Jesucristo S.A.: El día que Nietzsche visitó al Papa León XIV

Ago 12, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Del Nazareno que echaba a los mercaderes del templo al Cristo convertido en logotipo global: Nietzsche enfrenta al ficticio Papa León XIV en una conversación sobre poder, fe y facturación. Una crítica que no se detiene en el Vaticano y alcanza a todas las iglesias y sectas que juran seguir a Cristo… con recibo, QR y diezmo oficial.

El hombre que caminó descalzo por las colinas de Galilea, que habló de lirios del campo y de poner la otra mejilla, murió colgado de un madero como un criminal común. No dejó escrituras, solo gestos. No fundó una iglesia, no pidió basílicas, no organizó nunciaturas. Su reino, dijo, no era de este mundo. Un mundo que, después, inventaría Constantino.

Dos milenios más tarde, ese hombre es propiedad intelectual. Su rostro se imprime en medallas bendecidas y tarjetas de crédito “católicas”. Su nombre preside tratados internacionales, discursos en la ONU y reuniones privadas con banqueros. Si Jesús volviera hoy a la Plaza de San Pedro, encontraría su nombre convertido en una franquicia global: “Jesucristo S.A.”, con sede central en un Estado que cobra entrada para ver sus reliquias.

Nietzsche lo dijo sin rodeos: la vida de Cristo es el gran mito de la Historia, un relato que comenzó como revolución moral y terminó como columna vertebral de un negocio milenario. El mito no es mentira: es una verdad esculpida, barnizada y revendida hasta convertirse en el producto cultural más exitoso de todos los tiempos.

Eso fue lo que Nietzsche denunció en El Anticristo: que la fe original, vital y peligrosa se había convertido en una estructura de obediencia. Que el carpintero de Nazaret, que no acumuló ni una moneda, había sido transformado en el rostro sonriente de un imperio inmobiliario y financiero.

Y ese imperio, aquella noche romana, tenía rostro humano: el Papa León XIV.

El encuentro

Nietzsche lo observó llegar como quien ve al CEO de una empresa que nunca quiebra. La tiara brillaba bajo los focos. No había pescador de hombres, sino un estratega de audiencias.

—¿Sabes, León? —dijo Nietzsche—. Si Jesús entrara ahora por esa puerta, ni tú lo reconocerías. Y si lo reconocieras, lo expulsarías por venir sin acreditación.

El Papa sonrió.

—No lo expulsaría, Friedrich. Le pondría un micrófono y lo transmitiría en directo.

Nietzsche replicó sin levantar la voz:

—Y lo cortarías en la edición para que encaje con el dogma. Convertirías sus parábolas en clips de 30 segundos para Instagram. El hombre que habló contra el templo de los mercaderes ahora sería el embajador de tu banco.

León XIV ajustó su anillo de oro.

—Jesús es el mensaje; yo solo administro la marca.

—Exactamente —respondió Nietzsche—. Has hecho del Hijo de Dios el logo de un Estado, el sello de tus alianzas políticas, el escudo de tus inversiones. Él hablaba de pobres bienaventurados; tú negocias con ricos bien relacionados.

El Vaticano como máquina

Caminaron por los pasillos privados. En las paredes, retratos de papas, mapas de influencia, gráficos de crecimiento de fieles.

Nietzsche se detuvo frente a uno que mostraba el incremento de donaciones globales.

—En mi tiempo —dijo—, Jesús pedía venderlo todo y dárselo a los pobres. Aquí lo invierten: toman de los pobres y lo convierten en ladrillo, oro y acciones.

León XIV se acomodó la sotana.

—El mensaje necesita infraestructura, Friedrich. Sin poder, no hay evangelio que sobreviva.

Nietzsche sonrió con amargura.

—Y ahí está el engaño: sobrevivir no es vivir. Jesús vivía fuera del poder, y por eso lo mataron. Ustedes viven del poder, y por eso se perpetúan.

El marketing de la salvación

De regreso a la Plaza, León XIV se preparaba para su discurso diario transmitido a 200 millones de dispositivos.

—En minutos hablaré sobre la paz mundial —dijo—. Lo verá un público más grande que el de cualquier emperador.

Nietzsche lo miró como si viera un espejismo.

—Y todo en nombre de un hombre que jamás pidió cámaras ni palacios. ¿Sabes lo que es mi anticristo, León? No es un demonio: es la versión institucional de Jesús, esa figura inofensiva que usas para bendecir tratados, cerrar acuerdos y justificar silencios.

El Papa no parpadeó.

—Si el mensaje llega, poco importa el medio.

—No, León —sentenció Nietzsche—. Si el medio corrompe el mensaje, ya no tienes evangelio: tienes propaganda.

La fe como plan de negocios

Cuando Nietzsche se marchó por la Via della Conciliazione, la Plaza de San Pedro volvió a su rutina: peregrinos comprando rosarios, turistas pagando la visita guiada, cámaras preparando la toma nocturna del Vaticano.

No hubo ganadores en aquella conversación. Ni el filósofo convenció al pontífice, ni el pontífice hizo retractarse al filósofo. Pero ambos sabían que el verdadero ausente en todo ese teatro era Jesús. No el de las estampitas, sino el hombre que comía con pescadores, que discutía con fariseos y que desarmaba a los mercaderes a latigazos.

Ahora, su nombre luce en marquesinas y se imprime en folletos satinados. Lo usan para bendecir cosechas y para inaugurar torres financieras; para justificar la austeridad y para financiar campañas políticas. El Cristo que predicaba sin pedir monedas es hoy la mejor excusa para recaudar.

Y el problema no es solo del Vaticano.

Las catedrales de hormigón armado de las iglesias evangélicas en Latinoamérica, los templos minimalistas con pantallas LED en Texas, los retiros espirituales “VIP” en la Riviera Maya: todos proclaman la misma fe… y todos, sin excepción, pasan la bandeja.

Porque la historia se repite en todos los idiomas y denominaciones: el milagro de los panes y los peces fue sustituido por el milagro de transformar fe en facturación.

Nietzsche, al encender un cigarrillo en la penumbra romana, recordó a Dostoievski: “Si Cristo volviera, la Iglesia lo crucificaría de nuevo”. Miró hacia la cúpula de Miguel Ángel, ahora iluminada como un espectáculo de Disney.

—El anticristo no es uno —murmuró—. Es toda mano que convierte la cruz en logo, el evangelio en plan de negocios y el sermón de la montaña en Términos y Condiciones.

Y entonces, como si hablara a la noche misma, dejó caer la última frase:

“No temo que Cristo desaparezca; temo que siga vivo… pero trabajando en horario de oficina y cobrando en dólares”.

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