La faux capitalista: un análisis del régimen chino y sus costos sociales

May 13, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista

 

La noción de que China opera bajo un sistema capitalista puede parecer una provocación más que una afirmación seria. Es cierto: hay rascacielos que brotan como arrozales en primavera, bolsas que no descansan ni en domingo y CEOs que visten Armani mientras citan a Confucio. Pero debajo del neón y del cemento late un corazón rígido, antiguo, blindado con ideología. Afirmar que existe un capitalismo pleno en China es, en palabras que bien podrían pertenecer a Benedetti, como llamar “libertad” al horario de salida de una fábrica sin sindicato.
La trayectoria hacia el capitalismo: costos y sacrificios
La evolución del gigante asiático hacia lo que algunos consideran una economía de mercado ha sido tan dolorosa como meticulosamente planificada. El siglo XX chino no fue amable con sus habitantes. La Revolución Cultural (1966-1976), ese experimento ideológico orquestado por Mao Zedong, no solo arrasó con los “cuatro viejos” —ideas, cultura, costumbres y hábitos—, sino también con millones de vidas. Intelectuales, artistas, académicos: perseguidos, humillados, encarcelados o ejecutados. Las universidades cerraron, y con ellas, el pensamiento libre. El pueblo aprendió que pensar podía costar caro; que el silencio era una forma de supervivencia.
No fue solo una purga política, sino una cirugía de la memoria colectiva. El culto a Mao transformó la historia en un guion de partido único, donde incluso el dolor debía obedecer la lógica de la revolución. Cuando finalmente llegó la apertura, en los años 80, fue una apertura con condicional: sí al mercado, pero no a la democracia. El régimen aprendió a hablar en el idioma de las inversiones, sin dejar de pensar en mandarín autoritario.
Fábrica del mundo, laboratorio de control
China se convirtió en la fábrica del mundo. Exportaba productos baratos, pero también un modelo: crecimiento sin derechos, modernidad sin democracia, eficiencia sin debate. El Partido, en un acto magistral, recicló su herencia imperial: ya no hay emperadores con trono, sino burócratas con poder absoluto y relato histórico. El culto a Mao mutó en culto al desarrollo. Hoy, el nacionalismo se mide en megaproyectos, en estadísticas macroeconómicas y en la infalibilidad de la narrativa oficial.
Huawei compite con Apple, pero sin la carga del debate interno. DJI domina el cielo de los drones con algoritmos que nunca cuestionan. TikTok educa a adolescentes occidentales en la estética del vacío, mientras sus programadores en Beijing trabajan bajo la atenta mirada de los censores. Alibaba y JD.com ofrecen consumo sin fricción, logística sin demora y vigilancia sin error. Tencent, con WeChat, ya ha demostrado que no se necesita una constitución si se controla una app.
No es solo que China fabrique para Nike, Adidas, H&M o Zara; es que también crea sus propias marcas —Shein, Temu, Anker— y las exporta con precisión quirúrgica. Han logrado diseñar un “capitalismo de imitación original”, donde los clones no son copias, sino mejoras con bandera roja. El “Made in China” ya no es un estigma: es una declaración de fuerza, una prueba de que se puede conquistar el mundo sin soltar el timón ideológico.
Cada distrito tecnológico, cada zona franca de comercialización y exportación, lleva implícita una fórmula: sacrificio social, obediencia política y una paciencia histórica que solo puede sostenerse con narrativa férrea. El Partido no teme al mercado, siempre que el mercado no le hable de derechos. Se construyó un capitalismo de partido único, un oxímoron funcional que transforma represión en eficiencia y control en estabilidad. Y lo más sorprendente: funciona, al menos en términos de PIB.
La educación y el desarrollo de talentos
En este laboratorio de control, la educación es también un engranaje. El régimen comprendió que el talento no se improvisa: se diseña. Desde los años de Deng Xiaoping, China ha invertido en universidades técnicas, institutos de ingeniería, y programas donde el mérito importa siempre que no cruce la línea ideológica. La producción de ingenieros en masa sostiene no solo a Xiaomi, sino al ejército de programadores que alimentan la maquinaria de Baidu y la ciberdefensa nacional.
Los campus tecnológicos de Huawei en Shenzhen se asemejan más a ciudades futuristas que a escuelas, y sin embargo, funcionan como fábricas de obediencia creativa. Allí, la innovación ocurre dentro de un perímetro custodiado. El régimen no prohíbe pensar; simplemente define el rango de lo pensable.
Pero incluso aquí hay fracturas. Las zonas rurales siguen desprovistas del mismo acceso educativo que ostentan las grandes ciudades. Y esta brecha, lejos de cerrarse, se convierte en una grieta por la que se cuela la desigualdad. El talento existe, sí, pero no siempre tiene la oportunidad de expresarse. El futuro de China depende de cuánto talento esté dispuesto a servir sin cuestionar.
Liu Xiaobo: el producto que no se exporta
Liu Xiaobo fue lo que China no sabe exportar: disidencia con dignidad. Mientras se llenaban los puertos con millones de contenedores de productos Anker, Oppo y TCL, su voz quedaba encerrada tras los barrotes, clasificada como “riesgo interno”. Su Nobel de la Paz fue recibido con silencios, bloqueos digitales y una certeza fría: no hay espacio para la libertad cuando el modelo se basa en el control total de lo visible y lo decible.
Su muerte, en prisión y en silencio, fue una advertencia tácita: el progreso no absuelve la represión. El régimen puede digitalizar la economía, pero no permite humanizar la política.
Epílogo con código de barras
China no es el paraíso del capitalismo ni su herejía. Es una criatura posmoderna: híbrida, calculadora, eficaz. Ha conseguido que el mundo acepte productos sin derechos humanos como si fueran promociones flash de AliExpress. Y mientras eso ocurre, exporta un modelo sigiloso: poder sin democracia, algoritmo sin ética, mercado sin ciudadanía.
El nuevo emperador no lleva corona, sino un informe de crecimiento en PDF. Y mientras tanto, en Silicon Valley miran con una mezcla de admiración y temor cómo ByteDance redefine la atención humana con videos de quince segundos.
¿Y Occidente? Mira, aplaude, compra, y a veces imita. Trump lo hizo a su manera: defendiendo a los obreros con discursos que no resistían auditoría moral. Cerró fronteras, persiguió migrantes, declaró guerras comerciales… pero nunca dejó de consumir. La ironía es que, en nombre del pueblo, ambos sistemas terminan pareciéndose cuando la libertad se convierte en un producto secundario.
En el fondo, la pregunta no es si China es capitalista. Es si el mundo está dispuesto a seguir comprando ese modelo con envío gratuito y sin garantías de devolución.

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