La historia de la batalla que quebró el acero alemán

May 13, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

La investigación histórica de la Gran Guerra y la Segunda Guerra Mundial ha ocupado un lugar privilegiado en mi biblioteca. Recuerdo los libros encuadernados de hojas amarillentas, los CD de documentales que veíamos una y otra vez junto a mi hijo. Entre todos esos tomos, uno se convirtió en mi refugio y mi despertar: Vasili Grossman. Leerlo era como presenciar la guerra con los ojos del pueblo, con la mirada del soldado agotado, de la madre que espera, del obrero que combate. Por eso, escribir hoy sobre Stalingrado, cuando se conmemoran 80 años de la toma de Berlín por el Ejército Rojo, es también hablar de la verdad que se eleva por encima de la propaganda: sin Stalingrado, la historia sería otra. Sin ese crisol de fuego, sangre y resistencia, no existiría el mapa actual de Europa.
Stalingrado: el corazón endurecido de la victoria
A finales de agosto de 1942, la Wehrmacht lanzó su ofensiva contra Stalingrado. No era solo una conquista estratégica: era una declaración simbólica, un intento de destruir no solo una ciudad, sino el espíritu de toda una nación. Stalingrado, que llevaba el nombre del líder soviético, debía caer para que el Reich triunfara también en el plano psicológico y moral.
Pero la ciudad no se rindió. Fue bombardeada, arrasada, convertida en ruinas humeantes. En esas ruinas se gestó la epopeya: francotiradores soviéticos camuflados entre escombros, fábricas convertidas en fortalezas, madres e hijos alimentando soldados con lo poco que quedaba. El invierno llegó como un aliado invisible. El Volga congelado fue cruzado por tanques soviéticos; las columnas del Ejército Rojo rodearon la ciudad en noviembre.
El 31 de enero de 1943, el mariscal Friedrich Paulus y lo que quedaba del Sexto Ejército alemán se rindieron. Más de 250,000 soldados nazis habían sido cercados. La maquinaria alemana, que parecía invencible, se detuvo. En ambos bandos, cientos de miles de muertos. Pero la URSS aún resistía. Había nacido la contraofensiva.

La verdadera historia del fin del Reich
Como escribió Vasili Grossman en sus crónicas para Estrella Roja, lo que ocurrió en Stalingrado no fue simplemente una victoria militar: fue una redención. “No se puede comprender la guerra sin comprender la tierra”, decía. En cada ladrillo de Stalingrado había una vida dispuesta a no rendirse.
Y, sin embargo, la historia oficial de los vencedores intentó borrar esta verdad. Como bien señala Atilio Boron en su artículo conmemorativo, el relato dominante —forjado por Estados Unidos, el Reino Unido y Francia— se centra en el desembarco de Normandía como punto de quiebre del nazismo. Hollywood, los medios y las academias occidentales invisibilizaron deliberadamente que el coloso soviético sostuvo el frente más cruento del conflicto entre 1941 y 1944, en soledad, contra la maquinaria de guerra más poderosa del mundo.
La Operación Barbarroja, iniciada el 22 de junio de 1941, movilizó a más de tres millones de soldados alemanes a lo largo de un frente de casi 3,000 kilómetros. Recién tres años después, el 6 de junio de 1944, ocurrió el Día “D”. Para ese entonces, la URSS ya había resistido, contraatacado y liberado miles de kilómetros. Ya había vencido en Kursk, en Moscú, en Leningrado.
La Unión Soviética perdió 26 millones de vidas en la guerra. El Reino Unido, 450,000. Estados Unidos, 420,000. Las cifras son elocuentes. Fueron los soldados soviéticos los que pusieron el cuerpo. Fue el Ejército Rojo quien liberó Auschwitz, Majdanek y Treblinka. Fue el Ejército Rojo quien izó la bandera roja sobre el Reichstag.
El precio de la victoria: vidas, memoria y verdad
Stalingrado fue, como Borodino en 1812, el parteaguas de una civilización ante la barbarie. Sin embargo, el precio de esa victoria fue tan inmenso como silenciado. La distorsión narrativa que impera en Occidente es también una forma de violencia. Invisibiliza no solo a los soldados, sino al pueblo que resistió.
Grossman, cronista de esa tragedia, supo captar lo esencial: la guerra no se gana con generales; se gana con los hombres comunes. Y esos hombres —campesinos, mineros, obreros y estudiantes— resistieron en Stalingrado, avanzaron a Berlín y pusieron fin al mayor horror del siglo XX.
Berlín, 80 años después: la verdad como resistencia
Hoy se cumplen 80 años desde la caída de Berlín y la victoria final sobre el régimen nazi. Pero esa fecha no puede entenderse sin volver la vista a Stalingrado, el verdadero detonante de la derrota alemana. Fue en las orillas del Volga, no en las playas de Normandía, donde comenzó el colapso del Tercer Reich. Sin esa resistencia soviética, sin esa primera línea en la coraza nazi, no habría habido avance ruso sobre Europa Oriental ni bandera roja ondeando sobre el Reichstag.
Recordar hoy es resistir a la desmemoria. En un contexto donde resurgen los discursos del odio, la exaltación del autoritarismo y el revisionismo histórico, recordar Stalingrado no es solo un acto de justicia: es también una trinchera moral. Grossman, con su pluma impregnada del polvo de la batalla, nos enseñó que la verdad no muere si hay quienes estén dispuestos a narrarla.
Esa es nuestra tarea hoy, ochenta años después: contar lo que fue. Decir lo que hicieron. Recordar quiénes verdaderamente salvaron al mundo del nazismo.

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