Brindis con la élite, sorbos de obediencia: política líquida en la literatura

Jul 5, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Durante siglos, el vino y el café han sido mucho más que bebidas: fueron atmósferas, hábitos, símbolos y —sobre todo— excusas. Se les ha atribuido la capacidad de inspirar versos, de sostener insomnios creativos, de moldear conversaciones que terminaron en libros. Pero… ¿qué ocurre cuando miramos esas copas y esas tazas no como objetos poéticos, sino como signos políticos? ¿Qué secretos revela el vino, ese líquido aristocrático que acompaña las bibliotecas del canon? ¿Y qué nos dice el café, domesticador amable de lectores y obreros, sobre la vigilancia disfrazada de lucidez?

Este texto no es una celebración sensorial, sino una sospecha. Una crítica a la comodidad simbólica con que la literatura ha naturalizado ciertos gestos, sin interrogar sus raíces sociales, económicas y culturales. El lector encontrará aquí una lectura política de dos placeres que, sin perder su sabor, revelan estructuras de exclusión, poder y clase. Porque también se escribe desde lo que se bebe —y desde lo que se puede o no beber.

El vino: tinta de la aristocracia

El vino ha sido, desde sus orígenes, bebida de distinción. En Grecia, se bebía en simposios donde filósofos, poetas y ciudadanos libres —es decir, varones no esclavos— discutían lo justo, lo bello y lo eterno. En Roma, el vino separaba a los patricios de los plebeyos: no todos accedían al mismo grado de fermentación ni a los mismos sabores. Ya desde entonces, el vino era jerarquía embotellada.

Cuando el cristianismo convirtió el vino en sangre de Dios, lo hizo a través del rito. La Eucaristía no es solo un acto de fe: es un acto de exclusión. No todos beben. Solo quien ha sido “iniciado” comulga. El vino como símbolo divino no une: selecciona. Jerarquiza el cuerpo espiritual de los creyentes.

Con la modernidad, el vino pasó de símbolo religioso a marca de clase. En el siglo XIX, Balzac, Flaubert, Proust y compañía no brindaban en tabernas obreras. El vino, entonces, era burguesía, intelectualidad, conversación de salón. La botella tenía denominación de origen, y su descorche equivalía al acceso a un código cultural. No importa si el personaje estaba ebrio o sublime: el acto de beber vino ya indicaba un lugar en el mundo.

Hoy, la literatura que homenajea el vino no hace más que perpetuar ese linaje. Cuando citamos a Homero o a Neruda hablando del vino, ¿no estamos reafirmando una genealogía simbólica de la que muchos fueron —y siguen siendo— excluidos?

El café: la vigilia del lector obediente

Si el vino pertenece a la esfera del exceso, el café está hecho para la eficiencia. El vino inunda, el café sostiene. Uno lleva al delirio; el otro a la concentración. En ese contraste se esconde la verdadera diferencia política.

El café nace como bebida popular en Yemen y Etiopía, pero su destino fue europeo. A medida que las potencias coloniales se expandieron, el café se convirtió en una mercancía que el sur global cultivaba y el norte intelectual bebía. Café para la reflexión… a costa de la explotación.

En el siglo XVIII, los cafés europeos se volvieron centros de discusión ilustrada. Eran el nuevo ágora burgués. Allí se hablaba de Rousseau, se discutía la monarquía, se planeaban constituciones. Pero también se diseñaban imperios. ¿Quién recogía el café que Voltaire tomaba en Procope mientras redactaba críticas al clero? ¿Quién moría de fatiga en las plantaciones brasileñas mientras los europeos definían la libertad?

La contradicción es brutal: el café promovía el pensamiento crítico en quienes tenían derecho a pensar y servía como herramienta de vigilancia y control en quienes no lo tenían. En el siglo XX, el café se convierte en el combustible del obrero urbano, del empleado de oficina, del estudiante que debe rendir. El café ya no es ritual de discusión: es herramienta de productividad. El café capitaliza el insomnio.

Incluso en la literatura, el café adquiere ese doble filo. Balzac, adicto infame, lo describió como fuerza impulsora del genio. Pero su relato es casi clínico, mecánico, sin placer. Se trata de escribir más, no mejor. De sostener la vigilia. De producir. El café, lejos de ser musa, se convierte en metrónomo del capitalismo literario.

Canon líquido: ¿quién escribe con qué?

La construcción del canon literario occidental —ese que enseñan en las universidades, que puebla las antologías, que se cita con solemnidad— está empapada de vino y café. Pero no como elementos decorativos: como símbolos de pertenencia. Para ingresar al panteón de la alta literatura, parecía necesario levantar una copa o posar una taza humeante junto a la máquina de escribir.

¿Quién quedó fuera de ese canon? ¿Quién no bebía vino francés ni escribía desde cafés vieneses?

Las mujeres, por ejemplo, estuvieron mucho tiempo ausentes de esos espacios. Los cafés eran masculinos; el alcohol, sospechoso en labios femeninos. El vino en boca de una poeta era libertinaje. El café para ellas no era vigilia creativa, sino desvelo doméstico.

Los pueblos colonizados, también ausentes. Mientras la literatura europea bebía café para pensar la civilización, las comunidades indígenas o africanas eran convertidas en mano de obra para producir esa bebida. ¿Cuántos relatos se escribieron desde la plantación? ¿Cuántos desde el fondo de una bodega y no desde la copa?

El problema no es que el vino y el café hayan acompañado la literatura. El problema es que fueron parte de su filtro simbólico, de su selectividad social y estética. Como si escribir fuera un lujo que requiere determinada copa o determinada taza. Como si las voces que no beben no pudieran decir.

La literatura como gastro-política

Hoy, en pleno siglo XXI, seguimos repitiendo el ritual. En redes sociales, no falta quien suba una foto de su escritorio con un libro, una taza de café y una vela. Es la estética del pensamiento. El simulacro de la profundidad. Un revival descafeinado del romanticismo.

Pero ¿y si nos preguntamos qué hay detrás de cada sorbo? ¿Qué estructuras de clase, raza, género y geopolítica sostenemos al repetir el gesto del escritor con copa o taza?

El vino y el café no son solo bebidas: son dispositivos culturales. No hay vino sin historia de propiedad, sin geografía colonial. No hay café sin monocultivo, sin sangre barata, sin manos invisibles.

Cada vez que celebramos al escritor que bebe mientras crea, ignoramos al jornalero que se deshidrata mientras produce. Cada vez que rendimos culto al café como musa, ignoramos su papel como vigía silencioso de la productividad neoliberal. Brindamos con la élite, mientras sorbemos obediencia.

Escribir sin taza ni copa

Tal vez sea hora de imaginar otra literatura. Una donde el vino y el café no sean requisitos tácitos de pertenencia. Una donde la lucidez no dependa de la fermentación ni de la cafeína. Una donde la inspiración no sea privilegio de los que pueden pagarla.

No se trata de renunciar al vino ni al café. Se trata de dejar de romantizarlos como símbolos puros de la creación, y comenzar a verlos como lo que también son: espejos líquidos de una literatura que aún no termina de descolonizarse.

Quizá, al final, la verdadera literatura sea la que se escribe con sed. No de café. No de vino. Sino de tinta que no tenga dueño ni precio en la contratapa.

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