Hay heridas que no cierran nunca. Algunas porque siguen sangrando. Otras porque las reabren, como quien rasca una costra no por dolor, sino por costumbre.
Y luego están esas heridas que, por pudor o por orgullo, se convierten en bandera. Y cuando una herida se vuelve bandera, más de uno olvida que alguna vez dolió.
Cada tanto, en alguna marcha de Nueva York o Tel Aviv, aparece un cartel con letras sencillas: “No en nuestro nombre”. Lo llevan judíos que aún recuerdan, no con culpa sino con conciencia, que no se puede invocar el Holocausto mientras se bombardea un hospital.
Ellos también se hacen una pregunta incómoda: ¿cómo puede un Estado nacido de una persecución ejecutar ahora su propio repertorio de castigos?
No se trata, por supuesto, de comparar crímenes como quien compara números en una planilla. El horror no se mide en litros ni en toneladas. Pero sí se puede —y se debe— examinar su lógica. Esa que empieza antes del disparo, en la mirada que ya no ve al otro como humano.
No hay genocidio que surja de la nada, ni odio que sea puro instinto. Detrás de cada matanza sistemática hay una pedagogía del desprecio, una arquitectura de silencios cómplices, y una coyuntura que lo vuelve posible. Ningún exterminio se activa por impulso; necesita su contexto, su retórica, su teatro.
El odio, por sí solo, no alcanza. Se requiere de un clima, de una guerra tal vez, que libere al verdugo de sus propias inhibiciones. No es que antes no quisiera matar; es que la historia todavía no le había dado permiso.
El Holocausto, por ejemplo, no cayó del cielo como un relámpago oscuro: se fue gestando con leyes, con discursos, con mapas que excluían. Fue el tiempo —y la guerra— lo que le dio forma de maquinaria.
En una de esas noches de confesiones sin remordimientos, Hitler le dijo a Goebbels —y este lo escribió, como si fuera una postal de familia— que la guerra había permitido resolver “una serie de problemas” que en tiempos normales habrían sido… incómodos.
No dijo “exterminar judíos”. Dijo “resolver problemas”. Así habla el poder cuando ya no le teme al diccionario.
Robert Paxton, politólogo de mirada implacable, demostró que la “solución final” no nació con el Tercer Reich, sino que fue cocinándose lentamente, como los peores venenos. Primero vinieron las leyes, después los guetos, luego los trenes. Y, por último, las fábricas de muerte, donde la eficiencia era un mandato y la piedad, un estorbo.
Su libro La anatomía del fascismo no es solo un ensayo académico: es una linterna para atravesar los túneles oscuros de la historia. Paxton no se limita a denunciar el horror nazi, sino que lo disecciona. Muestra cómo el fascismo no se impone de un día para otro, sino que se desliza, se insinúa, se adapta. Cómo el exterminio no es la primera escena del crimen, sino su desenlace natural cuando se han deshumanizado todas las palabras.
Quien quiera entender cómo fue posible Auschwitz debe leer a Paxton.
Y quien quiera entender por qué Gaza se parece cada vez más a un sitio sin salida, también.
En Gaza no hay hornos ni trenes, pero hay un cerco que asfixia. No hay cámaras de gas, pero hay cielos que vomitan bombas.
El exterminio, en estos tiempos, ha aprendido a hablar otro idioma.
La Convención de 1948 no exige que haya millones de muertos para hablar de genocidio. Basta con que se intente destruir, aunque sea parcialmente, a un grupo humano por su identidad. Por eso lo de Srebrenica —con ocho mil víctimas— fue considerado genocidio. No fue la cantidad, sino la intención.
Y Gaza… Gaza se ha convertido en un laboratorio de intenciones.
No hace falta disparar para matar. A veces alcanza con cortar el agua, cerrar los cruces fronterizos, impedir la llegada de medicamentos. A veces, destruir una panadería equivale a diez disparos. Y dinamitar una escuela equivale a apagar diez futuros.
Pero más allá del conteo de cadáveres, lo que alarma —lo que debería alarmar— es la voluntad sistemática de borrar a un pueblo, o de encerrarlo hasta que se extinga solo. Lo que alarma es el modo en que la destrucción ha dejado de ser noticia y se ha convertido en paisaje.
Ya ni escandaliza. Apenas se lamenta. Como un terremoto que ocurre todos los días a las 9 de la noche.
El sionismo, en sus inicios, tuvo muchas caras. Algunas fueron humanistas, otras más bien coloniales. Pero entre sus líneas menos citadas estaba la convicción de que la tierra prometida no debía compartirla nadie.
Las guerras del 48 y del 67 no hicieron más que adelantar ese reparto. A algunos les tocó el territorio. A otros, el exilio.
Y ahora, en pleno siglo XXI, con satélites que detectan un mosquito desde el espacio y cámaras que transmiten en vivo la demolición de una ciudad, todavía hay quienes dicen que no pueden distinguir a un civil de un combatiente.
Curioso. Cuando se trata de construir un muro, no hay confusión alguna.
Alguien dirá —siempre hay alguien que lo dice— que comparar Gaza con Auschwitz es una exageración. Y probablemente tenga razón. No se parecen. En Gaza no hay necesidad de esconder nada.
Todo ocurre a plena luz del día, frente a los ojos del mundo. Y nadie se tapa los ojos.
Solo cambian de canal.














