Mientras Gustavo Petro usa una isla para desviar investigaciones y Dina Boluarte intenta levantar su 2 % de aprobación flameando una bandera en el Amazonas, Santa Rosa de Loreto se convierte en el epicentro de un conflicto tan rentable como ficticio.
Vales de gasolina, tanques de segunda mano, congresistas desorientados y un río que fluye entre la torpeza diplomática y el negocio patriótico.
Una sátira sobre lo que pasa cuando el ridículo se vuelve política exterior.
La isla imaginaria
Hubo un tiempo en que los límites entre países los marcaban la espada, el río o el trazo atolondrado de algún burócrata con resaca. Hoy, por lo visto, los determina Twitter. Porque si algo nos ha enseñado este nuevo conflicto amazónico entre Perú y Colombia, es que ni el Tratado Salomón-Lozano de 1922 ni el Protocolo de Río de Janeiro de 1934 pueden competir con la indignación tuitera de Gustavo Petro ni con el nacionalismo de papel maché del Congreso peruano.
Sí, señores. En pleno 2025, mientras el mundo habla de inteligencia artificial, minería lunar y tratados climáticos, nosotros —peruanos y colombianos, latinoamericanos de corazón romántico y burocracia letal— nos vemos envueltos en una trifulca diplomática por una isla que, hasta hace una semana, nadie sabía si era tierra, barro o un espejismo del Amazonas.
Un presidente en Leticia, una cancillería en el limbo
Gustavo Petro, que cada semana parece gobernar un país distinto (y con distinto nivel de lucidez), decidió que el Perú ha invadido Colombia. Para demostrar su disgusto, trasladó la celebración de la Batalla de Boyacá a Leticia. Decisión que —hay que admitir— tiene una belleza poética: conmemorar una victoria nacional en una ciudad que, según él mismo, podría desaparecer por culpa de la codicia peruana.
Pero no se engañen. Petro no ha descubierto un conflicto: lo ha fabricado. ¿La razón? Tan simple como clásica: necesitaba una cortina de humo para desviar la atención del Congreso, que investiga contratos turbios y reuniones demasiado confidenciales.
Leticia no es un símbolo patrio: es un salvavidas.
Dina y el milímetro milagroso
Del otro lado del río —y de la lógica— la respuesta peruana fue inmediata: “Perú no cederá ni un milímetro de su territorio”, tronó el canciller Schialer con una entereza digna de los discursos de Velasco, aunque sin tanques ni audiencia.
Lo curioso es que, hasta hace un mes, el distrito de Santa Rosa ni siquiera existía oficialmente. Fue creado con un decreto supremo para “proveer servicios básicos”. Cosa que, en el Perú, suele significar una posta sin médicos, luz tres días por semana y agua si llueve.
Para Dina Boluarte, el episodio fue un maná electoral: su aprobación no supera el 2 % y sus causas judiciales se multiplican. Entonces, ¿por qué no un enemigo externo? ¿Por qué no flamear la bandera en una isla que nadie conocía? Si a Fujimori le resultó con “Tiwinza”, a Dina le basta con un distrito invisible. Tal vez —pensó ella o su asesor de TikTok— este incidente eleve un poco su aceptación… o al menos distraiga a la Fiscalía.
Tanques, vales y patriotismo de ocasión
Como era de esperarse en una república con reflejos coloniales que nunca ganó una sola batalla, salvo internas, la noticia del conflicto fue suficiente para que el Ministerio de Defensa del Perú activara de inmediato el “Protocolo del Gasolinazo”. Sin consultar al MEF, ni mucho menos al sentido común, se aprobó un incremento inmediato y sustancial del presupuesto de combustible para todos los oficiales del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas.
No se trataba, claro, de movilizar tropas. Ni siquiera de mandar una patrulla. Se trataba de fortalecer la moral de los generales, y la moral —ya se sabe— sube proporcionalmente con los vales de gasolina.
Además, se declaró a Santa Rosa como “zona de emergencia”, lo que habilitó la entrega de bonificaciones especiales, viáticos no auditables y aumentos retroactivos a la fecha que los altos mandos consideraran oportuna. Se dice que uno propuso retrotraerlo a 1932, “por las dudas”. Otro, más ambicioso, sugirió incluir la Batalla de Ayacucho.
La guerra no había comenzado, ni estaba prevista, pero ya había generales cobrando.
Y por si fuera poco, el presidente del Congreso —a solicitud urgente de un bloque de militares retirados devenidos congresistas patriotas de ocasión— aprobó la compra inmediata de diez tanques Leopard de segunda mano, devueltos recientemente del frente ucraniano. Tanques abollados, parchados con cinta y alguna flor marchita de Kiev, pero vendidos como “equipamiento estratégico para zonas húmedas de difícil acceso”. El precio, por supuesto, ya estaba pactado. La comisión, asegurada. Y el sobre, sellado.
La licitación se publicó en un portal del Estado que solo funciona los martes 13 por la tarde. La urgencia de la patria no espera.
El Congreso descubre el mapa
En un gesto de unidad nacional, la Mesa Directiva emitió un comunicado enérgico. Algunos congresistas pidieron mapas, otros confundieron Santa Rosa con una fiesta patronal y uno propuso un desfile en el templo del Qoricancha… hasta que supo que no estaba en Cusco.
El detalle más tierno: muchos no sabían que el Perú limitaba con Colombia. La Amazonía era, para ellos, esa cosa verde del mapa donde no llegan ni los votos ni los subsidios.
Cuando la estupidez se vuelve política exterior
Petro, atrapado en su propia épica tropical, convierte un charco amazónico en gesta nacional. Dina, aferrada a la selva como quien se aferra a la última boya en mar abierto, espera que su bandera ondee más alto que sus causas judiciales.
El Congreso y las Fuerzas Armadas se alinean detrás de una causa común: defender una isla que no conocen, pero que sirve de excusa perfecta para evitar todo lo demás… y facturar mientras se pueda, que el período se acaba.
Patria, petróleo y ceviche
Así vivimos en estas tierras benditas: con pasión por el absurdo y desprecio por la realidad. Discutimos tratados firmados por dictadores muertos, defendemos mapas dibujados por europeos borrachos y creemos que la soberanía se salva con discursos patrióticos en PowerPoint.
Santa Rosa es peruana. Leticia es colombiana. El río sigue fluyendo. Pero lo que fluye con más fuerza es la estupidez. Y esa no conoce fronteras.
Al cierre de esta edición, las estaciones de servicio de Lima, Iquitos y otras ciudades estaban colapsadas de autos particulares: sedanes viejos con calcomanías del Ejército, camionetas con banderas improvisadas, motos sin placa. Familiares, amigos, novias, vecinos y hasta tías lejanísimas de oficiales del Comando Conjunto hacían fila con vales recién emitidos, mientras otros los revendían por WhatsApp y un visionario ofrecía hielo y ceviche al paso.
Así termina, como corresponde, la defensa de la soberanía: con discursos inflamados, tanques oxidados, vales sin control… y colas en los grifos.
Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia: es, lamentablemente, la realidad misma disfrazada de comedia nacional.














