La metamorfosis de Dina

Jul 9, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Escrita y dirigida por el corrupto Congreso peruano

Relato kafkiano andino

Al despertar una mañana, tras una noche inquieta de bisturíes, noticieros sensacionalistas y murmullos institucionales, Dina Boluarte se encontró sobre su cama convertida en una criatura híbrida: parte prótesis estética, parte expediente judicial. No era un sueño, aunque hubiese sido más piadoso. Era su nueva condición: una metamorfosis quirúrgico-política, tan absurda como predecible.

No podía moverse con soltura. Su rostro estaba inmovilizado por el ácido hialurónico, sus pómulos tensados como si aún intentaran sostener la investidura. El mentón parecía haber sido moldeado por un maestro de obra y no por un médico. El resto de su cuerpo, sin embargo, estaba cubierto por papeles. Decenas de hojas firmadas por ella misma, selladas por fiscalías, reproducidas por medios de comunicación. Allí estaban: Uso indebido de bienes públicos, viajes estéticos con fondos estatales, negligencia con fines estéticos, aumento de sueldo del 120 % en plena recesión. Y encabezándolo todo, un título oxidado:

Presidenta de la República, suspendida en el quirófano del poder.

A diferencia de Gregorio Samsa, cuya transformación era inexplicable y absurda, Dina comprendió rápidamente que la suya no había sido espontánea. No fue castigo divino ni producto del inconsciente. Esta vez, el monstruo no fue fruto del azar: fue diseñado y ejecutado por el corrupto Congreso peruano, que tejió con precisión el libreto de su caída.

Cada cirugía, cada vuelo privado, cada aumento salarial autoaprobado era, en verdad, una trampa. La dejaron ser vanidosa porque la vanidad distrae. La empujaron al bisturí porque divide más que la ley. Mientras ella se reinventaba frente al espejo, el Congreso legislaba sin oposición. Mientras firmaba su aumento —alegando «altos niveles de estrés presidencial»—, los parlamentarios apilaban proyectos que nadie vetaría.

Intentó hablar, pero la boca apenas se abrió en una mueca: el colágeno le impedía gritar. El silencio, que tanto le había servido, se volvió espina. Miró hacia la ventana: no había manifestantes, ni ministros, ni siquiera asesores. Solo periodistas revolviendo su basura y un niño gritando “¡cirugía traidora!” mientras pateaba una pelota con su cara impresa.

El Palacio había sido vaciado de símbolos. No quedaban banderas, ni retratos, ni discursos. Ni siquiera el gallito que cacareaba cada mañana desde la cocina. Solo los espejos resistían, testigos crueles de su tragedia estética. Pero cuando se miró, no se vio. O peor: se vio y no se reconoció.

En el salón contiguo, el televisor transmitía en cadena nacional una nueva denuncia fiscal. Esta vez con imágenes: radiografías de su rostro superpuestas a gráficos del presupuesto nacional.

—“Aquí, en el pómulo izquierdo, se sospecha una triangulación de fondos entre el despacho presidencial y una clínica de San Isidro”, decía el reportero.

—“En el mentón, se detectó un implante de silicio que podría haber sido facturado como gastos protocolares.”

Mientras tanto, el Congreso celebraba una sesión extraordinaria. El presidente del Legislativo, un hombre con bigote postizo y moral licuada, declaraba frente a cámaras:

—“La señora Boluarte ha decepcionado al país. No por sus cirugías —que celebramos en privado—, sino por su incapacidad de gobernar sin espejo.”

Los aplausos fueron unánimes. Luego aprobaron, en apenas cinco minutos, un proyecto para blindar a 67 congresistas de los 130 por presuntos delitos contra la administración pública, la fe pública, el patrimonio nacional, e incluso por violación y prostitución dentro del Congreso mismo.

Sí, dentro del Congreso, donde la moral se lava con declaraciones juradas y se plancha con fueros. Y claro, no dejan de aumentar sus dietas “por desgaste mediático”.

Dina, desde su cama, comprendió. No la querían fuera: la querían así. Neutralizada. Como una estatua estética con título pero sin poder. Como un adorno quirúrgico del sistema. Había sido útil, sí. Pero fue el bisturí —y no la Constitución— lo que permitió al Congreso gobernar sin Ejecutivo. Como una república sin rostro.

Se arrastró hasta el escritorio del salón dorado. Allí, entre decretos vencidos y facturas de cremas dermatológicas, encontró su último recibo de sueldo: S/. 55,000 netos. Autorización: ella misma. Concepto: “Compensación emocional postlifting presidencial.”

Intentó reír. Pero su rostro no lo permitió. La sonrisa fue un espasmo. Y el espasmo, una confesión muda.

—Ya no soy la presidenta —pensó—. Soy una prótesis con título.

Y el país, al mirarla, no sentía ya odio ni burla. Sentía algo peor: vergüenza.

Una vergüenza sorda, constante.

Una vergüenza crónica, tan instalada como el desempleo, tan profunda como el desinterés colectivo.

Ella, que alguna vez quiso ser símbolo de cambio, terminó como testimonio de un sistema que mutila hasta a sus propias marionetas. Su metamorfosis fue quirúrgica, pero su tragedia fue política. Y quienes la diseñaron siguen firmando leyes, blindajes y aumentos… con bisturí de pluma.

Así concluyó la historia.

No como una fábula.

No como una venganza.

Sino como una obra.

Una tragicomedia nacional en un acto.

Escrita y dirigida por el corrupto Congreso peruano.

Protagonizada por una presidenta intervenida.

Asistida por el silencio.

Y vestida —literalmente— de estupidez.

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