El secreto del vino y el café en la literatura

Jul 6, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

«El vino te lleva a la verdad en el reflejo tinto de una copa; el café, a la nostalgia, al recuerdo y al amor, en el espejo oscuro de una taza».

—Iván Nolazco

Antes del primer sorbo

El vino y el café no son ajenos al arte de escribir; al contrario, parecieran ser sus cómplices más fieles. Hay páginas que no solo los mencionan: los invocan. Y hay escritores que no solo los beben: los transmutan en tinta. Si uno entrecierra los ojos al leer ciertos pasajes, puede ver —al fondo— una copa medio llena temblando entre los dedos de un poeta, o una taza humeante a punto de derramarse sobre un manuscrito inacabado.

Tal vez no haya tal secreto en torno al vino y al café en la literatura, sino simplemente una evidencia a plena vista. Como esa carta robada de Edgar Allan Poe, que para no ser hallada fue dejada, precisamente, al alcance de todos. Porque quien habita la literatura —no solo la lee— terminará, más de una vez, con una copa de vino tinto entre los labios o una taza de café negro entre las manos.

No es casual que estas bebidas atraviesen siglos, culturas, credos y geografías. Ya en los relatos fundacionales del mundo judeocristiano —esa Biblia que más que libro sagrado parece una antología de mitos, leyendas, exilios y revelaciones— el vino aparece con un simbolismo tan denso como el silencio que antecede a un brindis. El café, por su parte, llegaría después, con el murmullo de las ciudades, los cafés literarios y las madrugadas del pensamiento. Pero ambos, desde el Génesis hasta el manifiesto surrealista, han acompañado la historia de la palabra escrita como sus sombras aromáticas.

De Ítaca a Bagdad, con una copa en la mano

Desde los orígenes, el vino ha sido un viajero fiel de la palabra. En La Odisea, mientras Ulises vaga por los mares de la nostalgia y la astucia, Homero deja caer una imagen inolvidable:

“…siempre que bebían el rojo agradable vino, llenaba una copa y vertía veinte medidas de agua”.

El vino, diluido y ritual, aparece como un lazo entre los hombres y los dioses, entre la guerra y el recuerdo, entre el hogar perdido y el relato que lo invoca.

En tiempos del cristianismo, las Escrituras —ese compendio de mitos y símbolos que ha moldeado la civilización occidental— también consagran al vino con categoría sagrada. En uno de sus pasajes más célebres, Jesús de Nazaret convierte el agua en vino durante las bodas de Caná: milagro primero, y ya entonces celebración líquida. Más tarde, en la Última Cena, alza una copa y declara:

“Esta es mi sangre, que será derramada por ustedes”.

El vino deja de ser solo un fermento: se vuelve comunión, entrega y eternidad. La divinidad, servida en una copa.

También en Las mil y una noches, ese palacio de relatos orientales, el vino juega un papel protagónico. El califa Harún al-Rashid, informado sobre una esclava de belleza y sabiduría inusuales, decide probarla con una pregunta capciosa:

—¿Qué opinas del vino?

Si responde que es bueno, incita al pecado; si dice que es malo, ignora sus virtudes. Tawaddud, perspicaz, pide primero catarlo, y responde:

«Es una lástima que Dios, el Todopoderoso, lo haya prohibido, pues no hay nada sobre la tierra capaz de ocupar su lugar».

La poesía, incluso en la defensa, embriaga.

Shakespeare, Galileo y el arte de la embriaguez lúcida

William Shakespeare, siempre atento a las pasiones humanas, dotó a Falstaff de vino y carcajadas. Bufón, sabio, desmedido y encantador, Falstaff levanta su copa como quien redime la condición humana a través de la alegría.

Galileo Galilei, que trazó órbitas con el telescopio y el pensamiento, también tuvo palabras para el vino. Escribió:

“El vino es luz solar, agua y sol en conjunción”.

Un verso de ciencia, o una ecuación para poetas.

Nietzsche, oscuro y exaltado, sentenció:

“En dos estados el ser humano alcanza la delicia de la existencia y, por lo tanto, es feliz: en el sueño y en la embriaguez”.

Mientras que Ramón del Valle-Inclán disparó sin filtros:

“Sin vino, sin tabaco y sin sexo, el mundo sería como para pegarse un tiro”.

De Tolstoi a Hemingway: tinta con alcohol

En la vasta Rusia, León Tolstoi supo narrar la embriaguez no solo como exceso, sino como intensidad del alma. En Anna Karenina, escribe:

“Podía ver que Anna estaba embriagada con el vino del éxtasis que inspiraba”.

Pasión como fermento.

Hemingway, en cambio, convirtió el vino en método y paisaje. París era una fiesta fue escrito entre cafés y bodegas, donde la memoria se decantaba lentamente en palabras.

El café: vigilia con cuerpo

El vino duerme. El café despierta. El primero embriaga, el segundo vigila. Ambos necesarios. Ambos literarios.

En el viejo café Procope, Voltaire llegaba con sus ideas y su adicción; Franklin escribía constituciones mientras sorbía el aroma de la Ilustración. Café y política. Café y revolución.

En América Latina, el café acompaña revoluciones e insomnios. En Macondo, los Buendía lo comparten con pan y melancolía. En la Lima virreinal, un patriota escribió LIBERTAD en una servilleta manchada de café, minutos antes de ser ejecutado por los realistas. En Buenos Aires, Baldomero Fernández Moreno, bajo la lluvia, apuntó en otra servilleta:

“Estoy sentado bajo el toldo tirante y empapado de este viejo Tortoni conocido”.

Balzac: café a cucharadas y genio sin sueño

Se cuenta que Honoré de Balzac, padre de La comedia humana, no tomaba café: lo devoraba. Literalmente. Para forzar la inspiración, ingería cucharadas de café molido en seco, empujadas con agua, como quien traga pólvora antes de una batalla. Decía que, tras el impacto, las ideas se arremolinaban como tropas al galope, listas para invadir la página.

Dos culturas, un mismo sorbo

Li Po, el poeta chino del siglo VIII, escribió:

“Con tres copas penetro el Gran Tao, tomo todo un jarro y el mundo y yo somos uno…”.

Siglos después, Orhan Pamuk respondió sin saberlo:

“A fuerza de beber, había llegado a ese profundo estado espiritual en que se siente la unidad y la unicidad del mundo entero”.

La embriaguez como viaje metafísico. Oriente y Occidente, unidos por el mismo sorbo.

Neruda, Borges y una mesa para Cortázar

En un café español, Pablo Neruda transfiguró el cuerpo amado en vino:

“Tus pechos son el racimo, la luz del alcohol tu cabellera…”.

Metáfora embriagada.

Borges, con su eterna lucidez, escribió:

“El vino fluye rojo a lo largo de las generaciones como el río del tiempo…”.

Y Cortázar… sigue allí, en algún café de rayuelas y cronopios, esperando que le dejen una servilleta con palabras para la Maga, o un boleto del metro con una rayuela dibujada. En el café de siempre.

Tinta, sorbo y destino

Estos secretos —descubiertos en libros, charlas o madrugadas insomnes— se gestan entre copas y tazas, entre el delirio del vino y la vigilia del café. Quizá la literatura no se escribe con pluma ni teclado, sino con el pulso templado por estos líquidos ancestrales.

Quizá cada escritor, al escribir, no hace más que servir otra ronda.

Y brindar, sin decirlo, por el misterio que aún queda por escribir.

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