La conversación comenzó cuando José María Arguedas dijo que el Perú era un país que todavía no había terminado de mirarse al espejo.
Nadie respondió.
Estábamos sentados alrededor de una mesa imposible. Afuera podía ser Lima, Ayacucho, Arequipa, Mendoza o algún lugar de la memoria. En esa clase de reuniones la geografía importa poco. César Vallejo tenía las manos sobre la mesa y esa tristeza antigua de quien parece haber nacido recordando algo. Julio Ramón Ribeyro fumaba apartado, observándonos como si ya estuviera escribiendo el cuento de nuestro fracaso. Mario Vargas Llosa escuchaba con esa atención previa a la discrepancia. Arguedas permanecía ligeramente inclinado hacia adelante.
Yo había cometido la imprudencia de hacer la pregunta.
—¿El Perú es racista?
Ribeyro sonrió.
—Has preguntado si el agua moja.
Vargas Llosa intervino.
—El problema comienza cuando creemos que el racismo peruano puede explicarse solamente por el color de la piel.
Arguedas levantó la mirada.
—Porque también es desprecio.
Y allí comenzó realmente la conversación.
Arguedas sabía de qué hablaba. Había conocido un Perú dividido no únicamente por la geografía, sino por algo bastante más jodido. Un país donde hablar quechua podía colocarte inmediatamente varios escalones debajo de quien pronunciaba mal el castellano, pero lo pronunciaba convencido de ser gente decente. Porque en el Perú inventamos hasta eso, la “gente decente”, como si los demás hubieran nacido con antecedentes.
—Al indio —dijo Arguedas— no solamente quisieron quitarle la tierra. Intentaron convencerlo de que debía avergonzarse de ser quien era.
Vallejo movió lentamente la cabeza.
—Y algunos terminaron creyéndolo.
Entonces Arguedas recordó algo. En reuniones entre serranos podía hacerse el blanquito. Cambiaba el registro, tomaba distancia, se ponía medio pituco y dejaba aparecer incluso ese desprecio hacia el cholo que tantas veces había visto circular entre los propios peruanos. Pero cuando se encontraba entre blanquitos hacía exactamente lo contrario. Defendía al cholo, al indio, al serrano. Los jodía. Les devolvía sus prejuicios sobre la mesa y esperaba.
La cosa no siempre terminaba bonito. Alguna bronca le costó. Pero también le permitió comprender algo que ninguna biblioteca podía enseñarle.
El Perú cambiaba dependiendo de la mesa en la que uno se sentara.
—Entonces te hacías el huevón —le dije.
Arguedas sonrió.
—A veces hacerse el huevón es una excelente manera de descubrir quién es realmente el huevón.
Ribeyro soltó una carcajada. Vargas Llosa apenas sonrió.
Aquello era mucho más perturbador. Entre quienes despreciaban al cholo bastaba parecer uno de ellos para que el desprecio perdiera la vergüenza. Pero entre quienes habían sufrido ese desprecio también aparecían otras jerarquías, otros prejuicios y, por supuesto, algún peruano colocado todavía más abajo.
Arguedas había descubierto algo terrible. En el Perú casi todos podían ser choleados y casi todos podían encontrar a alguien a quien cholear.
Nuestro racismo tiene imaginación. No necesita siempre un hombre blanco. A veces basta un mestizo un poquito más claro, un apellido que suene mejor, un colegio privado, un barrio, una universidad, un carro, una tarjeta o un cargo público. Cualquier huevada sirve cuando alguien necesita convencerse de que subió un peldaño.
—Entonces no hablamos solamente de raza —dije.
—Nunca hablamos solamente de raza —respondió Ribeyro—. En el Perú hasta el desprecio tiene clase social.
Me reí. Arguedas no. Él conocía demasiado bien aquella tragedia.
Durante siglos construimos una escalera imaginaria. Arriba estaban quienes se consideraban blancos, aunque algunos fueran blancos solamente hasta que llegaba un blanco de verdad. Después venían los blanquiñosos, los mestizos que aspiraban a blanquearse un poquito más, los cholos, los serranos, los indios. Y en algún lugar que nuestra historia se encargó de esconder durante demasiado tiempo, los negros.
Lo extraordinario era que casi todos miraban hacia arriba con resentimiento y hacia abajo con desprecio.
Vallejo rompió el silencio.
—Qué manera tan cojuda de sentirnos importantes.
Pensé entonces en una palabra profundamente peruana.
Cholo.
Puede ser abrazo o insulto. “Mi cholito” puede contener todo el cariño del mundo y “cholo de mierda” puede resumir quinientos años de desprecio. La misma palabra, el mismo país, dos Perús. Puede significar pertenencia, orgullo, procedencia o inferioridad dependiendo únicamente de quién la diga, cómo la diga y desde qué escalón imaginario crea estar diciéndola.
Pocas palabras explican mejor al Perú.
Entonces Arguedas miró a Vargas Llosa.
—Tú también te fuiste.
Mario arqueó las cejas.
—Como tantos peruanos.
—No hablo de viajar.
Todos entendimos.
—Si estás hablando de España, nunca renuncié al Perú.
—He dicho que te fuiste, Mario. No que renunciaste.
Ribeyro sonrió detrás del humo.
La precisión era necesaria. Vargas Llosa nunca dejó jurídicamente de ser peruano. Adquirió también la nacionalidad española. Pero Arguedas no estaba discutiendo pasaportes. Estaba hablando de una distancia bastante más difícil de medir.
—Hay muchas maneras de alejarse de un país —continuó—. Algunas requieren un avión. Otras solamente necesitan comenzar a mirar aquello de donde vienes como si perteneciera a un tiempo que debe ser superado.
Vargas Llosa se acomodó en la silla.
—Eso es injusto. He escrito sobre el Perú toda mi vida.
—Precisamente.
Arguedas lo miró serenamente.
—A veces pienso que amas profundamente al Perú, Mario. Pero no sé si amas todos sus Perús de la misma manera.
La frase quedó suspendida. Vallejo levantó los ojos. Ribeyro dejó de fumar.
—¿Me estás llamando racista?
—No. Sería demasiado fácil.
Y también demasiado cómodo.
El racismo peruano rara vez necesitó presentarse con uniforme. A veces llegó bien vestido, perfumado, educado en colegio caro, con apellido compuesto y una extraordinaria capacidad para explicar por qué determinadas costumbres eran primitivas, ciertas maneras de hablar eran vulgares y algunos peruanos necesitaban ser modernizados por otros peruanos.
El racismo pituco rara vez grita. Clasifica.
No hace falta insultar al cholo, basta con no invitarlo. No hace falta decirle serrano, basta preguntarle de qué parte de Lima es y poner cara de circunstancia cuando responde Huancavelica. No hace falta echarlo. Para eso inventamos frases más elegantes.
“Nos reservamos el derecho de admisión.”
El desprecio también aprendió buenos modales. Y hasta podía escribirse con magnífica prosa.
—Yo he defendido un Perú de todas las razas —respondió Vargas Llosa.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo tu acusación.
—No te estoy acusando. Estoy preguntando quién decide qué significa progresar.
—Las sociedades cambian. Se mezclan. Se transforman. Tampoco podemos convertir al mundo andino en un museo.
Arguedas lo miró.
—Mezclarse no significa desaparecer.
—Las sociedades necesitan modernizarse.
—¿Modernizarse hacia dónde?
—Hacia sociedades abiertas, libres, capaces de superar estructuras arcaicas.
Arguedas apoyó lentamente las manos sobre la mesa.
—¿Y quién decide qué parte de nosotros es arcaica?
Ahí apareció finalmente la grieta. No era una discusión entre un racista y un antirracista. Eso habría sido probablemente falso. Era algo mucho más peruano. Dos hombres podían amar profundamente al mismo país y, sin embargo, imaginar países completamente diferentes.
Arguedas parecía preguntarse cómo hacer entrar al Perú indígena en la modernidad sin obligarlo a dejar el poncho, el quechua y el alma en la puerta. Vargas Llosa parecía preguntarse cómo sacar al Perú de aquello que consideraba atraso sin quedar prisionero de la tradición.
Y entre ambas preguntas aparecía un peligro. Confundir modernización con superioridad, cosmopolitismo con elevación, Europa con adelante y los Andes con atrás.
Ribeyro apagó el cigarrillo.
—Mientras ustedes discuten sobre civilizaciones, en Miraflores algún huevón está decidiendo quién entra a la discoteca por la cara.
Nos reímos. Era una exageración y por eso mismo resultaba incómodamente cierta.
Vargas Llosa miró a Ribeyro.
—El problema, Julio, es que el cacaseno siempre necesita encontrar a otro más cacaseno que él.
Ribeyro levantó una ceja.
—Mira quién se acordó de sus arequipeñismos.
Mario sonrió.
—Es una buena palabra.
—Es una palabra muy peruana —dije.
—No —corrigió Ribeyro—. Peruano es lo que hacemos con ella.
Y ahí estaba otra vez el asunto.
Porque el Perú posee una extraordinaria capacidad para fabricar palabras que parecen inocentes hasta que alguien descubre que sirven para ordenar personas. Cholo, serrano, indio, negro, pituco, blanquiñoso, cacaseno. Algunas nombran procedencias, otras condiciones sociales, otras apenas insultan. Pero en determinadas bocas todas pueden cumplir la misma función. Dibujar una raya y decidir quién queda de este lado y quién del otro.
El racismo peruano rara vez necesita declararse racista. Prefiere los eufemismos.
“Buena presencia.”
“Gente como uno.”
“De buena familia.”
“Tiene facciones bonitas.”
“Parece extranjero.”
Y aquella frase formidable que sobrevivió generaciones.
“Hay que mejorar la raza.”
Como si enamorarse fuera un programa de blanqueamiento. Como si nuestras abuelas hubieran administrado secretamente una oficina de eugenesia familiar.
Entonces Vallejo me miró.
Hasta ese momento yo había tenido la comodidad del periodista. Preguntaba, escuchaba, provocaba y dejaba que fueran los muertos quienes se ensuciaran las manos.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—Hablas del racismo de los peruanos como si hubieras nacido en Suecia.
Ribeyro sonrió. Arguedas también. Vargas Llosa, por primera vez en toda la noche, parecía estar pasándola realmente bien.
—Buena pregunta —dijo.
Ahí me cagaron.
Miré mi vaso.
—¿Me están diciendo racista?
—Te lo estoy preguntando —respondió Vallejo.
Podía haberme palteado. Podía explicar que había vivido en distintos países, conocido otras culturas, escrito contra la discriminación y aprendido que ninguna procedencia concede superioridad moral sobre otra. Podía meterles un floro extraordinario.
No lo hice.
—Sí.
La respuesta pareció sorprenderlos.
—¿Sí qué? —preguntó Ribeyro.
—Sí. He sido racista.
Arguedas me observó.
—¿Y lo admites así nomás?
—¿Qué quieren que haga? ¿Que meta floro para quedar bien en mi propio relato?
Nadie respondió.
Yo había crecido en el Perú. Había escuchado “serrano” antes de comprender la geografía y “cholo” antes de comprender la antropología. Había oído hablar de “mejorar la raza” mucho antes de descubrir que aquella raza era una construcción bastante más absurda que científica.
Y seguramente alguna vez repetí algo. Una chapa, una broma, una palabra, un prejuicio, alguna huevada aprendida sin preguntarme quién me la había enseñado.
No iba a inventarme ahora una infancia moralmente impecable solamente porque tenía una computadora delante y podía escribir un ensayo contra el racismo.
—Entonces eres parte del problema —dijo Vargas Llosa.
Lo miré.
—Claro, pues.
Aquello pareció desconcertarlo más que cualquier defensa.
—¿Y eso no contradice todo lo que estás diciendo?
—Al contrario. Por eso puedo decirlo.
Arguedas sonrió.
—Ahora sí se puso buena la conversa.
Porque existe una trampa extraordinariamente cómoda cuando hablamos de racismo. Siempre creemos estar describiendo a otro.
El racista es el vecino, el pituco, el blanquito, el limeño, el rico, el ignorante, el viejo, el que no estudió, el que estudió demasiado, el de San Isidro, el de La Molina, el de provincia.
El otro.
Siempre el otro.
Nosotros jamás.
—Entonces —dijo Ribeyro— tenemos una mesa llena de racistas.
—No exageres —respondió Vargas Llosa.
Ribeyro aspiró el cigarrillo.
—Ya, una mesa llena de peruanos.
Nos cagamos de risa. Incluso Arguedas.
Y fue precisamente aquella broma la que terminó de arruinarme la noche porque escondía una verdad desagradable. Ninguno había nacido fuera de la sociedad que pretendíamos juzgar.
Arguedas podía denunciar el desprecio hacia el indio y reconocer las jerarquías que había aprendido a representar. Vargas Llosa podía defender un Perú de todas las razas y ser interrogado sobre su idea de modernidad. Ribeyro podía observar con extraordinaria lucidez las clases sociales limeñas sin escapar necesariamente de ellas.
Y yo podía escribir contra el racismo sin tener derecho a hacerme el cojudo y colocarme fuera del cuadro.
Entonces hice la pregunta que había evitado toda la noche.
—¿Y si el racismo peruano sobrevivió precisamente porque todos creemos que racistas son los otros?
Nadie respondió.
Había tocado el nervio.
Nos acostumbramos a imaginar el racismo como una fotografía donde aparecen claramente la víctima y el victimario. El blanco despreciando al indio, el rico humillando al pobre, Lima mirando por encima del hombro a la sierra.
Pero Arguedas había descubierto que la fotografía se movía.
El discriminado de ayer podía convertirse mañana en discriminador. El provinciano choleado en Lima podía regresar a su pueblo y serranear al campesino. El mestizo despreciado por el blanco podía despreciar al indígena. El peruano discriminado en Europa podía regresar al Perú y utilizar “serrano” como insulto.
La víctima podía cambiar de mesa y descubrir el pequeño y miserable placer de convertirse en verdugo.
Entonces comprendemos que el racismo no vive solamente en la piel. Vive en la jerarquía, en esa necesidad tan nuestra de sentir que, no importa qué tan abajo estemos, todavía queda algún pobre cristiano más abajo.
Arguedas volvió a hablar.
—Por eso intenté escribirlos.
—¿A quiénes?
—A los que nadie escuchaba.
Vallejo sonrió apenas.
Quizá toda literatura digna comience allí, dándole voz al hombre que alguien decidió que no merecía tenerla.
Miré alrededor de aquella mesa imposible. Arguedas llevaba consigo los Andes. Vallejo cargaba el dolor universal de un peruano que terminó muriendo lejos. Ribeyro conocía a los derrotados de Lima. Vargas Llosa había convertido nuestras contradicciones en una de las grandes materias de la literatura.
Y yo, que había llegado dispuesto a preguntarles por el racismo, había terminado confesando el mío.
—Entonces, ¿qué somos? —pregunté.
Esta vez ninguno contestó.
Afuera amanecía. Tal vez porque después de doscientos años de República todavía seguimos intentando responderlo.
Somos indígenas y españoles, negros y asiáticos, europeos y amazónicos, migrantes y mestizos. Somos todas esas sangres, aunque hayamos repetido tanto la frase que olvidamos la brutalidad de su significado.
Somos el país que puede sentirse orgulloso de Machu Picchu y avergonzarse del apellido quechua del compañero de colegio. El que vende la imagen de una cholita con pollera en una postal para turistas y después le pregunta a esa misma mujer qué hace sentada en determinado restaurante. El que convierte la diversidad en Marca Perú y la diferencia en motivo de exclusión.
Arguedas se levantó primero. Antes de marcharse miró a Vargas Llosa. Después me miró a mí.
—El problema nunca fue que fuéramos diferentes.
Esperé.
—El problema fue que nos enseñaron que algunas de esas diferencias valían más que las otras.
Vallejo salió detrás de él. Ribeyro buscó sus cigarrillos.
Vargas Llosa permaneció sentado unos segundos.
—¿Peruano yo? Arequipeño —dijo finalmente.
Y sonrió.
Arguedas ya no estaba para responderle.
Quizá tampoco hacía falta. Porque aquella noche nadie había discutido realmente sobre nacionalidades. Habíamos hablado de algo bastante más antiguo. De quién tenía derecho a llamarse peruano sin pedir permiso.
Me quedé solo frente a los vasos vacíos.
Ya no podía acusar solamente a Vargas Llosa, a Lima, a los pitucos, a los blancos, a los ricos, a los conquistadores, a la República o a cualquiera de esos culpables que resultan tan útiles cuando uno quiere salir limpio de su propia historia.
Yo también había estado sentado en esa mesa. También había choleado alguna vez, repetido alguna huevada y mirado desde un escalón que creía más alto.
Y quizá reconocerlo no me hacía mejor.
Solamente me impedía seguir haciéndome el cojudo.
Entonces comprendí que el racismo peruano nunca consistió únicamente en odiar al otro. Inventamos algo bastante más perverso.
Nos enseñaron a buscar desesperadamente a otro peruano al que pudiéramos considerar un poquito menos peruano que nosotros.
Y, puta madre, casi siempre lo encontramos.














