La confusión del poder: comercio, ego y el nuevo orden global

May 24, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

El mundo cambió. Algunos líderes no.

El enfrentamiento comercial entre Estados Unidos y China no es solo una disputa económica: es el reflejo de un liderazgo atrapado en la nostalgia, incapaz de comprender las dinámicas de un planeta que ya no gira sobre el mismo eje.

En esta época donde los discursos suenan más fuerte que los argumentos, y la política se parece peligrosamente a una función de Broadway mal ensayada, Donald Trump ha decidido ser el director, el actor y el apuntador. La última obra que protagoniza tiene título y antagonistas: América primero, y el villano de turno es China. El guion es simple, casi infantil: si no eres el primero, eres víctima.

Nostalgia como estrategia

Trump no inventó el miedo, pero supo embotellarlo. Lo vendió con eslóganes, lo adornó con banderas y lo recitó como si fuera evangelio. Make America Great Again no fue una promesa: fue una súplica. Una que apeló a la nostalgia imperial de quienes creen que el mundo debería seguir girando alrededor de Washington. Cualquier cambio en ese centro de gravedad es interpretado como amenaza.

China: la superpotencia que no llegó con tanques

China no irrumpió con misiles, sino con fábricas, rutas comerciales, préstamos e ingeniería. Mientras Estados Unidos se miraba el ombligo, el gigante asiático tejía alianzas, construía puertos, electrificaba trenes. Propuso una nueva ruta de la seda, sin romanticismos: con yuanes, cemento y diplomacia paciente.

Trump, empresario de temperamento y escasa lectura, respondió como lo haría en sus negocios: con amenazas. No entendió (o no quiso entender) que en el comercio internacional no se gana humillando al otro, sino cooperando. Activó su artillería: los aranceles. Poco importaron las consecuencias —ni siquiera que las propias empresas estadounidenses resultaran perjudicadas—. Lo esencial era el gesto. El golpe de puño. La foto.

Realities, tratados y otras confusiones

La economía no funciona como un reality show. Los aliados no son empleados. Los tratados internacionales no pueden romperse como si fueran contratos de alquiler. El daño no se mide solo en números rojos, sino en confianza perdida.

Mientras Estados Unidos se atrinchera tras sus aranceles punitivos, el mundo observa: el país que hablaba de libertad de mercado ahora desconfía del mercado cuando no le conviene.

Globalización no es renuncia, es reconfiguración

Uno de los grandes errores contemporáneos es creer que globalizarse es renunciar al poder nacional, cuando en realidad es ejercerlo de otro modo. En vez de construir liderazgo estratégico con reglas comunes, la respuesta estadounidense ha sido el repliegue. El aislamiento. El portazo. Más emoción que estrategia. Más reacción que visión.

Desde China, el espectáculo se sigue con otra lógica. Como escribe Ana Fuentes en Hablan los chinos, “China ha crecido vertiginosamente hasta convertirse en la segunda economía mundial. Una China tan nueva como milenaria que trata de superar los traumas del colonialismo, las hambrunas del Gran Salto Adelante y las atrocidades de la Revolución Cultural”.

No es ambición imperial: es búsqueda de estabilidad tras un siglo de sacudidas.

El frente interno: protestas, precios y contradicciones

En casa, las consecuencias no se disimulan. Las protestas contra su política comercial se multiplican. En ciudades enteras, ciudadanos se preguntan por qué pagan más por productos hechos en China, cuando fue decisión de sus propias empresas producir allá. Y no por ideología, sino por lógica de costos.

Trump reparte culpas: a México por los migrantes y la droga, a Canadá por manipular el comercio, a Europa por venderle más de lo que le compra. A todos les aplica la misma fórmula: aranceles. Confunde el déficit comercial con una herida provocada por otros, sin ver que es síntoma de una economía en transición.

Y mientras cierra las puertas a los bienes, guarda silencio sobre los servicios. Nada dice de las ganancias astronómicas que obtiene su país con Google, Amazon, Netflix o Apple. La balanza de servicios es favorable, pero eso no cabe en su narrativa. Porque Trump no busca comprender: busca imponer. Y convierte la política de Estado en política de ego.

La melancolía de un imperio confundido

Hay algo profundamente melancólico en todo esto. Trump encarna a un país que añora su pasado glorioso sin entender su presente. Que teme al cambio porque ya no lo controla. Que grita cuando debería escuchar. Y que insiste en un mundo unipolar donde solo él tiene voz.

Pero ese mundo ya no existe. China lo entiende. Europa lo sospecha. América Latina lo padece. Y los propios estadounidenses, los que votaron por Trump con la esperanza de recuperar una grandeza perdida, empiezan a notar que el precio de la nostalgia puede ser demasiado alto.

El verdadero riesgo: forma y fondo

El peligro mayor de esta guerra comercial no es solo económico. Lo más inquietante es el desprecio por las normas. La arrogancia en las formas. La banalización de las instituciones. Si el capricho se convierte en política exterior, si el aplauso de los votantes justifica cada desatino, el conflicto dejará de ser económico para convertirse en una deriva autoritaria.

¿Hay salida?

¿Puede Trump cambiar? ¿Puede escuchar al mundo, a sus jueces, a sus críticos, incluso a sus aliados? Las señales son desalentadoras. La lógica del empresario no reconoce matices: solo le interesan las ganancias inmediatas. Pero gobernar un país —y más aún, una potencia— no es dirigir una empresa. Exige responsabilidad, previsión y, sobre todo, empatía.

Tal vez lo que más se extraña hoy en la política internacional no son las buenas intenciones, sino la sensatez. La capacidad de distinguir entre enemigo y competidor. Entre defensa y paranoia. Entre liderazgo y autoritarismo. Porque si la democracia se vuelve espectáculo, y los líderes se convierten en celebridades, el mundo será un gran teatro, sí. Pero sin telón, sin guion y —lo más grave— sin salida.

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