de un muerto sin nombre que está pudriéndose solo en un cuarto desierto.”

(El otoño del patriarca, Gabriel García Márquez).

Así comienza la vigilia interminable del dictador garciamarquiano, cuya muerte se anuncia una y otra vez sin llegar nunca a consumarse del todo. El cadáver del patriarca no clausura su historia: la multiplica.

En la Argentina de 1974 ocurrió algo semejante. Juan Domingo Perón murió, pero el país no lo enterró: lo transformó en mito, en doctrina, en espectro. Su cuerpo descansaba en un ataúd, pero su voz seguía resonando en sindicatos, en proclamas estudiantiles, en balcones de la Casa Rosada y hasta en las refriegas sangrientas de sus propios herederos. Como el patriarca, Perón se negó a morir del todo: “Se moría de muerte natural y resucitaba de repente.” (El otoño del patriarca).

El mito del eterno retorno

La novela de García Márquez presenta a un patriarca condenado a vivir siglos, condenado a reaparecer incluso cuando todos lo daban por muerto: “Siempre había alguien que lo veía en las sombras del palacio.” Esa condición de inmortalidad encuentra su eco en el Perón del exilio.

Tras dieciocho años de ausencia, el anciano general regresó en 1973 a un país que lo esperaba como a un profeta. La escena de Ezeiza, con multitudes apiñadas, banderas agitadas como sudarios y cánticos que rozaban la plegaria, parecía arrancada de un guion de realismo mágico. Como en la novela, Perón regresaba del más allá de la política, un muerto en vida que volvía para gobernar.

El culto al cadáver y la resurrección política

En El otoño del patriarca se afirma: “Lo vimos muerto tantas veces que ya no sabíamos si estaba vivo o era un espectro.” La Argentina vivió su propia versión de esa paradoja.

En 1987, trece años después de su muerte, la tumba de Perón fue profanada y sus manos robadas del féretro. El grotesco episodio, digno de la pluma barroca de García Márquez, confirmó que el cuerpo del General se había convertido en reliquia y en maldición. Perón, como el patriarca, no era un cadáver, sino una presencia incómoda que regresaba incluso mutilado.

El idioma del poder

El patriarca de García Márquez construye su eternidad en la retórica: “El poder es una larga conversación consigo mismo.” En Perón, esa descripción encaja con exactitud. Su legado más perdurable no fueron los decretos ni los planes quinquenales, sino las frases que se volvieron proverbios:

“La organización vence al tiempo.”

“Mejor que decir es hacer; mejor que prometer es realizar.”

“Para un peronista no puede haber nada mejor que otro peronista.”

“Al amigo, todo; al enemigo, ni justicia.”

Su voz pausada, su oratoria cargada de silencios estratégicos y de sentencias absolutas, fundó un idioma político propio. Como el patriarca, Perón comprendió que el poder se ejerce también en la lengua, y que quien domina la palabra prolonga su vida más allá de la muerte física.

El palacio y el balcón

El palacio del patriarca es descrito como un espacio carcomido: “Era un palacio de reses muertas en los corredores, de garzas en los balcones, de gallinazos en las cornisas.” En Buenos Aires, la Casa Rosada tuvo su equivalente simbólico. Allí, en sus últimos meses, Perón aparecía en el balcón presidencial como un anciano debilitado, rodeado de facciones irreconciliables que disputaban su herencia mientras aún respiraba.

Como el patriarca, Perón parecía reinar sobre un reino desmoronado. Sus discursos buscaban unificar lo que ya era imposible: la izquierda montonera y la derecha sindical, la violencia en las calles y la obediencia a un mito.

El tiempo de los herederos

El patriarca muere y deja un país corroído por la corrupción, la miseria y el miedo: “Descubrimos que lo único real era el poder.” En la Argentina, la muerte de Perón inauguró otro fenómeno: la perpetuación de un movimiento que sobrevive en versiones sucesivas, contradictorias y hasta enfrentadas.

Lo curioso es que mientras el patriarca caribeño legó ruinas, el patriarca rioplatense dejó una doctrina que aún ordena el tablero político. Medio siglo después, nadie gobierna sin dialogar con Perón, aunque sea para negarlo. Su sombra se ha vuelto condición de la política argentina: no se puede salir de ella, porque “su sombra estaba en todas partes, en los gallineros, en los establos, en el mercado.” (El otoño del patriarca).

La eternidad como condena

García Márquez muestra que la inmortalidad del poder no es bendición, sino castigo: un tiempo sin final, una soledad sin escape. “Se quedó solo con su poder interminable.” Ese es también el destino de Perón en su última etapa: un anciano que regresa al trono, pero rodeado de traiciones, de violencia interna, de facciones que lo devoran en vida.

La política argentina, desde entonces, se parece a un velorio sin clausura. Cada generación repite la misma pregunta: ¿qué significa ser peronista? Y al hacerlo, invoca nuevamente al patriarca, prolongando su eternidad.

El patriarca en el siglo XXI

El siglo XXI argentino confirma esta lectura. En medio del furor libertario, de las nostalgias kirchneristas y los experimentos fallidos de coalición, la figura de Perón sigue flotando como un fantasma. Los discursos actuales lo citan, lo maldicen o lo reinterpretan, pero nunca lo ignoran.

El patriarca de García Márquez muere en soledad, devorado por la humedad de su palacio. Perón, en cambio, sigue vivo en la algarabía de un pueblo que no logra decidir si lo celebra, lo traiciona o lo imita hasta el cansancio. Allí radica la ironía: García Márquez imaginó la eternidad como maldición; la Argentina la repite como costumbre.

Final irónico

Si Perón fue, como sostengo, el patriarca rioplatense, entonces nuestra política actual es la reedición interminable de ese otoño. Cada crisis nacional parece prometer el entierro definitivo de su legado, pero siempre termina con el mismo epitafio, murmurado en la Plaza de Mayo como una letanía que ya no sorprende a nadie:

“Perón vive.”

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