El impostor inmortal

Jun 20, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Hubo dos Vargas Llosas: no dos hombres, sino dos maneras de habitar el tiempo. Una fue creación y búsqueda; la otra, repetición y dogma. Una dejó huellas; la otra, apenas rastros que el viento barrerá sin nostalgia. El primero fue el novelista que interrogó el alma humana con la intensidad de un hereje. El segundo, el polemista cansado que terminó creyendo en el simulacro de su voz.

Sólo uno merece la eternidad.

El autor de Conversación en La Catedral —ese laberinto moral donde se preguntaba “¿en qué momento se jodió el Perú?”— no es el mismo que defendió sin matices al poder que antes denunciaba. El que escribió La ciudad y los perros, rompiendo la moral institucional con lenguaje afilado y personajes al borde del estallido, no es el mismo que, años después, se atrincheró en la corrección ideológica de la élite global.

El segundo Vargas Llosa —el que se despidió abrazando el statu quo, temiendo al caos que antes amaba— ha empezado a diluirse. Fue más ruido que revelación. Más énfasis que pensamiento. Fue, como diría él mismo, “una ficción que se creyó real”.

En cambio, el novelista sigue con nosotros. Nos habla desde sus novelas con la intensidad de quien supo que la libertad es siempre una batalla perdida que vale la pena dar. Nos recuerda, como en La guerra del fin del mundo, que las utopías son peligrosas, pero la resignación lo es aún más. Nos enseña, como en La casa verde, que el deseo y la culpa conviven en un mismo cuerpo, y que toda historia, si es verdadera, tiene algo de exorcismo.

Vargas Llosa, el narrador, fue un cartógrafo de la miseria humana, pero también de sus destellos de grandeza. Fue un retratista de la doble moral, del poder corrosivo, del amor incurable. Sus personajes —Zavalita, el Jaguar, Lituma, Urania, don Anselmo, Pantaleón— no viven en los márgenes del canon, sino en el centro palpitante de nuestra conciencia. Leerlos es encontrarse con preguntas que nadie responde, pero que todos llevamos adentro.

El otro, el que opinaba desde tribunas doradas, no tuvo esa potencia. Repetía fórmulas, firmaba manifiestos, pronunciaba la palabra “libertad” con una fe tan automática que parecía dictada. Fue, más que un intelectual, un testigo de su propia descomposición. Una vez escribió: “La resignación es una forma de muerte”. Y sin embargo, eso fue lo que terminó por invadirlo.

Pero aún estamos a tiempo de salvarlo de sí mismo.

Nos toca ahora expropiarlo. No con violencia, sino con ternura. No para negarlo, sino para recuperarlo. Aquel que escribió La tía Julia y el escribidor —ese juego irónico con la imaginación y la experiencia— aún puede reírse con nosotros de su máscara final. Aquel que narró la violencia de Lituma en los Andes aún puede hablarle al Perú profundo que sigue temblando. Ese Vargas Llosa no pertenece a los académicos ni a los reaccionarios de club de lectura. Nos pertenece a todos.

Es hora de leerlo más, de leerlo mejor. De sacarlo de los altares y devolverlo a la calle. Que lo lean los jóvenes que no tienen otra patria que su rabia, los que no temen que la literatura les duela, los que necesitan historias para no rendirse. Vargas Llosa no es difícil. Es feroz. Y por eso es urgente.

“Escribir no es un pasatiempo: es una forma de resistencia”, dijo en uno de sus ensayos. Tal vez se le olvidó. Pero sus libros no. Ellos lo siguen diciendo.

Quien quiera hacerle justicia al autor debe entender que, como todo gran artista, Vargas Llosa nunca fue uno solo. Fue muchos. Fue todos. Fue, también, un campo de batalla. Y en esa batalla ya hay un vencedor: el narrador, el fabulador, el constructor de mundos imposibles que, por fortuna, siguen habitando entre nosotros.

El escritor ha muerto.

Pero el novelista —el real— acaba de comenzar su vida eterna.

Artículos relacionados

El Parlamento y los fantasmas de la impunidad

El Parlamento y los fantasmas de la impunidad

La historia peruana tiene una extraña costumbre; los muertos nunca terminan de irse. Permanecen en las montañas de Ayacucho, en los expedientes judiciales cubiertos de polvo, en las fotografías descoloridas que algunas madres todavía aprietan contra el pecho durante...

Del último cartucho al último soborno

Del último cartucho al último soborno

Hay instituciones que continúan existiendo aun después de haber perdido aquello que las justificaba. Conservan uniformes, himnos, ceremonias y desfiles. Mantienen intacta la escenografía del honor. Pero internamente algo ya se ha roto. La historia del militarismo...

El último inquisidor

El último inquisidor

Cada época tiene su herejía. Cada poder, su condena. El Vaticano acaba de lanzar una encíclica contra el tecnofascismo, los monopolios digitales y la colonización algorítmica de las conciencias. La crítica es aguda. El diagnóstico, necesario. Pero hay algo que el...

El vino sin alcohol ya no es moda: es estrategia

El vino sin alcohol ya no es moda: es estrategia

Consumo global, branding y reinvención del mercado vitivinícola Las grandes industrias nunca esperan que cambie el consumidor. Lo detectan antes. Lo estudian antes. Lo fabrican antes. Por eso el vino sin alcohol dejó de ser una rareza gastronómica para transformarse...

Perú elige lo que no puede comprender

Perú elige lo que no puede comprender

Cuando entender se vuelve privilegio, elegir deja de ser un acto libre y se convierte en una reacción aprendida. La ilusión de saber Mientras leía el artículo de Mónica Muñoz-Nájar, ocurrió algo más inquietante que el simple acto de informarme. Empecé a entender mejor...

La sierra vota, Lima decide

La sierra vota, Lima decide

Elecciones que no resuelven, apenas revelan La sierra no le da la espalda al país, le recuerda que la justicia nunca llegó a su altura. La escena electoral peruana vuelve con esa obstinación que no es democrática sino histórica. Cambian los nombres, rotan los...

Radiografía de un dios supuesto

Radiografía de un dios supuesto

Vaticano en transición Cuatro papas, una misma estructura, una pregunta que persiste: cuando lo divino se administra como poder… ¿qué queda de Dios y qué empieza a parecerse demasiado a un sistema? La muerte no siempre silencia. A veces ordena el ruido. Y en ese orden...

Entre gitanos no se leen las manos

Entre gitanos no se leen las manos

Fe, poder y el eco del abismo Trump acusa. El Papa responde. Pero si el demonio de Nietzsche tuviera razón —si todo debiera repetirse—, entonces la discusión no es moral ni política: es existencial. Y en ese terreno, incluso Dios ha dejado de ser refugio. Hay noches...

Perú: La democracia que aprendió a no molestar

Perú: La democracia que aprendió a no molestar

No hubo golpe ni ruptura visible. Solo una acumulación de gestos legales, decisiones opacas y acuerdos tácitos que fueron vaciando el conflicto hasta volverlo innecesario. En el Perú, la democracia no se quebró: aprendió a funcionar sin incomodar a nadie… salvo a...

Israel, Irán y la herencia que nunca se repartió

Israel, Irán y la herencia que nunca se repartió

Donde la guerra no empieza con misiles… sino con interpretaciones Antes de Gaza, antes de Teherán, antes de las fronteras: hubo una promesa. Y, como toda promesa mal leída —como toda promesa convertida en propiedad—, terminó dividiendo lo que alguna vez fue uno. Hay...

Vietnam no tenía scroll

Vietnam no tenía scroll

Donde la guerra antes dolía… y hoy apenas se desliza Hubo un tiempo en que la guerra entraba en la casa sin pedir permiso. Hoy entra también… pero nadie la deja quedarse. Esta mañana abrí el teléfono. No buscaba nada. Y encontré todo. Un misil cayendo en Medio...