El Gobierno peruano anuncia que retirará de la currícula escolar “todo tipo de ideología”. Suena bien. Incluso tranquilizador. Hasta que uno recuerda que la historia no es una pared que pueda pintarse cada cinco años. Sendero Luminoso practicó el terrorismo y dejó una estela criminal que debe enseñarse sin eufemismos. Pero también existieron desapariciones, torturas y ejecuciones extrajudiciales cometidas desde estructuras estatales. El terrorismo de Estado no desaparece prohibiendo una palabra. La historia tampoco.
Imagino un salón de clases dentro de algunos años. En la pared cuelga un mapa del Perú. Hay una bandera, treinta alumnos y un profesor frente a una pizarra impecablemente limpia. Habla de los años ochenta y noventa, de Sendero Luminoso, de Abimael Guzmán, de coches bomba, asesinatos y comunidades arrasadas. Habla de Lucanamarca y quizá de Tarata. Todo eso ocurrió y debe contarse. Entonces un alumno levanta la mano y pregunta qué fue La Cantuta. Otro quiere saber qué ocurrió en Accomarca en Barrios Altos. El profesor mira el libro y quizá entonces descubramos qué significa realmente retirar la ideología de la historia.
El ministro de Educación, José Antonio Chang, anunció que el Gobierno peruano reestructurará la currícula escolar y retirará de ella “todo tipo de ideología”. Dijo algo todavía más interesante. Prometió recurrir al rigor de la historia científica para que los estudiantes conozcan los hechos y desarrollen pensamiento crítico. Perfecto. Tomémosle la palabra, porque si vamos a enseñar historia científica habrá que contarla completa. Y la historia completa tiene esa desagradable costumbre de no preguntar quién gobierna antes de dejar sus cadáveres sobre la mesa.
Sendero Luminoso practicó el terrorismo. No fue una asociación de jóvenes románticos que se extravió en el camino hacia una sociedad mejor. Asesinó campesinos, autoridades, policías, militares, dirigentes sociales y ciudadanos. La Comisión de la Verdad y Reconciliación lo señaló como responsable de la mayor proporción de muertos y desaparecidos reportados a ella. Eso debe aparecer en los libros con nombres, fechas y víctimas, sin maquillaje ni esa curiosa costumbre intelectual de suavizar los crímenes cuando el asesino comparte nuestras simpatías políticas. El MRTA también recurrió a la violencia armada y cometió graves crímenes. La pobreza puede estudiarse, la desigualdad debe estudiarse y la exclusión merece ser comprendida, pero ninguna explicación sociológica convierte una bomba en argumento ni un cadáver en programa de gobierno.
Hasta allí probablemente estaremos todos bastante cómodos. El problema comienza cuando damos vuelta la página, porque mientras el Estado combatía al terrorismo también hubo agentes y estructuras estatales involucrados en desapariciones forzadas, torturas, ejecuciones extrajudiciales y otras graves violaciones de derechos humanos. La Cantuta existió. Barrios Altos existió. El Grupo Colina existió. No aparecieron en una novela escrita por algún enemigo del Perú. Están en expedientes, investigaciones y sentencias.
Y entonces llegamos a esas tres palabras que parecen quemar algunos libros antes de haber sido abiertos. Terrorismo de Estado.
El terrorismo de Estado no es una ideología. Es un concepto político, histórico y jurídico que debe estudiarse, discutirse y confrontarse con evidencia. Estudiarlo no significa adoctrinar. Significa preguntarnos cuándo el aparato estatal abandona los límites de la ley y utiliza clandestinamente su poder, sus recursos o sus estructuras para perseguir, secuestrar, torturar, desaparecer o matar. Significa también establecer los límites de esa categoría y evitar la estupidez inversa de colocar bajo ella a cada policía, militar o funcionario que participó en la lucha contra el terrorismo.
Porque tampoco ocurrió eso. Miles de policías y militares enfrentaron a Sendero Luminoso dentro de la legalidad y muchos murieron haciéndolo. Confundirlos con quienes cometieron crímenes sería tan deshonesto como desaparecer de los libros a las víctimas de agentes estatales. La historia exige una inteligencia un poco más sofisticada que elegir entre buenos y malos. Sendero fue terrorista, el Estado tenía la obligación de combatirlo y agentes del Estado cometieron graves crímenes. Las tres afirmaciones pueden coexistir sin que el Perú se derrumbe. Lo que resulta más difícil de sostener es una democracia incapaz de pronunciarlas juntas.
Porque existe una diferencia fundamental. El terrorista actúa contra la ley. El Estado actúa en nombre de ella. Por eso el uniforme no convierte una ejecución extrajudicial en justicia, una oficina pública no transforma una desaparición forzada en procedimiento administrativo y ninguna razón de Estado consigue convertir la tortura en Derecho.
El problema no está, entonces, en que el ministro quiera retirar la ideología de las aulas. Hasta podría acompañarlo en esa intención. Mi pregunta es bastante más sencilla. ¿Quién decidirá qué es ideología? Porque allí comienza la parte verdaderamente interesante. Los gobiernos suelen tener una extraordinaria habilidad para reconocer la ideología ajena y una curiosa ceguera para advertir la propia. La ideología siempre parece vivir en la vereda de enfrente. Nuestro relato, en cambio, suele llamarse objetividad, sentido común o, cuando estamos especialmente inspirados, verdad histórica.
Pero la historia científica no funciona así. Necesita archivos, documentos, testimonios contrastados, investigaciones, estadísticas, sentencias y discusión académica. Necesita incluso aceptar que existen conceptos controvertidos y enseñar precisamente por qué lo son. Un estudiante peruano debería saber quién fue Abimael Guzmán y comprender la dimensión criminal de Sendero Luminoso. Debería conocer Lucanamarca y Tarata, estudiar a los policías, militares y civiles asesinados por el terrorismo. Pero también debería conocer La Cantuta, La masacre de Accomarca, Barrios Altos, el Grupo Colina, las desapariciones forzadas, las ejecuciones extrajudiciales y el concepto de terrorismo de Estado.
No para que salga del colegio repitiendo obedientemente que en el Perú existió terrorismo de Estado como quien memoriza la tabla del nueve, sino para que pueda preguntarse qué significa el término, qué hechos podrían sustentar su utilización, cuáles son sus límites, qué dicen los historiadores, qué establecieron los tribunales y por qué todavía provoca semejante incomodidad. Eso sería pensamiento crítico.
Y aquí aparece una pequeña paradoja. El ministro quiere eliminar la ideología para desarrollar pensamiento crítico, pero el pensamiento crítico tiene un defecto bastante molesto para cualquier poder. Una vez que se aprende, resulta imposible indicarle hasta dónde puede llegar. Un alumno que aprende realmente a pensar puede comenzar preguntando quién fue Abimael Guzmán y terminar preguntando quién dio determinadas órdenes desde el Estado. Puede preguntar por Sendero y después por Colina, leer un libro escolar y querer abrir una sentencia, escuchar la versión oficial y cometer la insolencia de buscar los documentos.
Terrible problema. Habremos educado a un ciudadano.
Quizá por eso la mejor manera de enseñar este período no sea entregarle al estudiante una verdad empaquetada desde la izquierda ni otra empaquetada desde la derecha. Pongamos todos los hechos sobre la mesa. Que aparezcan los asesinados por Sendero Luminoso y los asesinados ilegalmente por agentes estatales. Que aparezcan los policías caídos, los campesinos masacrados, las víctimas de los coches bomba, los desaparecidos, los torturados y quienes nunca regresaron a sus casas. Después abramos los archivos y dejemos que los estudiantes hagan algo extraordinariamente peligroso para cualquier poder que pretenda administrar la memoria. Pensar.
Porque un país no construye memoria escondiendo aquello que le avergüenza. La construye cuando tiene el coraje de mirar también aquello que preferiría olvidar. Sendero Luminoso practicó el terrorismo. Eso no es ideología, es historia. Las desapariciones forzadas, las torturas y las ejecuciones extrajudiciales cometidas desde estructuras estatales también ocurrieron. Eso tampoco es ideología, es historia. Y el terrorismo de Estado, como concepto histórico que debe confrontarse con los hechos y discutirse con rigor, merece ser estudiado precisamente porque ninguna democracia debería tenerle miedo a una palabra cuando posee documentos para discutirla.
Podemos cambiar la currícula, cambiar los libros e incluso cambiar las palabras. Lo único que no podemos cambiar es lo que ocurrió.
Porque la historia tiene una costumbre bastante incómoda.
Sobrevive a los gobiernos que intentan corregirla.














