En un país donde las historietas políticas superan en trama a cualquier saga de Marvel, hoy se estrena el capítulo más esperado: Los Cuatro Fantásticos de la Corrupción Peruana. No son héroes que luchan contra el mal, sino que lo administran con la eficiencia de un gerente de multinacional. No salvan al mundo, lo hipotecan. No visten capas, pero se envuelven con contratos millonarios, decretos a medida y la inquebrantable convicción de que el Perú es una franquicia privada.
Estos cuatro personajes tienen algo en común: llegaron al poder como salvadores y se marcharon como sospechosos, imputados o condenados. Cada uno con su propio “superpoder” para transformar promesas en dólares, discursos en licitaciones y juramentos con whisky importado.
1. Alejandro Toledo: El Cholo Sagrado
Toledo nació en la narrativa política como el muchacho humilde que lustraba zapatos para sobrevivir, hijo de la Pachamama, que un día enfrentó a un dictador y prometió un nuevo amanecer. Ese amanecer, sin embargo, fue para él… y para su amigo Josef Maiman, en una larga lista de cuentas protegidas en Londres, Estados Unidos y Panamá.
Convertido en presidente, se alió con Odebrecht, esa constructora internacional que terminó en el escándalo más grande de corrupción: Lava Jato. Firmó contratos para carreteras que costaban más en coimas que en asfalto, y tuvo la audacia de dejar un rastro tan obvio que parecía un tutorial para fiscales principiantes.
Su superpoder: el “Chakanazo”. Una técnica única que consistía en inflar el precio de cualquier obra un 60% “para imprevistos” que siempre terminaban previstos… en su patrimonio. El whisky era su compañero de gabinete, tanto que en reuniones internacionales algunos se preguntaban si el vaso era parte de la investidura presidencial. En su historieta personal, el whisky no era vicio: era accesorio de superhéroe.
2. Ollanta Humala: El Cosito que solo mandaba en el cuartel
Llegó vestido de combatiente antisistema, con discursos nacionalistas y guiños chavistas. Era el teniente coronel retirado que iba a devolverle al Perú el control de sus recursos, la soberanía y la dignidad. Pero, una vez sentado en Palacio, cambió el uniforme verde oliva por un traje de diseñador y el discurso revolucionario por un plan económico hecho en PowerPoint para banqueros.
Nadine Heredia, su inseparable esposa, parecía co-presidenta. Juntos formaron un dúo invencible para justificar ingresos misteriosos: aportes venezolanos, brasileños y, si el expediente se amplía, quizá hasta propinas de alguna reunión de barrio.
Su superpoder: la “Luz Verde”. En campaña, era socialista radical; en el poder, liberal de cóctel corporativo. Sabía pasar de “¡Patria o muerte!” a “Bienvenidos inversionistas” con la naturalidad de quien cambia de canal. Su legado no fue un cambio de sistema, sino un cambio de versión: de PDF revolucionario a Excel neoliberal, de teniente coronel a amo de casa.
3. Pedro Castillo: El Maestro del Pollo
Castillo fue la sorpresa electoral. Un maestro rural que, con sombrero y tiza, prometía reescribir la historia. Y vaya que la reescribió… como si fuera un examen de matemáticas donde las respuestas son todas inventadas.
Gobernó como quien improvisa una clase sin haber leído el libro: nombró ministros como si fueran suplentes de recreo, destituyó a decenas en semanas y volvió a contratarlos como asesores “ad honorem” para que nadie sospechara que seguían cobrando. Su habilidad para rodearse de investigados era tal que parecía estar armando un álbum Panini de prontuariados.
Su superpoder: la “Chotización” de la política. Convirtió cada semana en un episodio distinto de su reality gubernamental. Y su final, un autogolpe mal ejecutado, fue más comedia que tragedia: en vez de tanques en las calles, un anuncio televisivo torpe y sin guion. Demostró que la democracia peruana puede tambalearse con solo un par de hojas mal redactadas y un micrófono abierto.
4. Martín Vizcarra: El Lagarto Inmunizado
Vizcarra apareció como el héroe anticorrupción. Juró limpiar la política, enfrentar a las mafias y devolverle dignidad al país. El problema es que, mientras hablaba de moralidad, recibía favores de constructoras y hacía malabares con licitaciones como si fueran pelotas de circo.
El clímax de su saga llegó con el Vacunagate: mientras el país hacía fila para vacunarse, él se inmunizaba en la penumbra, sin fila y sin remordimientos. Fue el presidente que decretaba transparencia con una mano y firmaba compromisos dudosos con la otra.
Su superpoder: el “Bebito Fiu Fiu”. Pasó de ser el héroe de la pandemia a imputado en menos tiempo de lo que dura una cuarentena. Sus defensores dicen que fue un malentendido; sus detractores, que fue coherencia: al final, solo cumplió con inmunizarse… a sí mismo y conquistar a una abogada que lo asesoraba.
El Perú como multiverso político
En los cómics de Marvel, Los Cuatro Fantásticos enfrentan amenazas cósmicas y salvan a la humanidad. En el Perú, los nuestros enfrentan fiscales, congresos y periodistas… para salvar su pellejo. Y casi siempre ganan.
La justicia, en este guion, es un personaje secundario: aparece en las primeras páginas para prometer castigo y desaparece en el final para dejar abierta la secuela. Porque si algo sabe hacer la política peruana es reciclar villanos: basta con esperar la próxima campaña para ver nuevos “salvadores” con viejas mañas.
En este multiverso nacional no solo está el Palacio de Gobierno; también existe una especie de “Salón de la Justicia” versión chola, llamada Congreso del Hampa. Ahí, lejos de superhéroes y nobleza, la corrupción y la estupidez comparten el estrado. Congresistas que legislan como si estuvieran improvisando un libreto de comedia barata; comisiones que investigan todo… menos lo que importa; y sesiones donde el insulto y la foto para redes sociales valen más que cualquier reforma. Si en la historieta original la Liga de la Justicia combatía el mal, aquí el mal paga dietas, aguinaldos y pasajes a congresistas.
En este multiverso, no hay diferencia entre héroes y villanos: todos comparten la misma guarida, solo que la llaman “Palacio de Gobierno” o “Congreso de la República”, según la temporada. La trama se repite: un candidato humilde sube, un presidente soberbio gobierna y un exmandatario prófugo huye.
Por eso, en el Perú, la corrupción no es un accidente: es una franquicia rentable. Y mientras haya electores dispuestos a comprar la entrada para la próxima temporada, Los Cuatro Fantásticos siempre tendrán sucesores listos para el casting… y un Congreso preparado para aplaudirlos.
Epílogo cinematográfico
En la avant-première de la película, la crítica ovacionó la saga y la candidateó al Oscar en las categorías:
- Mejores Actores de Reparto (porque la repartición de coimas fue lo mejor de sus gobiernos).
- Mejor Guion Adaptado (al Código Penal).
- Mejores Efectos Especiales (en la desaparición de pruebas).
- Y, por supuesto, Mejor Vestuario (de traje con banda presidencial a pijama naranja en prisión).














