Instrucciones para cruzar un río

Jul 17, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Entre Argentina y Uruguay hay algo más que un río. Hay un espejo invertido. Un juego de simetrías donde lo que uno vive como tragedia, el otro lo gestiona con sobriedad. Mientras Argentina se lanza cíclicamente al abismo de gobiernos extremos, Uruguay parece practicar una forma de democracia lenta, casi artesanal, que alterna entre la izquierda sensata y el liberalismo educado. En la última década, esa diferencia se volvió más visible: el país de Gardel se dejó seducir por liderazgos personalistas; el de Benedetti optó por la institucionalidad sin estridencias.

Este ensayo recorre esa tensión a través de un paralelismo literario: como en los cuentos de Julio Cortázar, hay dos habitaciones, dos países, dos cuerpos separados por un muro (o un río) que comparten el mismo destino sin terminar de tocarse. Un pulóver rojo —como aquel que desató una tragedia íntima en No se culpe a nadie— se convierte aquí en símbolo de la historia común que ambos países dejaron caer. El resto es río, memoria y literatura.

El relato comienza con algo trivial. Un gesto, una ropa, una sombra que se escapa entre los dedos. Como en Cortázar, nada empieza con un portazo: todo se desliza. Primero el frío, después el temblor, y al final, el miedo. En este caso, no se culpe a nadie: el pulóver era rojo, estaba húmedo, y lo que sucedió después no fue accidente sino destino. Un destino con orillas, con puentes, con aduanas en el medio y nostalgias que no piden pasaporte.

En la playa de un pequeño pueblo argentino, un pulóver rojo yacía olvidado sobre la arena mojada del Río Uruguay. La prenda parecía abandonada, pero no lo estaba. Era un rastro. El eco de un juego detenido. Al otro lado del puente, dos sombras infantiles jugaban sin saber que eran parte de una vieja disputa. Nadie les dijo que esa risa era política, que ese río fue sangre, que esa arena fue frontera. Nadie les dijo que estaban repitiendo una historia que comenzó con un abrazo roto y terminó con un plebiscito.

Argentina y Uruguay fueron hermanos siameses separados sin anestesia. Uno se quedó con el caos, el otro con la calma. Uno eligió gobiernos que aman la épica, el otro la prosa gris del equilibrio. Uno flamea banderas como quien agita un delirio; el otro murmura políticas públicas sin necesidad de epopeyas. Uno discute todo, el otro dialoga en bajito.

Y sin embargo, el río está quieto. Como en Casa tomada, algo fue desalojado sin que se supiera cuándo ni por qué. Tal vez la verdadera toma fue la de la infancia compartida, cuando los niños cruzaban sin papeles, sin aduanas, sin Historia. Antes de que los tratados decidieran lo que la geografía aún no entiende.

El pulóver rojo, testigo de un juego detenido, pertenece a una memoria común que ambos países prefieren no lavar. Las manchas no son de barro: son de abandono. Nadie quiso recogerlo. Porque hacerlo implicaría volver a pensar en lo que se rompió, en lo que aún tiembla, en lo que podría haber sido si no hubiéramos aprendido a mirar al otro lado como si no doliera.

Las dos sombras infantiles juegan del otro lado del puente. La escena es simétrica, casi literaria. En el agua quieta del río se refleja el cielo dividido: un lado celeste, otro azul oscuro. Es una postal exacta de dos modelos que se bifurcan desde un mismo tronco. Uruguay, con sus coaliciones civilizadas, con su Frente Amplio que no necesita revolucionar para gobernar. Argentina, con su tendencia a incendiar la casa para matar a un mosquito.

El relato de Cortázar se transforma en metáfora política. El cuerpo que lucha contra el pulóver es el cuerpo nacional que no logra vestirse de sí mismo sin desgarrarse. La ropa no abriga: asfixia. El pasado no cobija: incomoda. Y al final, cuando el protagonista cae por la ventana, no sabemos si murió por accidente o por decisión. Lo mismo podríamos decir de nuestro vínculo con Uruguay.

La diferencia entre los dos países no está solo en los números ni en las encuestas. Está en la melodía con la que se narra el conflicto. Uruguay suena a Eduardo Mateo; Argentina a Charly García desafinando en el caos. Uno elige la ironía; el otro, la tragedia.

Y sin embargo, ambos comparten un río. Un río que no es metáfora, sino cicatriz. Lo cruzamos todos los veranos para buscar lo que en casa no encontramos: calma, precios razonables, democracia sin épica. Lo cruzamos como quien vuelve al exilio voluntario, sabiendo que del otro lado la memoria no duele tanto.

Alguien, una vez, quiso explicarlo todo con un tratado. Fracasó. Otro quiso imponerlo con banderas. También fracasó. Al final, lo único que queda es el río. Y el pulóver rojo tirado sobre la arena. Y dos niños que juegan sin saber que la historia, como el abrigo, a veces se cae cuando más lo necesitamos.

Artículos relacionados

El boom desde sus ausencias

El boom desde sus ausencias

Europa creyó descubrir la literatura latinoamericana en los años sesenta. Tal vez ocurrió algo más incómodo. América Latina llevaba décadas escribiendo su propia revolución y Europa simplemente llegó tarde. El boom iluminó a escritores extraordinarios, pero toda luz...

Cuando el periodismo dejó de leer

Cuando el periodismo dejó de leer

Hay periodistas que saben lo que dijo un ministro esta mañana, pero ignoran que alguien dijo casi lo mismo hace cincuenta años. Conocen el último tuit, la encuesta de la semana, el escándalo que durará hasta mañana y la frase que durante unas horas incendiará las...

Milei y el hombre que recuerda

Milei y el hombre que recuerda

Estaba tomando café cuando apareció Mascarita. No sé exactamente de dónde vino. Tal vez salió de alguna página de El hablador que había quedado abierta sobre la mesa o de esa mala costumbre que tienen ciertos personajes literarios de abandonar los libros cuando...

Cuba, la revolución que alguna vez amamos

Cuba, la revolución que alguna vez amamos

Preparé café y me quedé mirando las volutas que ascendían lentamente sobre la taza. No sé por qué pensé en Cuba. O quizá sí lo sé. Hay países que uno conoce antes de conocerlos. Lugares a los que llegamos primero por los libros, las fotografías, las canciones o las...

Accomarca: la novela que no pude terminar

Accomarca: la novela que no pude terminar

A veces pienso que Lituma pudo haber llegado a Accomarca. No el cabo de una novela, exactamente, sino ese peruano desconcertado que Mario Vargas Llosa condenó a recorrer un país que nunca termina de comprender. Lo imagino subiendo por los caminos de Ayacucho,...

Hasta que la costumbre nos separe

Hasta que la costumbre nos separe

Hay matrimonios que terminan mucho antes del divorcio. Algunos incluso tienen la particularidad de continuar durante décadas después de haber terminado. Pensé en eso mientras desenroscaba una cafetera italiana. La llené de agua hasta debajo de la válvula, coloqué el...

La burguesía que aprendió a levantar el puño

La burguesía que aprendió a levantar el puño

Mi discusión con la izquierda comenzó mucho antes de que supiera que estaba discutiendo con ella. Comenzó en la universidad, estudiando Derecho y Ciencia Política, frente a uno de esos gruesos libros de Historia que convierten las revoluciones en capítulos y las...

El cometa que prometió volver

El cometa que prometió volver

En 1986 todavía mirábamos el cielo. No había teléfonos inteligentes que nos obligaran a caminar con la cabeza inclinada, ni redes sociales capaces de convertir cualquier prodigio en un espectáculo de quince segundos. Para saber qué estaba ocurriendo allá arriba había...

El retrato de Marcelo en la buhardilla

El retrato de Marcelo en la buhardilla

Hay políticos que envejecen. Hay otros que solamente retocan el retrato. Oscar Wilde imaginó a un hombre condenado a conservar intacta su belleza mientras un cuadro escondido acumulaba las marcas de sus miserias. Dorian Gray caminaba por los salones con el rostro...

Pocitolandia y el príncipe de las planillas

Pocitolandia y el príncipe de las planillas

Los viejos bosques saben guardar secretos. Los castillos, en cambio, apenas consiguen esconderlos. Había una vez, al pie de una cordillera donde las acequias parecían espejos y las viñas crecían obedeciendo al sol, un pequeño reino llamado Pocitolandia. Los viajeros...

La epidemia que aprendió a convivir con nosotros

La epidemia que aprendió a convivir con nosotros

Hay enfermedades que obligan a cerrar escuelas, aeropuertos y fronteras. Hay otras que dejan todo abierto porque nadie sospecha que son enfermedades. No producen fiebre. No alteran los análisis clínicos. No llenan hospitales. Sin embargo, modifican elecciones,...

Argentina también tiene su Odisea

Argentina también tiene su Odisea

La nueva versión cinematográfica de La Odisea vuelve a poner una pregunta sobre la mesa: los pueblos no solo se construyen con victorias, también con la forma en que sobreviven a sus propias derrotas. La historia argentina, vista desde esa perspectiva, parece menos...