Durante siglos, Roma fue el centro del mundo conocido. Sus caminos unían continentes, su moneda tenía el respaldo de la gloria, y su palabra era ley. Nadie pensaba en un mundo sin Roma, hasta que Roma dejó de pensar en el mundo. Y cuando cayó, no lo hizo por una invasión repentina ni por una batalla final, sino por una larga decadencia alimentada por su propia ceguera.
Hoy, el imperio que habla en inglés parece seguir un libreto parecido. Estados Unidos no ha sido derrotado, pero ha comenzado a ser desoído. Y cuando un imperio deja de inspirar respeto y solo conserva la capacidad de castigar, su final no es inmediato, pero sí inevitable.
Como Roma, Estados Unidos construyó su hegemonía sobre una mezcla única de poder militar, diplomacia global y dominación económica. En las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, diseñó el orden mundial: Naciones Unidas, Bretton Woods, el dólar como moneda universal, la OTAN, el FMI, el Banco Mundial. El planeta giraba alrededor de Washington.
Pero los imperios no son eternos. Y los errores, cuando se repiten durante demasiado tiempo, se convierten en destino.
Desde el año 2000, la política exterior de Estados Unidos ha oscilado entre la arrogancia militar, la imposición económica y la negación diplomática. Invadió Afganistán para combatir al terrorismo, y después de 20 años salió sin gloria, dejando el poder en manos del mismo enemigo. Bombardeó Irak en busca de armas inexistentes, dejando un país devastado y una región aún más inestable. En Libia, Siria y Yemen, promovió intervenciones que terminaron en desmembramiento institucional y catástrofes humanitarias.
Todo esto en nombre de la democracia, pero sin el consentimiento de los pueblos que decía liberar.
A la fuerza militar se le sumó la herramienta de las sanciones económicas. Cuba, Venezuela, Irán, Rusia, Nicaragua, China: la lista se amplía año tras año, como si el castigo fuese un sustituto del diálogo. Pero las sanciones han dejado de tener efecto disuasivo. Por el contrario, han forzado a los países castigados a construir rutas alternativas de comercio, diplomacia y cooperación.
La emergencia de los BRICS —ese acrónimo que en su origen parecía una casualidad económica— ha puesto sobre la mesa la mayor amenaza al orden occidental desde el fin de la Guerra Fría: un sistema alternativo, multipolar y no alineado. Ya no se trata solo de crecer: se trata de no obedecer. Y en 2024, más de 20 países —incluidos potencias energéticas como Arabia Saudita e Irán— han decidido sumarse a ese espacio.
Estados Unidos reacciona con la misma lógica que aplicó Roma en su ocaso: construir muros, imponer aranceles, aumentar el gasto militar, promover cercos tecnológicos. Pero en un mundo hiperconectado, esos reflejos imperiales son cada vez más ineficaces. Los aranceles contra China solo han encarecido los productos para el consumidor estadounidense. Las sanciones a Rusia no evitaron su reposicionamiento como proveedor energético del sur global. El aislamiento de Irán no ha impedido que comercie con India y China sin tocar un dólar.
Y la prueba más visible de esta decadencia simbólica fue la escena en la Asamblea General de la ONU: 153 países votaron por un alto al fuego en Gaza. Solo Estados Unidos, Israel y un puñado de satélites votaron en contra. La imagen es reveladora: un imperio solo, sostenido por la inercia de su poder, pero sin la legitimidad que alguna vez lo acompañó.
Como Roma en el siglo IV, Estados Unidos se enfrenta a una disyuntiva histórica. Puede persistir en su lógica imperial, con bases militares, coerción económica, chantaje diplomático y discursos vacíos de libertad. O puede reinventarse: aceptar que ya no es el centro del mundo, sino una parte de él; apostar por la cooperación antes que por la imposición; y rediseñar su política exterior desde la humildad, no desde la nostalgia.
“Los imperios perecen por la corrupción de sus principios, más que por la fuerza de sus enemigos.”
— Edward Gibbon, Historia de la Decadencia y Caída del Imperio Romano
La historia no se repite, pero sí ofrece rimas amargas. Roma también creyó que su poder era eterno. También impuso tributos, levantó murallas, despreció a sus aliados y confundió la fuerza con la razón. Y cuando cayó, no fue por el ascenso de otros, sino por su incapacidad de adaptarse.
Estados Unidos aún puede elegir su destino. Pero para hacerlo deberá leer en el espejo del pasado. Porque el verdadero imperio no es el que conquista más territorios, sino el que sabe cuándo dejar de comportarse como tal.
Y si no lo entiende a tiempo, Roma no solo arderá en los libros de historia. Arderá, esta vez, en inglés.














