Y en el principio fue la tierra (de otro)

Jun 16, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

“Y Jehová dijo: Esta tierra te la doy a ti y a tu descendencia, aunque ya esté habitada por otros. No importa, tú reclámala en mi nombre.”

—Libro apócrifo del Sionismo, capítulo I, verso 1

Hay historias que se escriben con tinta, otras con sangre. Y algunas, como la del sionismo, con versículos. En nombre de la palabra sagrada, se ha edificado un Estado, legitimado una ocupación, bombardeado una ciudad y desfigurado un pueblo. Todo comenzó, según dicen, con una promesa divina: una tierra que fluía leche y miel, pero antes tuvo que fluir sangre.

En las Escrituras, Dios prometió a Abraham una tierra. No se aclara si Abraham preguntó si estaba deshabitada. Tampoco si consultó a los cananeos, jebuseos o filisteos. Ni falta que hacía: cuando un dios promete, no se firma escritura.

La tierra que fluía… pero con fronteras

El sionismo moderno nació mucho después, cuando los judíos europeos —acosados por el antisemitismo del siglo XIX— decidieron que la única forma de vivir era tener un país propio. Herzl lo escribió con claridad: “el pueblo judío necesita una patria”. Lo que no dijo tan fuerte fue que esa patria ya tenía nombre, lengua, hijos y cementerios: se llamaba Palestina.

Pero los nacionalismos tienen buena prensa cuando visten de víctima, y mejor aun cuando visten de profecía. Así que el sionismo se convirtió en misión divina, y Palestina pasó de ser una tierra a ser una deuda de Dios con su pueblo elegido.

“Y los que allí vivían serán como sombra, como polvo que el viento disipa… porque grande es tu heredad.”

—Salmo del Fundador, edición adaptada para colonos

Y dijo Herzl: Hágase el Estado

En 1948, se cumplió la profecía. Nació Israel. Y con él, la Nakba, el éxodo palestino. Más de 700.000 personas huyeron o fueron expulsadas. Los que volvieron encontraron sus casas ocupadas, sus aldeas borradas del mapa, sus cementerios clausurados por urbanizaciones. A cambio, recibieron una nueva categoría: refugiados eternos.

Pero el relato oficial hablaba de “retorno histórico”, de “rescate espiritual”, de “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”. Frases bonitas para la diplomacia, mentiras crueles para la memoria.

Gaza: apéndice del Apocalipsis

Lo que vino después fue un rosario de guerras, pactos rotos, intifadas y embargos. En 2023, la historia volvió a repetirse con furia bíblica: Hamás atacó, Israel respondió. Y lo hizo como ya es costumbre: arrasando Gaza hasta sus huesos. Hospitales destruidos, escuelas convertidas en polvo, cuerpos bajo los escombros. Los muertos dejaron de ser noticia, y los vivos dejaron de ser visibles.

Las bombas no caían: se cumplían. Y con cada explosión, los profetas del poder abrían el Antiguo Testamento y encontraban justificación:

“Y destruirás sus ciudades, y no dejarás piedra sobre piedra, porque grande es tu heredad.”

—Versión del Ministerio de Defensa, edición profética revisada

La guerra santa de los drones

Ya no hay arpas ni trompetas. El dios de hoy opera con misiles guiados por satélite, con escudos antimisiles financiados por potencias extranjeras y con discursos que suenan a sermón pero huelen a gas lacrimógeno.

En 2025, el conflicto escaló hasta el cielo: Israel bombardeó Irán, el nuevo Amalec. No importó que murieran civiles o que el mundo temblara: cuando el relato es sagrado, todo crimen es necesario.

Las escrituras lo permiten todo. A veces parecen escritas no por profetas, sino por estrategas.

“Y en el nombre de la seguridad, harás guerra. Y en nombre del dolor, ocuparás. Y en nombre del amor, te blindarás.”

—Evangelio según el Tanque Merkava

La paradoja del elegido

El drama del sionismo es que nació como escudo contra el odio, y se transformó en espada. Lo que fue ideado para salvar a un pueblo, hoy justifica el sufrimiento de otro. La víctima se volvió carcelero. La promesa, sentencia.

Pero no todo está perdido. También hay rabinos que denuncian la ocupación. Judíos que marchan por la paz. Palestinos que enseñan hebreo en campamentos de refugiados, como un acto de resistencia. Porque si la Biblia fue usada para dividir, tal vez pueda volver a unir.

O tal vez no. Tal vez haya que escribir nuevos libros, nuevos testamentos sin dioses belicosos ni profetas nacionalistas.

Desdivinizar la tierra

El conflicto en Medio Oriente no necesita más revelaciones ni versículos. Necesita memoria, justicia y humanidad. Porque el cielo prometido solo sirve cuando hay tierra compartida.

Y quizás algún día, alguien escriba:

“Y miraron unos a otros, y dijeron: ¿Por qué pelear, si todos somos polvo del mismo suelo? Y no hubo más guerra, ni muros, ni patrias exclusivas.”—Libro de los Nadie, capítulo final

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