Episodio apócrifo del Quijote libertario

Jun 29, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Relación improbable (aunque no imposible) de una jornada caballeresca en la ínsula argentina

Advertencia al lector curioso y al ciudadano crédulo

Si llegaste hasta estas páginas, lector noble o incauto, sabed que lo que aquí se cuenta no es historia fiel ni crónica verificada, sino relato apócrifo, parodia y espejo torcido de una Argentina desvelada. No busques aquí verdades absolutas, que las verdades, como los sueldos, se ajustan por decreto y no por realidad.

Este escrito nace del deseo (mezcla de risa y desesperación) de entender un tiempo en que el loco fue elegido por cuerdo, y el que gritaba fue llamado profeta. Aquí hallarás a Don Milei de la Libertad, caballero de chaqueta negra y motosierra en ristre, que se cree enviado por los espíritus del mercado a redimir la ínsula de la casta, el gasto público, los planes sin contraprestación y los presupuestos sin auditoría.

Lo acompaña su escudero, el licenciado Adorni, de verbo pulido y barba sin mácula, cuyo deber es traducir el delirio en rueda de prensa y el caos en narrativa institucional.

Y aunque estos personajes te parezcan extraños, lector, no te engañes: lo fabuloso no está en los hombres, sino en lo que creen de sí mismos.

Los hechos que aquí se narran están llenos de molinos, espectros y fantasmas —algunos con pollera y tobillera brillante—, y no faltan frases lapidarias, rumiadas como dogma en café de máquina.

Algunas palabras están en castellano antiguo, para hacerlo más real a la genialidad de Cervantes.

Ríete, si puedes. Llora, si no te queda otra. Pero no olvides que hasta el mayor disparate guarda una chispa de verdad. Y que en esta ínsula llamada Argentina, la sátira siempre llega tarde… pero nunca desentona.

—El Autor

Del delirio libertario que quiso desfacer la casta, y de las sombras que aún cabalgan por la ínsula

“Bien puede la razón de Estado ser más sutil que la de la espada, mas no hay lanza más firme que la de quien se cree redentor.”

Donde se cuenta el origen del nuevo caballero y cómo trocó libros por mandatos celestiales

En un barrio de la ciudad lejana de Buenos Aires, de cuyo nombre no quiero olvidarme, vivía no ha mucho tiempo un caballero algo demacrado, lector furibundo de tratados de economía, enemigo jurado del impuesto y del gasto público, y tan dado era a las cuentas, que se le secaba el seso entre gráficos, Exceles y predicciones del mercado.

Tenía por nombre Javier, aunque entre los hombres que lo seguían era llamado con devoción Don Milei de la Libertad, pues creía que su destino era salvar la ínsula Argentina de los demonios de la decadencia y el socialismo mágico.

Un día, tras ver visiones que sólo él comprendía —y tras conversar con sus cinco perros, bautizados como próceres libertarios—, decidió ceñirse una chaqueta negra como armadura, tomar una motosierra como lanza, y salir al mundo a desfacer entuertos.

De cómo escogió por escudero al licenciado Adorni, hombre de verbo suelto y barba pulcra

Y queriendo ser caballero no sólo en intención sino también en forma, buscó un escudero que le siguiese en sus jornadas. Halló a un tal Manuel Adorni, licenciado en ciencias comunicacionales y buen conocedor de las artes del vocerío.

Era hombre menudo, delgado y elegante, sin panza ni burro, pero con teléfono inteligente y la agilidad necesaria para lidiar con los monstruos de las redes sociales. Este, viendo que el caballero le prometía una república libre de inflación y de planes sociales, se le adhirió con prontitud.

Y así partieron, uno con la motosierra al hombro y el otro con la tablet en la mano.

Donde se narra la primera aventura contra los molinos de la casta, y del temor que infunden los espectros del pasado

No habían cabalgado mucho —o caminado, porque bestias no tenían— cuando llegaron a un vasto campo en cuya extensión se alzaban molinos viejos, despintados y chirriantes. Eran los Ministerios. Viejos como el vicio, y según decía el pueblo, llenos de empleados que cobraban sin trabajar, y de planes que daban sin preguntar.

—¡Ea, noble Adorni! —clamó Don Milei— ¿No ves allí los gigantes de la casta? ¡Monstruos con cien brazos que exprimen al pueblo con impuestos! ¡A por ellos!

—Vuestra merced —respondió el escudero—, no son gigantes sino molinos. Y ni de viento son, que los maneja la política.

Pero ya era tarde. Don Milei embistió a uno con la furia de cien gráficos. La motosierra rugió en el aire, pero el molino giró lento, impasible, y lo lanzó por los aires. Cayó el caballero sobre un lecho de expedientes de ANSES, con la dignidad intacta, mas con el ego levemente maltrecho.

—Malditos sean los subsidios encantadores que mudan molinos en dragones y al mérito en pecado —murmuró.

De cómo se le apareció el espectro de la casta y la sombra del peronismo caído, con Perón, Evita y la dama del luto eterno con tobillera brillante

Aquella noche, en los márgenes inciertos del conurbano profundo, mientras el escudero cebaba un mate lavado con yerba reciclada del ministerio, Don Milei, recostado sobre un poncho prestado por Gendarmería, sintió que el aire se espesaba como si lo cruzara una maldición.

De pronto, entre el humo de una parrilla apagada y el zumbido de una heladera comunitaria, surgieron sombras.

Avanzaba primero Juan Domingo Perón, montado sobre una suerte de unicornio justicialista, con mirada de bronce y voz que aún resonaba en los discursos de cuarta categoría. Alzaba en una mano la Constitución, en la otra un decreto no reglamentado.

A su izquierda flotaba Evita, con vestido de gala y ojos empapados en lágrimas post-mortem. Sonreía a un pueblo que ya no podía tocarla, mientras dejaba caer billetes de cinco pesos con su rostro impreso.

Y detrás, emergía ella: Cristina.

Alta, de luto exacto, rostro inmóvil y ceño apenas fruncido. En una mano sostenía una libreta con frases escritas a mano; en la otra, un micrófono sin cable, como quien no necesita sonido para hacer temblar.

Pero lo que más llamaba la atención era una tobillera electrónica que brillaba bajo su pollera negra, como si fuera joya y condena a la vez. No hacía ruido, pero su luz parpadeante parecía un faro de advertencia para cualquiera que creyese que la historia ya había pasado.

—¡Por las variables nominales! —gritó Don Milei—. ¡Ved, Sancho! La Viuda del Relato, la señora del no me acuerdo, la reina del pueblo empobrecido con glamour. Hasta los espectros llevan tobillera en esta ínsula corrupta.

— Vuestra merced —respondió Adorni, bajando un poco el volumen del vivo—, no sé si es metáfora o cautelar, pero mejor sigamos caminando, que los trolls duermen poco.

—¡No! —rugió Don Milei—. ¡Estas sombras son las verdaderas hechiceras de la decadencia! La tobillera es su corona, y el silencio, su aplauso. Contra ellas no bastan decretos ni licitaciones; hace falta exorcismo fiscal.

Y alzó la motosierra invisible, como quien corta cadenas de oro con índice de precios.

Los espectros, sin embargo, no huyeron. Solo se desvanecieron con una mueca indescifrable, como quien sabe que no se necesita cuerpo para gobernar desde la memoria.

—¿Qué ha pasado, Vuestra merced? —preguntó Adorni.

—Hemos visto el pasado, Manuel. Y sigue vivo. Pero esta vez no se vota: se reenvía por WhatsApp.

Donde se pone a prueba el juicio del caballero y se anuncia el fin del delirio, mas no del combate

Ya en el alba, salieron a continuar la gesta. Atrás quedaban molinos intactos, programas congelados y discursos a medio aplauso. Pero Don Milei no dudaba.

Y aunque la gente le gritase desde las veredas que las tarifas subían, los sueldos menguaban y que la libertad pesaba más que la pobreza, él respondía con una frase que ya se hacía eco entre sus fieles:

—¡Viva la libertad, carajo!

Adorni, escudero diligente, lo seguía sin chistar. No sabía si aquello era gloria o delirio, pero el algoritmo lo bendecía con retuits.

Y así, por los caminos de la ínsula infiel, siguieron cabalgando sin destino cierto. Porque en esta tierra, aún las locuras tienen aplausos, y todo caballero que se precie necesita su molino, su enemigo invisible y su hashtag.

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