Petro: el revolucionario que terminó incendiando su propia revolución

Ago 10, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Hay presidentes que abandonan el poder por la puerta principal. Otros salen buscando culpables por las ventanas.

Gustavo Petro parece haber elegido una tercera posibilidad. Marcharse convencido de que el problema nunca estuvo en él, sino en un país que finalmente dejó de comprenderlo.

Es una vieja enfermedad del poder latinoamericano. Comienza cuando el gobernante deja de preguntarse qué hizo mal y empieza a preguntarse quién conspira contra él. Desde ese momento, cada fracaso necesita un culpable, cada crítica se convierte en una operación y cada adversario termina transformado en enemigo del pueblo.

Petro llegó a la presidencia con una biografía extraordinaria. Un antiguo militante del M-19 alcanzando democráticamente la Casa de Nariño era, aunque pocos quisieran reconocerlo, una formidable victoria de la democracia colombiana. El hombre que alguna vez creyó que las armas podían transformar la historia había conseguido algo mucho más importante con los votos.

Y allí estaba su gran oportunidad. Demostrar que el revolucionario había comprendido finalmente que gobernar era más difícil que rebelarse.

Pero ocurrió algo diferente.

El guerrillero abandonó la montaña. La montaña nunca terminó de abandonar al guerrillero.

Petro conservó una manera profundamente binaria de interpretar la política. Siempre parecía existir un opresor, una oligarquía, un colonialista, un golpista, un conspirador o algún poder oscuro dispuesto a impedir la transformación prometida. La realidad comenzó a organizarse alrededor de enemigos.

Y cuando un presidente necesita demasiados enemigos para explicar su gobierno, quizá el problema ya no sean los enemigos.

Quizá sea el presidente.

El presidente del universo

Gobernar Colombia, además, pareció quedarle chico.

Petro habló del capitalismo mundial, de la humanidad, del cambio climático, de Palestina, de Donald Trump, del colonialismo, de Einstein y de matemática cuántica. Incluso encontró tiempo para reflexionar públicamente sobre mujeres que conectaban su cerebro con el clítoris.

No todos los presidentes consiguen semejante recorrido intelectual.

De Bolívar al clítoris. De Einstein al imperialismo. De la revolución social a la mecánica cuántica.

Mientras tanto, millones de colombianos esperaban algo bastante menos metafísico. Que gobernara Colombia.

Ese es uno de los defectos recurrentes del caudillismo latinoamericano. Los presidentes comienzan administrando un Estado y terminan interpretando el destino de la humanidad. Ya no gestionan problemas, protagonizan procesos históricos. No enfrentan opositores, combaten fuerzas oscuras. No cometen errores, padecen conspiraciones.

Hasta que el gobernante desaparece detrás del personaje.

Y Petro terminó enamorándose demasiado de Petro.

La democracia sirve hasta que perdemos

Existe además una contradicción mucho más incómoda.

Petro conoce perfectamente el significado histórico de sembrar sospechas sobre una elección.

Las denuncias alrededor de los comicios colombianos de 1970 alimentaron posteriormente el relato fundacional del M-19. Por eso cualquier intento de convertir una derrota electoral en una conspiración externa adquiere, en su caso, una gravedad especial.

Porque la democracia tiene una cláusula brutal que muchos dirigentes olvidan cuando llegan al poder.

También sirve para perder.

El problema es que algunos políticos aman tanto al pueblo que jamás consiguen perdonarlo cuando vota por otro.

Entonces aparece el fraude. Miami. Trump. Los empresarios. Los medios. La oligarquía. El imperialismo. El software.

Siempre aparece alguien.

Nunca el espejo.

Petro incluso volvió a desempolvar una de las palabras favoritas del museo político latinoamericano, virreinato. La cercanía de Abelardo de la Espriella con Donald Trump convertiría, según esa narrativa, a Colombia nuevamente en una dependencia extranjera.

Bolívar debe estar exhausto.

Llevamos doscientos años despertándolo cada vez que un político necesita explicar por qué perdió.

Las peligrosas guardias de la libertad

Más preocupante todavía resulta hablar de «guardias libertadoras».

Porque las palabras tienen memoria.

Y cuando las pronuncia un expresidente que militó durante años en una organización guerrillera, dejan de ser una simple extravagancia retórica.

Una democracia tiene ciudadanos, partidos, sindicatos, organizaciones sociales, Congreso, Justicia y fuerzas de seguridad sometidas al Estado. No necesita milicias emocionales alrededor de ningún dirigente, sean de izquierda o de derecha.

La historia latinoamericana debería habernos enseñado algo elemental. Casi todas las organizaciones creadas supuestamente para defender al pueblo terminaron alguna vez preguntándose quién merecía pertenecer a ese pueblo.

Y después señalaron a quienes quedaban afuera.

Petro fabricó a Abelardo

Pero aquí aparece la ironía más exquisita.

Quizá el legado político más incómodo de Petro tenga nombre propio, Abelardo de la Espriella.

Porque los extremos se necesitan.

Una izquierda que convierte permanentemente la política en una batalla moral termina fabricando una derecha que aprende exactamente el mismo idioma. Cambian los colores, las consignas y los enemigos, pero el mecanismo permanece intacto.

Mesías contra mesías. Pueblo contra antipueblo. Patriotas contra traidores. Revolucionarios contra reaccionarios.

Y el ciudadano queda atrapado en el medio, obligado a elegir quién grita más fuerte.

Petro quiso derrotar culturalmente a la derecha colombiana y puede terminar entregándole una derecha más agresiva, más teatral y más polarizante que aquella que encontró cuando llegó al poder.

Sería una extraordinaria paradoja.

El revolucionario fabricando a su contrarrevolucionario.

La última barricada

El verdadero problema de Petro nunca fue haber pertenecido al M-19. Colombia decidió democráticamente perdonarle ese pasado y permitirle competir por el poder. Eso habla mejor de la democracia colombiana que del propio Petro.

El problema fue otro.

Después de llegar al lugar más alto que podía alcanzar mediante las instituciones, nunca pareció abandonar completamente la necesidad psicológica de la barricada.

Necesitó enemigos. Necesitó luchas. Necesitó revoluciones. Necesitó sentirse protagonista de algo mucho más grande que un gobierno.

Porque administrar es aburrido. Obliga a mirar presupuestos, déficit, seguridad, corrupción, empleo, salud, carreteras y resultados. La revolución, en cambio, permite hablar de la humanidad.

Y la humanidad jamás reclama por un bache.

Gustavo Petro quiso cambiar Colombia y terminó intentando explicarle Colombia al mundo. Quiso convertirse en una referencia continental, quizá universal, mientras su propio país comenzaba a discutir qué vendría después de él.

Ahora llega la escena inevitable.

Se apagan los micrófonos, terminan los discursos y los seguidores guardan las banderas. Entonces aparece aquello que ningún relato revolucionario consigue evitar eternamente.

El balance.

Petro podrá culpar a Miami, a Trump, a la oligarquía, al colonialismo, al software electoral o a cuantos fantasmas encuentre todavía disponibles.

Pero existe un adversario al que ningún presidente consigue derrotar.

La realidad.

Y esa, lamentablemente para los revolucionarios, nunca milita.

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