El mundo angosto: entre la bomba y el olvido

Jun 17, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

“El mundo se hizo ajeno cuando los poderosos decidieron que vivir con dignidad era una amenaza.”

Hubo un tiempo en que la tierra era ancha, y el hombre podía andar por ella con la frente alta, sin temer que el cielo se abriera para arrojarle fuego. Pero ese tiempo quedó atrás. Hoy el mundo se ha encogido, no por obra del destino ni del hambre de los pueblos, sino por la mano tenaz de los imperios, que angostan caminos y ensordecen voces. Lo que fue campo, río, montaña o ciencia ahora es blanco militar. Lo que fue patria, hoy es punto estratégico. Lo que fue vida, es objetivo.

Así vive Irán, como si caminara con la espalda expuesta en un terreno de minas. Así despierta Teherán, no con el canto del almuecín ni el bullicio de los bazares, sino con el estruendo de los drones que parten el cielo y siembran ceniza. La madrugada cae, pero no trae descanso: es la hora elegida por la maquinaria invisible, la hora del cálculo y la puntería. Israel ha lanzado su ataque, el más vasto, el más afilado, el más coordinado. No vino por una sola cabeza ni por una base solitaria: vino por todo. Por científicos, por centrales nucleares, por laboratorios, por antenas, por la noche.

Y, sin embargo, en esa noche —entre la sangre y el polvo— también se oyen voces que no se apagan. Voces como las que narraba Ciro Alegría desde su Andamarca profunda. Voces que no tienen medios de prensa ni diplomáticos que las traduzcan en foros internacionales, pero que resisten igual, en la penumbra, entre los muros aún tibios de las casas bombardeadas.

En Gaza también amanece con olor a escombros. Palestina no necesita de ataques sorpresivos: su agonía es diaria, rítmica, persistente. Le han quitado el mar, le han cortado los caminos, le han cercado los olivos, y aun así respira. Cada niño palestino nace con una piedra en la mano y una pregunta en la mirada: ¿cuánto más puede resistir un pueblo antes de desaparecer?

Y, sin embargo, persisten. Como persistía el pueblo de Rumi en El mundo es ancho y ajeno, cuando las empresas querían arrebatarles la tierra con escrituras mentirosas y policías de rostro mestizo. Persisten como los comuneros que sembraban contra la lógica del despojo y morían sin dejar de decir: “Esta tierra es nuestra”. Persisten como los científicos de Natanz, que reconstruyen lo destruido, sabiendo que volverá a caer.

Israel dice defenderse. Pero ¿de qué se defiende quien avanza sobre otro con tecnología de punta y pacto de inmunidad? ¿Puede hablarse de defensa cuando el otro ni siquiera tiene escudo? ¿Dónde empieza la amenaza: en una centrifugadora de uranio o en el acto de querer ser libre? La pregunta no es militar. Es moral.

El mundo, desde lejos, mira con frialdad. Los noticieros lo resumen en cifras: cinco instalaciones atacadas, ocho científicos muertos, dos bases destruidas. Como si la muerte pudiera medirse. Como si la dignidad tuviera un valor cotizable. Pero debajo de esas cifras hay hombres con nombre, mujeres con hijos, jóvenes que soñaban con escribir tratados de física y terminaron convertidos en polvo bajo las baldosas rotas.

La historia de Irán y Palestina no es distinta a la de tantas otras patrias reducidas. También fue así en Andamarca: una comunidad milenaria, ligada a la tierra por la savia y por el rito, fue despojada sin balas, pero con leyes. También allí se usó la palabra progreso para justificar el saqueo. También allí se escondió la injusticia tras la letra impresa. El agravio tiene muchas formas, pero siempre la misma raíz: la soberbia de quien cree que su poder lo vuelve dueño de lo ajeno.

Hoy, esa soberbia se disfraza de dron, de misil, de tratado firmado en capitales remotas. Y el mundo se achica. Se vuelve angosto, como una garganta seca, como un callejón sin salida. Porque cuando un pueblo no puede decidir su destino, el mundo no le pertenece. Se le vuelve ajeno, como decía Alegría, pero también se le vuelve cárcel.

Y, sin embargo, en los resquicios, en las ruinas, brota algo. A veces es apenas un susurro. A veces, una canción. A veces, una resistencia que no necesita fusiles, solo memoria. La memoria de que la tierra no se hereda del Estado ni del ejército, sino de los muertos que la abonaron. La memoria de que la ciencia no es pecado ni la fe es delito. La memoria de que vivir con dignidad no debería ser un acto subversivo.

La tierra, aunque la rompan, guarda. Guarda nombres, huellas, raíces. Guarda también las injusticias, como cicatrices que no cierran. El bombardeo pasará, como pasaron antes los conquistadores, los virreyes, los dictadores. Pero el pueblo queda. Quedan los que lloran, sí. Quedan los que entierran a sus hijos, sí. Pero quedan también los que siembran. Y un pueblo que siembra, aunque sea en escombros, no ha sido vencido.

El mundo se hizo ajeno cuando los poderosos decidieron que vivir con dignidad era una amenaza. Alegría lo dijo con otras palabras, con montañas y arados, con comuneros y chacras. Hoy lo repetimos desde Oriente, con otros rostros, otros idiomas, pero la misma herida. Porque el despojo cambia de forma, pero no de intención. Y mientras haya quien lo nombre, el olvido no triunfará.

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