Cholo soy y no me compadezcas

Jun 15, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Cada vez que termina una elección en el Perú ocurre el mismo ritual. Lima observa el mapa electoral y descubre, una vez más, que existe otro país.

Entonces aparecen las explicaciones rápidas. Que las provincias votan mal. Que Lima vive desconectada de la realidad. Que la sierra no entiende la economía. Que la capital no entiende al Perú.

Los candidatos cambian, las acusaciones también. Lo único que permanece es la incomprensión.

Sin embargo, quizás todas esas discusiones parten de un error de origen. El Perú no está dividido entre Lima y las provincias. Está dividido entre quienes entienden lo que se convirtió el país y quienes todavía creen que viven en el Perú de hace cincuenta años.

Porque el verdadero protagonista de nuestra historia reciente no es un partido político, un presidente ni una ideología.

Es el cholo.

No el cholo utilizado como insulto ni el personaje pintoresco que aparece durante las Fiestas Patrias. Hablamos del cholo real. Del hombre y la mujer que construyeron el Perú contemporáneo.

Durante siglos el país estuvo organizado alrededor de una ficción; la ficción de que Lima era el Perú. Allí estaban los ministerios, los bancos, las universidades, los grandes medios de comunicación y los grupos que concentraban el poder económico y político. El resto del territorio aparecía como una periferia destinada a producir recursos, enviar migrantes y participar en elecciones.

Pero la historia tomó otro camino.

Millones de provincianos llegaron a Lima. Llegaron desde Ayacucho, Huancavelica, Apurímac, Cusco, Puno, Cajamarca y cientos de pueblos olvidados por la República. No llegaron invitados. Llegaron empujados por la pobreza, por la violencia, por la falta de oportunidades y también por la esperanza.

Construyeron barrios enteros, levantaron mercados, crearon empresas, transformaron la economía popular y convirtieron arenales en ciudades. Terminaron modificando Lima mucho más de lo que Lima logró modificarlos a ellos.

La gastronomía peruana es chola.

La música peruana es chola.

El comercio peruano es cholo.

La cultura popular peruana es chola.

La moderna clase media peruana es mayoritariamente chola.

Por eso la frase más incómoda para muchos analistas es también la más evidente:

Ya no hay limeños. Ahora somos todos cholos.

No porque hayan desaparecido las diferencias económicas o sociales, sino porque la identidad que terminó modelando al Perú contemporáneo fue precisamente aquella que durante décadas fue despreciada.

Durante mucho tiempo se creyó que el cholo habitaba una frontera: entre los Andes y la ciudad, entre las costumbres heredadas y las nuevas formas de progreso, entre la memoria de sus abuelos y las aspiraciones de sus hijos. Quizás aquello fue cierto alguna vez.

Hoy ya no.

Porque el cholo dejó de vivir entre dos mundos. El cholo se convirtió en el mundo. Se convirtió en el rostro predominante del Perú.

Sin embargo, la historia tiene una ironía extraordinaria.

La ciudad cambió, pero algunos prejuicios sobrevivieron.

Lo extraordinario de esta historia es que no fue el cholo quien terminó pareciéndose a Lima. Fue Lima la que terminó pareciéndose al cholo. Las grandes migraciones transformaron para siempre la capital. Cambiaron sus barrios, su música, sus negocios ambulantes, sus costumbres y hasta su manera de entender el éxito.

Pero ocurrió algo curioso.

Muchos de aquellos migrantes que llegaron buscando ser aceptados terminaron convirtiéndose en los nuevos guardianes de la puerta. El cholo que conquistó Lima comenzó a mirar con desconfianza al cholo que recién llegaba de provincia. Como si hubiera olvidado su propia historia. Como si el ascenso social pudiera borrar la memoria.

Así nació una de las paradojas más peruanas de todas.

La discriminación no desapareció. Simplemente cambió de domicilio.

Ya no siempre viene de las viejas élites limeñas. A veces viene del comerciante exitoso que ayer fue migrante. Del profesional cuya familia llegó de los Andes hace apenas una generación. Del limeño que lleva apellidos provincianos, escucha música provinciana, come comida provinciana y, sin embargo, mira por encima del hombro al provinciano recién llegado.

Por eso el problema peruano nunca fue solamente racial. Fue también cultural, económico y profundamente psicológico. Siempre necesitamos encontrar a alguien que esté un escalón más abajo.

El antiguo criollo discriminaba al cholo.

Y el cholo que conquistó Lima muchas veces termina discriminando al cholo de provincia.

Quizás porque no existe espejo más incómodo que aquel que nos recuerda de dónde venimos.

Las últimas elecciones volvieron a mostrar esa realidad. No fueron simplemente una competencia entre candidatos. Fueron una radiografía del Perú profundo. Un país donde millones de ciudadanos continúan sintiendo que las decisiones importantes se toman lejos de ellos. Un país donde Lima todavía se sorprende cuando el interior expresa preferencias distintas. Un país donde las élites siguen preguntándose qué ocurrió mientras las provincias responden que hace décadas vienen diciendo exactamente lo mismo.

La verdadera noticia de las últimas elecciones no fue quién ganó.

La verdadera noticia es que el Perú volvió a contemplarse frente al espejo.

Y el reflejo que apareció no fue el de la vieja República criolla que alguna vez imaginó la nación. Fue el rostro del Perú cholo. Ese Perú que construyó mercados, ciudades, empresas, familias y oportunidades. Ese Perú que transformó la capital. Ese Perú que ya no pide permiso para existir.

Hace más de cuatro décadas, el antropólogo José Matos Mar llamó a este proceso «el desborde popular». Lo que observó entonces no fue una simple migración hacia Lima. Fue el nacimiento de un nuevo país dentro del país.

Quizás hoy habría que actualizar aquella idea.

El desborde ya no está ocurriendo.

Ocurrió.

Y el Perú que emergió de él es el que vemos todos los días en las calles, en los mercados, en las universidades, en las empresas y también en las urnas.

Porque, al final de cuentas, la historia de los últimos cincuenta años puede resumirse en una sola frase:

La República criolla imaginó el país.

El Perú cholo lo construyó.

Y mientras algunos todavía intentan entenderlo, el Perú profundo sigue avanzando, recordándonos desde cada elección, desde cada mercado y desde cada barrio popular, que la vieja canción nunca fue solamente una canción.

Fue una profecía.

Cholo soy y no me compadezcas.

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