Sudán, el infierno que nadie quiere mirar

Jun 24, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Hay guerras que se televisan, que se editorializan, que merecen lutos oficiales, banderas a media asta, hashtags solidarios y minutajes especiales en los noticieros de las potencias. Y hay otras que se pudren en la sombra, que no existen si no aparecen en la portada del New York Times, que no merecen una cumbre de cancilleres ni una columna en los suplementos dominicales. Guerras sin relato, sin mártires reconocibles ni enemigos mediáticos. Así es la guerra de Sudán: una tragedia sin público, un incendio en la periferia del mundo que arde sin aplausos ni condenas.

A veces me pregunto qué haría el mundo si los muertos de Jartum fueran rubios, si las niñas violadas por las milicias en Darfur hablaran alemán o inglés, si los desplazados que arrastran harapos por el desierto tuvieran pasaporte europeo. Tal vez, entonces, las bombas tendrían un nombre, los culpables tendrían rostro, y las víctimas, historia. Pero no. En Sudán mueren los invisibles. Los africanos. Los que no importan.

Todo comenzó —aunque en África nada comienza, solo se acumula— con una chispa de esperanza. En 2019, miles de sudaneses salieron a las calles a desafiar al dictador Omar al-Bashir, ese monstruo de voz temblorosa que había gobernado durante treinta años como un faraón militar. Lo que siguió fue una de esas escenas que ilusionan al más escéptico: la juventud, las mujeres, los obreros, los imanes progresistas, todos unidos exigiendo pan, dignidad y democracia. Y el ejército, como en una fábula cínica, decidió no disparar más. Al-Bashir cayó.

Pero el poder, ya lo sabemos, no se entrega. Se disfraza. Se rearma. Se esconde detrás de uniformes nuevos. En lugar de abrir paso a un gobierno civil, los generales ofrecieron un simulacro: un gobierno “transitorio”, mitad militar, mitad civil. Era un acuerdo condenado desde su firma. Porque el general Abdel Fattah al-Burhan y su socio de entonces, Mohamed Hamdan Dagalo —alias “Hemedti”, señor de las masacres en Darfur— no estaban dispuestos a ceder nada.

En 2021, Burhan se quitó la máscara y dio un nuevo golpe. La democracia volvió a ser una promesa aplazada. Pero esta vez, la traición no fue solo a un pueblo: fue también entre socios. Hemedti, que comanda las temibles Fuerzas de Apoyo Rápido —una milicia reciclada de los asesinos Janjaweed—, se negó a integrarse al ejército. Y así comenzó la guerra. No por ideología, no por territorio, no por religión. Por poder. Por codicia. Por rencor entre caudillos que convirtieron un país en campo de batalla.

Desde entonces, Sudán se desangra. Más de 150.000 muertos. Doce millones de desplazados. Niños que caminan tres días con la barriga vacía. Mujeres que paren entre bombardeos. Hospitales sin anestesia. Mercados sin pan. Barrios sin techo. Y una ONU que emite comunicados tibios mientras sus convoyes se demoran en aduanas manejadas por bandidos. Una comunidad internacional que mira a otro lado, más preocupada por los misiles en Europa o los titulares que genera Gaza.

No hay ni siquiera la vergüenza de justificar la indiferencia. No hay petróleo que salvar, ni alianzas estratégicas, ni intereses económicos urgentes. Sudán, sencillamente, no pesa. No vota en el Consejo de Seguridad, no amenaza bancos ni rutas comerciales. Su destrucción no inquieta a nadie.

¿Y quién va a arriesgar capital político por unos cuantos millones de africanos hambrientos? ¿Quién va a denunciar con firmeza a los asesinos, si muchos de ellos —como Hemedti— comercian oro que llega a Londres o Dubái? ¿Quién se atreve a enviar cascos azules cuando la prensa no presiona, cuando el lector europeo bosteza y pasa de página?

Sudán no es solo una guerra. Es una alegoría feroz de nuestro tiempo. Un país cuya única culpa ha sido existir en la geografía equivocada, con el color de piel incorrecto, con el tipo de muerte que no cotiza en los mercados del espectáculo.

Y sin embargo, el pueblo resiste. Resiste sin armas, sin cámaras, sin embajadores. Resiste con la tozudez de los que ya no tienen nada que perder. Porque saben que si ellos no escriben su historia, nadie lo hará.

Algún día, cuando el polvo de esta guerra se asiente, cuando se desentierren las fosas comunes, cuando los verdugos se jubilen con pensión diplomática, alguien preguntará: ¿y dónde estaban todos cuando Sudán ardía? ¿Dónde estaban los premios Nobel de la paz, los gobiernos que juraban defender los derechos humanos, los medios que decían contar la verdad?

Y entonces, quizás, se diga la única verdad posible: no estaban. Estaban ocupados mirando hacia otro lado.

A unos, Dios los acompaña en la masacre; a otros, los abandona en el desierto del olvido.

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