Una expresión que describe nuestro mercado en una alegoría que está muy cerca de la realidad.
Hace varios días que ya no suelo tomar un café en el centro de San Juan, no solo por la falta de calidad, también por el mal servicio que presta la mayoría de establecimientos. Tomarse un café en la peatonal ha pasado de ser una amena tertulia social a un confesionario en el que los dueños del negocio se quejan de la competencia y las acciones del gobierno, mientras los empleados sindicalizados, con mínima preparación, como es habitual, solo quieren trabajar lo menos posible. Ese ambiente negativo y de cierto confort mediocre… la verdad altera mis filosóficos nervios.
Dioses de barro
He sido testigo, muchas veces, de negocios que por tener una legítima o ilegítima posición de dominio en el mercado cayeron en la rutina. Alcanzaban y sobrepasaban fácil e invariablemente sus metas de ventas, y todos se sentían dioses, intocables y omnipotentes al tener asegurados los altos márgenes de utilidad. El negocio nunca llegó a ser una empresa. Carente de procesos y estándares, se entregó al dispendio, al desperdicio, al lujo, a la comodidad y la autocomplacencia. En paralelo, las neuronas de sus participantes fueron perdiendo efectividad, creatividad y calidad.
De lo que nadie pudo o quiso ser consciente es que esa pasajera bonanza no era mérito de ellos. No fue solo por la falta de competidores de alto nivel, también los más de cuarenta años de mercado protegido por un Estado demagogo, una oferta y demanda controlada, e incentivada por subsidios y planes sociales.
No quisieron darse cuenta que esa falsa fortuna estaba destruyendo lo mejor que habían tenido (y lo que los había llevado hasta ese punto del éxito): su tenacidad, su intuición, su pasión, su coraje y su creatividad. Asimismo, su capacidad para estar alerta y adelantarse a las acciones de la competencia, y a cada uno de los cambios en las preferencias del consumidor.
Muerte y resurrección
Es necesario saber que cuando los objetivos se empiezan a alcanzar sin realizar el máximo esfuerzo, cuando nos quedamos sin competidores de talla, cuando el consumidor se halla dispuesto a aceptar un producto inferior sin protestar, ese día (en medio del lujo, del seudoéxito y la falsa bonanza), lo mejor de nosotros ha empezado a destruirse. Los empresarios cayeron en el profundo abismo del nihilismo comercial sin capacidad de reacción. ¡Dios ha muerto!
Ahogados en un mercado de galopante mediocridad, llega en nuestra ayuda un superhombre (Übermensch), un salvador con nueva voluntad y propósito… «un competidor digno de nuestro talento». Trae consigo una luz de nuevos productos y servicios con agregado de valor, que ahora sí, gracias a él, están a nuestra altura. La idealización de un dios terminó. Recobramos nuestro máximo potencial y seguimos en el camino correcto: competir con un enemigo de fuste que nos desafía. Ese es el recurso más importante para que volvamos a corregir el mercado y seamos lo que siempre fuimos.
Nuestras neuronas comienzan a reactivarse, la adrenalina vuelve a fluir, nuestros corazones recobran el ritmo óptimo de sus latidos y volvemos a ser nosotros mismos: los triunfadores de siempre. El mercado recobra su lógica y sentido. Despiertas, corres las cortinas, y entra la luz del sol. Esto lastima tus ojos… y qué. Lo importante es que te iluminas de esperanza, típica señal para quien de verdad está avanzando. Por eso, en lugar de quejarnos de nuestros competidores, deberíamos agradecerles, ya que nuestros enemigos nos hacen mejores.
Mutatis mutandi
En Argentina nos han hecho creer que el mercado es inactivo, que la competencia es mala, que no debemos pagar impuestos, que el cliente no exige, y que los trabajadores son eternos. El confort de esta falacia comercial, de esa vaga ilusión, ya está cambiando.
Mañana regresaré a tomarme un café en la peatonal, en la esquina del cruce de Tucumán con Ignacio de la Roza. Cuando alguien se acerque a conversar, comience a quejarse y me cuente sus tragedias de cuán duro está el mercado y cuán dura está la competencia, le sonreiré irónicamente. Luego tomaré aire, inflaré mis pulmones y le responderé: ¡Che, qué gusto me da!














