El vino y el verbo: crónica de un pacto que fermenta en silencio

Jul 14, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

En un rincón recóndito del Valle de Calingasta, donde los Andes se desnudan al atardecer como un dios cansado de esconder su grandeza, hubo una vez un enólogo que hizo un pacto con Dios. No fue en la cima de un monte ni entre relámpagos. Fue en una bodega silenciosa, a mitad de la vendimia, mientras los racimos eran aplastados como pecados antiguos y el mosto hervía como una profecía.

El pacto fue simple y definitivo, como todo lo que no necesita explicación:

Dios prometió no hacer más vino. El enólogo prometió no hacer milagros.

Y aunque nadie recuerda ya si sellaron el acuerdo con palabras o con barricas, lo cierto es que, desde entonces, cada botella de ese lugar lleva el rumor de lo sagrado que fue renunciado.

Aquel enólogo —a quien algunos llaman Juan Patricio y otros simplemente “el Maestro”— no volvió a mirar al cielo esperando inspiración. Aprendió a leer los silencios del viñedo, a hablar con la tierra en lengua baja y a escuchar en el crepitar de la fermentación un idioma anterior al Génesis.

Fue en una conversación con él, bajo la sombra agradecida de una parra vieja como una abuela andina, que comprendí que el vino no es una bebida: es una forma de memoria.

—El vino de autor —me dijo— es como una carta de amor sin fecha. Uno la escribe sin saber si el destinatario leerá alguna vez el mensaje, pero igual la deja sellada. Con suerte, algún día, alguien la abrirá en una cena y sentirá que ha vivido algo que no recuerda haber vivido.

Lo escuché sin interrumpir. Afuera, los Andes ardían como brasas lentas, y un zorzal borracho revoloteaba sobre una pileta de lavado. En su voz había una mezcla de ciencia y poesía, como si Aristóteles y Alfonsina Storni se hubieran sentado juntos a prensar uvas.

—El vino con marca propia —continuó— es distinto. Es hijo del comercio, no de la pasión. Lo engendran empresarios que nunca han pisado el polvo del viñedo ni llorado por una cosecha arruinada. Es legítimo, claro, pero no lleva alma. Es como un niño adoptado por un apellido ajeno.

Lo miré y pensé que quizás exageraba. Pero luego recordé lo que decían los antiguos: que el vino no se bebe, se escucha. Que si uno presta atención, puede oír en una copa el lamento de un vendimiador, el suspiro de una uva, el trueno que partió una helada. Y entonces entendí que había verdad en sus palabras, aunque doliera como una resaca mal dormida.

El verbo hecho vino

Todo vino de autor —me explicó el Maestro— es también una confesión. No hay receta que se repita ni algoritmo que lo reproduzca. Es un acto de fe sin dios, una misa sin altar. El autor —ese enólogo que pone su nombre en la etiqueta— sabe que no está haciendo un producto, sino una biografía líquida. Como quien escribe un libro que nadie pidió, pero que alguien, en alguna noche lejana, agradecerá haber leído.

El vino con marca propia, en cambio, tiene dueño, pero no autor. Es un vino huérfano, criado en bodegas alquiladas, con crianza por contrato y distribución tercerizada. A veces es elegante, otras veces es digno, pero rara vez es inolvidable.

Y aquí, como en los evangelios apócrifos, aparece el milagro negado.

Dios —dijo Patricio— entendió que no podía competir con la creación humana en materia de vino. Después de todo, Él solo convirtió agua en vino una vez, y fue en una boda olvidada de Galilea. El enólogo lo hace cada año, a riesgo de perderlo todo por una nube inoportuna o una levadura rebelde.

El milagro, entonces, no era hacer vino. El verdadero milagro era no intervenir.

Entre Canaán y Calingasta

La historia del vino es la historia de la humanidad derramada en una copa. En tiempos de Abraham, se llevaba vino como se lleva un dios portátil: para invocar la fertilidad de la tierra prometida. En Roma, los emperadores bebían en ánforas de oro y a la plebe le dejaban el vinagre. En la última cena, Cristo no eligió pan con miel ni dátiles ni cordero: eligió vino. Porque el vino es lo único que puede parecer sangre sin escándalo.

Con la conquista del Nuevo Mundo, el vino cruzó el océano en barricas apretadas, se mezcló con las lenguas nativas y fundó bodegas donde antes había desiertos. Y cuando la filoxera arrasó los viñedos europeos, fue América la que ofreció consuelo en forma de Malbec, Bonarda y Tannat.

Y así, entre migraciones, pestes y olvidos, nació una nueva casta de enólogos: no los sacerdotes del vino, sino sus herejes. Gente como Patricio, que no busca repetir el milagro, sino contrariarlo.

El tiempo como autor invisible

La gran diferencia —me dijo mientras giraba la copa— es que el vino de autor envejece. No solo mejora: cambia. Tiene días buenos y días mediocres, como las personas. Hay botellas que se abren y decepcionan, otras que uno guarda sin saber por qué, y de pronto, diez años después, nos cuentan una historia que necesitábamos escuchar.

El vino de marca propia, en cambio, es obediente. Nunca sorprende, nunca arriesga. Es como un empleado eficiente: siempre cumple, pero jamás se enamora.

Y entonces comprendí que aquel pacto entre Dios y el enólogo era también una lección de humildad. No hacer milagros, pero tampoco resignarse al azar. No convertir el agua en vino, pero tampoco olvidar que cada gota es una posibilidad de redención.

Sabor a eternidad

Esa tarde no aprendí a catar mejor. Tampoco descubrí un nuevo varietal ni una nota aromática inédita. Pero salí de esa bodega con la certeza de que el vino —cuando es de autor— no busca gustar, sino decir algo. Y que quien sabe escucharlo, tal vez no necesite milagros.

El Maestro, antes de despedirse, me regaló una botella sin etiqueta.

—No la abras todavía —me dijo—. Espera a que el mundo te duela un poco más.

Lo miré con sospecha, pero obedecí. Al fin y al cabo, en este mundo donde todo envejece sin poesía, saber esperar una botella también es un acto de fe.

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