De la guerrilla al chauvinismo: Petro y la épica reciclada

Ago 18, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Entre sombras del M-19, reformas a medias y fracasos visibles, Gustavo Petro recurre al nacionalismo inflamado para disfrazar sus propias deudas políticas.

Hay presidentes que construyen escuelas y otros que construyen mitos. Gustavo Petro eligió la segunda opción y, como buen prestidigitador de la política latinoamericana, ha decidido vender humo con envoltorio de bandera. El recurso no es nuevo: se llama chauvinismo, esa fiebre nacionalista que sirve para cubrir agujeros de gestión con retazos de patria.

Lo curioso es que Petro, que se presentó como el primer presidente progresista estable en la historia de Colombia, cayó en la misma trampa que los caudillos de antaño: cuando la popularidad se desploma, no hay mejor enemigo que un vecino tranquilo. Así nació la farsa de Santa Rosa, ese pueblito peruano que de pronto apareció en sus discursos como si fuera la nueva Jerusalén disputada por dos imperios.

El problema es que no había imperio, ni disputa, ni siquiera un mapa confuso. Había, eso sí, encuestas que lo mostraban en picada y un calendario electoral que lo apuraba.

La patria como anestesia

Petro sabe que el nacionalismo es un sedante poderoso. Si la gente no tiene pan, se le da patria; si no hay paz, se le da frontera. Y si nada alcanza, se inventa un enemigo al otro lado del río. Es un truco viejo como las proclamas militares y barato como una bandera de feria.

Lo que debería preocupar es la incoherencia: un líder que prometió reconciliación y justicia social terminó disfrazado de centinela territorial. Es como si el apóstol de la paz se hubiese cambiado el evangelio por un manual procesal de aduanas.

Sombras de juventud: el M-19

La biografía de Petro tiene un capítulo que nunca lo abandona, aunque lo vista con corbata o lo cubra con discursos republicanos. En los años ochenta, cuando Bogotá era una ciudad sitiada por la violencia y la desesperanza, él caminaba por sus calles con el carné clandestino del M-19 guardado en el bolsillo.

No fue un guerrillero de fusil ni de selva; fue más bien un militante urbano, de esos que soñaban con asaltar el cielo desde los sótanos húmedos de la conspiración. Mientras otros se entrenaban para las armas, Petro llenaba cuadernos con lecturas de Marx, Camilo Torres y Bolívar, convencido de que la democracia colombiana no nacería de discursos en el Capitolio sino de sacudir a gritos las puertas cerradas del poder.

El M-19 era una mezcla de romanticismo bolivariano y tragedia latinoamericana: tomas de embajadas, robo de espadas, asaltos convertidos en gestas. Y allí, entre consignas y papeles mimeografiados, Petro aprendió la lección de la épica: que un gesto audaz vale más que cien programas de gobierno. Esa idea, incrustada en la juventud, parece regresar cada vez que sus cifras se derrumban. El mismo hombre que ayer hablaba de patria secuestrada hoy inventa patrias ocupadas. La épica, como tatuaje, no se borra con decretos.

Las reformas que escondió bajo la alfombra

Lo más absurdo es que Petro tenía con qué defenderse. Podría haber mostrado sus tres reformas como trofeos:

Una laboral, que obligó a establecer contratos decentes donde reinaba la precariedad.

Una tributaria, que se atrevió a ponerle la mano en el bolsillo a los ricos.

Una pensional, que prometía cobertura a quienes siempre vivieron en la intemperie del Estado.

Tres conquistas que, en cualquier otro país, habrían sido suficientes para tallar una estatua. Pero Petro, en vez de exhibirlas, prefirió esconderlas bajo la alfombra y salir a gritar “la patria está en peligro”. Es el equivalente político a levantar un palacio y luego presumir de haber barrido la entrada.

Espejismos y cuentas impagas

La realidad, sin embargo, es menos épica. La “paz total” fracasó estrepitosamente: los grupos armados siguen matando, los narcos siguen exportando y los barrios siguen llorando. La economía tampoco da respiro: pobreza extrema que no cede, crecimiento enclenque y un déficit fiscal que escala como fiebre mal atendida.

Sí, la inflación bajó, pero eso no llena ollas. Sí, la pobreza monetaria cayó, pero no alcanza para maquillar la desigualdad. Todo es espejismo: cifras que brillan como oasis desde lejos, pero que, al acercarse, se convierten en arena.

El chauvinismo como cortina de humo

El chauvinismo es la forma más infantil de gobernar: inventar un enemigo externo para esconder la mediocridad interna. No alimenta a nadie, no construye futuro, no repara lo roto. Apenas distrae. Petro lo sabe, pero eligió esa ruta porque es más fácil levantar polvo que levantar un país.

Lo trágico es que, en su intento de disfrazarse de guardián de la soberanía, terminó mostrándose como lo que más temía: un político común, de esos que creen que las encuestas se salvan con gritos y no con hechos.

Humo con bandera

La vida de Petro parece un péndulo que nunca se detiene: del M-19 al Palacio de Nariño, de la clandestinidad a la institucionalidad, de la promesa de paz a la tentación del chauvinismo. Ese vaivén, que alguna vez se narró como epopeya, corre ahora el riesgo de contarse como farsa.

Petro aún tiene una salida: dejar que sus reformas hablen más que sus discursos. Pero si insiste en el chauvinismo, quedará en la memoria como un ilusionista de feria: el hombre que sacaba patrias del sombrero mientras la gente seguía contando las monedas en el bolsillo.

Colombia merece más que una bandera usada como cortina de humo. El Perú merece respeto, no ser escenario ajeno en una campaña electoral improvisada. Y Petro, si quiere salvar algo de su legado, debería recordar que la patria no se improvisa: se construye.

Porque el humo —por más que se pinte de tricolor— siempre termina disipándose.

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