El racismo francés: un país que no se reconoce frente al espejo

Jul 18, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

«Las naciones suelen juzgar a los demás por aquello que todavía no se animan a admitir de sí mismas.»

Francia se presenta ante el mundo como la cuna de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Tres palabras grabadas en cada edificio público, repetidas en cada ceremonia oficial y enseñadas como si fueran un patrimonio nacional incuestionable. Sin embargo, pocas sociedades viven una contradicción tan profunda entre el relato que construyen sobre sí mismas y la realidad que se observa en sus calles.

Porque el problema de Francia no comenzó con el fútbol. El fútbol simplemente lo hizo imposible de ocultar.

Cada vez que la selección francesa gana un Mundial, el discurso oficial celebra la diversidad. Los jugadores son presentados como la demostración de que la inmigración funciona, de que la República integra y de que todos son franceses sin importar el origen de sus padres.

Pero cuando esa misma selección pierde, el lenguaje cambia de manera inquietante.

Los mismos futbolistas que ayer eran héroes nacionales vuelven a convertirse, para una parte de la sociedad, en «africanos», «árabes» o «extranjeros». Ya no representan a Francia; representan aquello que algunos franceses nunca terminaron de aceptar.

Ese fenómeno revela una verdad incómoda.

No es la selección la que tiene un problema de identidad.

Es Francia.

La historia explica buena parte de esa contradicción. Durante siglos, Francia construyó uno de los imperios coloniales más extensos del mundo. Controló territorios en África, Asia y el Caribe. Millones de personas nacieron bajo la bandera francesa sin haber pisado jamás París. Cuando el proceso de descolonización terminó, muchos emigraron hacia la metrópoli convencidos de que también formaban parte de aquella República que tanto había hablado de igualdad.

Legalmente eran franceses.

Socialmente, muchas veces nunca dejaron de ser inmigrantes.

Ese es el verdadero espejo que Francia evita mirar.

Porque la discriminación actual no siempre adopta la forma brutal de un insulto. También aparece en los barrios segregados, en las dificultades para acceder al empleo, en los controles policiales desproporcionados, en los apellidos que reciben menos oportunidades y en la permanente sospecha de que algunos ciudadanos deben demostrar todos los días que pertenecen al país donde nacieron.

La selección nacional refleja esa complejidad.

Muchos de sus jugadores son hijos o nietos de inmigrantes procedentes de Senegal, Camerún, Argelia, Mali, Marruecos o Guinea. Nacieron en Francia, crecieron en Francia y fueron formados por clubes franceses. Jurídicamente no representan otra nación. Representan exactamente a la Francia contemporánea.

Pretender que «esa no es la verdadera Francia» implica desconocer décadas de historia demográfica y social.

Sin embargo, también existe otro extremo que conviene evitar.

Reducir toda crítica a la selección francesa únicamente al racismo también simplifica una realidad mucho más compleja. Hay debates legítimos sobre integración, identidad nacional, políticas migratorias y cohesión social. Es posible discutir esos temas sin convertir el origen étnico en un argumento de exclusión.

El problema comienza cuando el pasaporte deja de ser suficiente y el color de piel pasa a definir quién merece ser considerado francés.

Allí desaparece la igualdad.

Y cuando desaparece la igualdad, también comienza a vaciarse la República.

Quizá por eso Francia vive una tensión permanente entre dos relatos.

Uno es el que exporta al mundo. El país de la Revolución Francesa, de los derechos humanos y del universalismo republicano.

El otro aparece cada vez que una crisis económica, un atentado o una derrota deportiva obligan a buscar responsables. Entonces resurgen viejos fantasmas que nunca terminaron de desaparecer. Los descendientes de inmigrantes vuelven a ser señalados como si fueran invitados temporales y no ciudadanos de pleno derecho.

La paradoja es evidente.

Francia conquistó medio mundo durante siglos. Hoy sigue discutiendo si ese mismo mundo puede ser realmente francés cuando vive dentro de sus propias fronteras.

Quizá el mayor adversario de Francia no sea la inmigración.

Sea el espejo.

Porque un país verdaderamente fuerte no es el que proclama igualdad en sus monumentos, sino el que es capaz de reconocerla cuando observa el rostro de todos sus ciudadanos.

Y mientras esa imagen siga resultándole incómoda, el problema nunca estará en la selección francesa.

Estará en una nación que todavía no termina de reconocerse a sí misma.

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